La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 1 — Una desconocida en el parque

El domingo por la tarde era uno de los pocos momentos de la semana en los que Adrián Montenegro podía olvidarse de que era uno de los hombres más poderosos del país.

No había reuniones.

No había abogados esperando su firma.

No había llamadas de accionistas ni ejecutivos intentando localizarlo.

No había cámaras siguiéndolo por todas partes.

Solo estaba él, su hijo y un parque.

Adrián observó el reloj de su muñeca mientras caminaba detrás de Mateo, quien corría de un lado a otro con una pequeña pelota roja entre las manos.

—¡Papá, más rápido!

—Mateo, si corro más rápido voy a terminar necesitando un médico.

El niño se detuvo y lo miró con una expresión de absoluta incredulidad.

—Pero tú haces ejercicio.

—¿Quién te dijo eso?

—La abuela.

Adrián suspiró.

—Tu abuela exagera.

—Entonces eres un papá viejo.

Adrián abrió los ojos.

—¿Perdón?

Mateo soltó una carcajada y salió corriendo.

—¡No puedes atraparme!

—¡Ven aquí, pequeño delincuente!

Adrián aceleró el paso detrás de él.

Durante unos segundos, dejó de ser el empresario serio que aparecía en las portadas de las revistas económicas.

Era simplemente un padre persiguiendo a su hijo por un parque.

Y eso era precisamente lo que más amaba.

Mateo tenía seis años y era la única persona en el mundo capaz de conseguir que Adrián cancelara una reunión millonaria sin pensarlo dos veces.

Desde que había quedado viudo, su hijo se había convertido en el centro de su existencia.

Adrián había prometido que jamás permitiría que al pequeño le faltara amor.

Dinero, desde luego, no le faltaba.

Pero él sabía que el dinero no podía comprar lo que realmente necesitaba un niño.

Tiempo.

Cariño.

Una familia.

Y aunque intentaba estar presente todo lo posible, algunas noches, cuando entraba en la habitación de Mateo y lo encontraba dormido, Adrián sentía una punzada de culpa.

Trabajaba demasiado.

Siempre lo había hecho.

Pero ahora tenía una razón todavía más importante para hacerlo.

Quería asegurarse de que su hijo tuviera todo lo que necesitara.

—¡Papá!

La voz de Mateo lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué?

—¡La pelota!

Adrián miró hacia adelante.

La pelota había escapado de las manos de Mateo y rodaba por el sendero.

—Ve por ella.

—¡No puedo!

—¿Por qué?

Mateo señaló hacia adelante.

La pelota había terminado debajo de una banca.

Adrián negó con la cabeza.

—Está bien.

Caminó hasta la banca, se agachó y tomó la pelota.

—Aquí tienes.

Pero antes de que pudiera entregársela a Mateo, el niño salió corriendo y accidentalmente golpeó a una joven que estaba sentada en la banca de enfrente.

—¡Ay!

La joven dejó caer el libro que tenía entre las manos.

—¡Mateo!

Adrián se apresuró hacia ellos.

—Lo siento muchísimo.

La joven levantó la mirada.

Y durante unos segundos, Adrián se quedó completamente inmóvil.

No porque fuera la mujer más hermosa que hubiera visto.

Aunque lo era.

Sino porque había algo en su mirada que lo desconcertó.

No parecía impresionada.

No parecía nerviosa.

Tampoco parecía reconocerlo.

Simplemente lo observaba con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián.

La joven miró al niño.

—Creo que sí.

Mateo se acercó lentamente.

—Perdón.

Ella sonrió.

—Acepto tus disculpas.

—¿No estás enojada?

—Un poquito.

Mateo bajó la cabeza.

—Pero solo un poquito —añadió ella—. Además, creo que esa pelota tiene la culpa.

El niño levantó inmediatamente la cabeza.

—¡Sí! ¡La pelota es mala!

Adrián soltó una pequeña risa.

—No le creas. La pelota no tiene la culpa.

—Sí tiene.

—Mateo...

—Ella dijo que sí.

La joven se rio.

Adrián la observó.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una risa tan espontánea.

—Soy Adrián —dijo finalmente.

Ella cerró su libro.

—Valentina.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Mateo miró a ambos.

Después miró a su padre.

Después a Valentina.

Y sonrió.

Aquella sonrisa preocupó inmediatamente a Adrián.

Conocía demasiado bien esa expresión.

Era la misma que ponía cuando estaba a punto de hacer alguna travesura.

—¿Qué? —preguntó Adrián.

—Nada.

—Mateo.

—Nada, papá.

Valentina sonrió.

—Tu hijo parece muy inocente.

Adrián soltó una carcajada.

—Créeme, no lo es.

—¡Papá!

—Es la verdad.

Mateo cruzó los brazos.

—Tú tampoco eres inocente.

—Yo soy tu padre.

—Eso no significa que seas bueno.

Valentina comenzó a reír nuevamente.

Adrián la miró.

—No le sigas la corriente.

—No estoy haciendo nada.

—Ya te está poniendo de su lado.

—Creo que es porque me cae bien.

Mateo sonrió orgulloso.

—Tú también me caes bien.

Adrián negó con la cabeza.

—Perfecto. Ahora tengo dos problemas.

Valentina levantó una ceja.

—¿Dos?

—Sí.

—¿Tu hijo y yo?

—Exactamente.

—Entonces creo que será mejor que me vaya.

Mateo abrió los ojos.

—¡No!

Valentina lo miró sorprendida.

—¿No?

—No te vayas.

Adrián intervino.

—Mateo, ella seguramente tiene cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

—No sé.

—Pregúntale.

Adrián cerró los ojos durante un segundo.

—Mateo...

Valentina soltó una carcajada.

—Está bien. No tengo nada urgente que hacer.

Los ojos del niño se iluminaron.

—¿Quieres jugar conmigo?

Adrián iba a intervenir, pero Valentina ya se había levantado.

—Claro.

—¡Vamos!

Mateo tomó su mano y salió corriendo.

Adrián se quedó detrás, observándolos.




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