La caída del sakura

Vigésimo tercer pétalo: Entendimiento

...

–Zhang Dahao no es la mala persona que ustedes dicen que es. Gege me ha contado sobre él en múltiples veces, en cómo lo ha ayudado a él y a más personas. Cuando comenzaron a hablar sobre él, preferí callarme. Sentía que exageraban, que sólo tuvieron una mala perspectiva, pero luego me empecé a dar cuenta que siguen opinando lo mismo de él. Se equivocan, estoy casi seguro de ello –explicó Hengwu luego de contar sobre Xinzuo y Dahao, impresionados los mayores por cómo lo defendía, tomado el rostro del matemático por su novio.

–Me alegra que los defiendas tanto, pero ¿lo conoces? –cuestionó Lian, a lo que el de anteojos bajó la mirada.

–La realidad es que no, pero...

–Sé que sonamos muy sesgados –interrumpió Arika, caminando hacia Kazuhiko–. Pero prometemos que todo tendrá una explicación al final. –La mujer le ofreció su mano al comunicólogo, sonriéndole cómo siempre solía hacerlo desde que lo conoció, a lo que el nipón, sonriendo y limpiándose las lágrimas, la aceptó, poniéndose de pie.

–Perdónanos, Kazu-kun. Creo que necesitamos mejorar mucho en cuanto a estos temas. Lamentamos haberte hecho sentir mal todo este tiempo.

–Sí, lo siento. No es que quiera justificarme. ¡Al contrario! Me alegra que nos digas, para poder mejorar. Tal vez era lo que nos hacía falta para darnos cuenta de que seguimos aprendiendo. –Akane y Kichiro se acercaron ya más tranquilos, haciendo una reverencia de más de noventa grados.

Kazuhiko entonces apartó a Arika y los menores de su lado, para luego imitar a los muchachos, tratando la rubia y ellos mismos de detenerlo.

–Konotabiwa watakushino futegiwaniyori tadainarugomeiwakuwo...

–¡Yamete!

–¡Yamero! –gritaron apenados Akane y Kichiro, sosteniendo al joven, viéndolo llorar.

–Perdonen, es que me duele muchísimo. No me ha dejado de doler ni un sólo día y siempre busco una maldita excusa, cuando sé que la culpa la tengo yo.

–No es verdad. Es normal lo que sientes. Pero no fue tu culpa, de ninguno de nosotros. Era algo inevitable. –dijo la pelinegra al sostener el rostro de su amigo, también sollozando.

–Kazu-kun, no eres el único que sufre en secreto. No puedo hablar por Akane-chan, pero al menos yo sí he tenido mucho remordimiento sobre lo que pasó. Día a día cuando entreno, recuerdo lo último que me dijo Dahua y la cara de todos cuando sucedió. Me quema por dentro, pero lucho para que se detenga, recordando que, como dice Akane-chan, no pudimos hacer más. Hicimos todo lo que pudimos, y no podemos cambiar el pasado. –Kazuhiko asintió y abrazó a ambos, sujetándolo con fuerza y haciendo las paces.

–Lamento que tengan que sufrirlo también.

–No estás solo, Kazu-kun.

–Ninguno de nosotros lo está.

–Me alegra que puedan verlo –expresó Arika luego de Kazuhiko, Akane y Kichiro, mirando luego a Hengwu y Lian, quienes se sujetaban con fuerza y estaban conmovidos, también lagrimeando un poco.

–Hengwu-kun, Lian-kun. Lo sentimos. Debimos darnos cuenta de nuestras actitudes tontas. De verdad, moshiwake gozaimasen –dijo Kichiro al hacer una reverencia de noventa grados, seguido de Akane.

–Tenemos mucho que mejorar, estamos aprendiendo y entendiéndolos. Ténganos paciencia. Moshiwake gozaimasen.

–Está bien. Entendemos la situación y agradecemos que cada día nos acepten más y se esfuercen en normalizarlo –respondió Lian, alegre.

–Como debe de ser –secundo Hengwu, dándole un tierno beso en los labios a su amado.

–Ahora, continuemos. Porque es momento de hablar sobre lo que le pasó a Zhou Xinzuo, la razón por la cual comenzó todo el desastre –enunció Arika, regresando al relato, justo donde se habían quedado.

...

Dahao, Xinzuo y la rubia caminaban hacia los departamentos. El modelo comía el bísquet con mucha alegría, observado por la rubia y el filosofo de manera tierna, pues era lo que les causaba verlo tan alegre disfrutando de algo tan sencillo, pero delicioso.

–Debería dejarlos a solas. Es obvio que estoy aquí haciendo un mal tercio, Zhang-san –dijo la nipón un tanto apenada, detenida de inmediato por el menor.

–No, por favor, Nakamura Arika. Me gustaría pedir su opinión sobre algo. Quiero el consejo de los dos –explicó el hombre, para luego Dahao invitarlos a sentarse en una banca, justo frente a la facultad de economía, una de las más cercanas a los dormitorios.

Una vez ahí, iluminados por un sólo faro y sentado el menor entre los superiores, comenzó a hablar.

–De inicio quisiera contarles un poco de mi vida. Yo en realidad soy huérfano. Cuando era un bebé, mi madre empezó a presentar problemas de ira gracias a mí. Ella me maltrataba o gritaba mucho, cosas que no recuerdo porque era muy chico. Mi padre me dijo alguna vez que, muy triste, decidió irse, porque estuvo a punto de tirarme al suelo con fuerza un día no dejaba de llorar. Padre fue un hombre bastante bueno conmigo siempre. Me cuido, me amó e hizo todo para que no me faltara nada. Desgraciadamente, cuando se casó con mamá, se endeudó, y ahora no sólo debía trabajar sus dos turnos, sino que tenía que encargarse de mí día con día. A veces recuerdo que no dormía dos días seguidos y así me dejaba en el jardín de niños y luego iba a trabajar. Un día, simplemente ya no se levantó, poco después de que cumplí diez años. Recuerdo que había adelgazado mucho y casi no comía, porque necesitaba más dinero para mí. –La historia dejó sin habla tanto a Dahao como Arika, quienes tomaron cada uno una mano del más joven.

–Lo siento tanto. Él se sacrifico por ti hasta el último momento. Fue un acto de amor verdadero.

–No obstante, también implicaba dejarte solo. ¿Realmente su sacrificio fue lo correcto? –mencionó Dahao y Arika en consecutivo, continuando el menor.

–Mi padre tenía un plan. Pasa y resulta que la casa pasó a ser mía, además de un gran fideicomiso y pensión de la cual podría disfrutar hasta que cumpliera 21 años. Por desgracia, mis tíos se aprovecharon de eso. Primero, nunca ayudaron a mi padre, desde que mis abuelos se fueron al nuevo continente, nos despreciaron, alegando que ya no teníamos la protección de ellos. Luego, cuando mi padre murió, mi abuela le siguió. Dicen que papá se la llevó ahogándola en tristeza desde el otro mundo, o que su fantasma la visitó para llevársela al detener su corazón. Mi abuelo cayó en depresión y ya ni siquiera habla con nadie. Está en un hogar para gente mayor sin decir una sola palabra desde entonces. Fue ahí que mis tíos invadieron la casa que mi padre con su vida me heredó, me quitaron el dinero del fideicomiso y comenzaron a tratarme como si fuera una molestia, una obligación que no deseaban, mientras vivían bajo mi techo. Me convertí en una cenicienta, desdichado, solo y maltratado. Siempre se burlaban de mi padre, de mi madre y de mí, haciéndonos menos y obligándome a hacer cosas que no deseaba, tratándolos como reyes.




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