El Mustang rugió y salió disparado sobre la carretera. Dominico apenas respiraba, solo quería escapar y dejar atrás aquel lugar. La aguja del velocímetro trepó sin que él lo decidiera; simplemente necesitaba que el asfalto pasara más rápido, que la distancia borrara lo que acababa de ver.
Entonces los faros parpadearon. Una vez. Dos. El camino desapareció durante un segundo entero y Dominico pisó el freno por instinto. Cuando la luz volvió, la carretera frente a él era distinta: más estrecha, más cerrada, los árboles inclinados sobre el asfalto como si hubieran crecido mientras él no miraba. Sacudió la cabeza. No podía ser. Era la misma carretera. Tenía que serlo.
Siguió conduciendo. Pero algo estaba mal con el tiempo. Llevaba minutos, quizás muchos más, sin ver una señal, sin cruzar ningún cruce, sin que la carretera doblara ni un grado. Era como si el mundo hubiera dejado de avanzar y solo él se moviera, atrapado en una cinta de asfalto que se repetía sin fin. Miró el pequeño mapa sobre el asiento del copiloto. Según las indicaciones de su hermana, el hospital debía haber aparecido hace rato. Y, sin embargo, frente a él solo había más oscuridad.
Frenó. El Mustang quedó detenido en mitad de la carretera, envuelto por el silencio más absoluto que Dominico había conocido. Permaneció inmóvil, con ambas manos aferradas al volante y los ojos fijos al frente. No se atrevía a mirar por las ventanas laterales. Porque había comprendido algo que era mucho peor que cualquier golpe o cualquier figura: él nunca había estado recorriendo la carretera. Era la carretera la que lo había atrapado a él.
Finalmente giró la llave de encendido. El motor respondió con un rugido grave; aún funcionaba.
—Solo un poco más... —murmuró con la voz quebrada—. Solo un poco más...
Volvió a incorporarse al camino. El automóvil avanzó lentamente al principio, pero poco a poco recuperó velocidad. Dominico intentó calmarse. Cerró los ojos apenas un segundo, lo suficiente para recordar el rostro de su madre. Recordó su sonrisa, sus abrazos, las noches en las que permanecía despierta cuidándolo cuando enfermaba. Recordó cómo ella siempre encontraba la manera de hacer desaparecer cualquier miedo de la infancia con solo tomarle la mano. Aquellos recuerdos eran ahora su único refugio, su única razón para seguir avanzando. «Ya casi llego», se repetía una y otra vez, «ya casi termina esta pesadilla».
Pero el miedo seguía allí, agazapado, respirando junto a él. Sus manos continuaban temblando sobre el volante. No era el frío; era algo mucho más profundo, una sensación primitiva que le gritaba que abandonara aquella carretera antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, no apartó el pie del acelerador.
Los árboles se volvían cada vez más altos, más retorcidos. Sus ramas parecían inclinarse sobre el asfalto como si intentaran cerrar el camino detrás de él. La niebla era tan espesa que el mundo parecía haber desaparecido. Solo existían el Mustang, la carretera y aquella oscuridad interminable. Dominico evitaba mirar hacia los costados; temía encontrar algo observándolo entre los árboles. Por eso mantenía la vista fija al frente, buscando desesperadamente la silueta del hospital. Necesitaba verlo, necesitaba convencerse de que todo aquello tendría un final.
Entonces, algo apareció frente al automóvil. No caminó hacia la carretera ni salió de entre los árboles; simplemente estaba allí, a unos pocos metros del capó. Dominico apenas tuvo tiempo de comprender lo que veía. Era una figura imposible: demasiado alta, demasiado delgada. Sus extremidades parecían doblarse en ángulos antinaturales, como si los huesos hubieran sido quebrados innumerables veces. Permaneció completamente inmóvil, sin hacer el más mínimo sonido, y eso fue lo más aterrador de todo.
Después, lentamente, levantó uno de sus largos dedos y señaló hacia la pendiente que descendía junto a la carretera. No hizo ningún otro movimiento; no lo necesitaba. Aquella presencia silenciosa bastó para que el mundo entero se derrumbara dentro de la mente de Dominico.
—¡Dios mío! —gritó.
Giró bruscamente el volante hacia la izquierda. Las llantas perdieron adherencia y el Mustang comenzó a deslizarse de lado sobre el asfalto. El vehículo giró violentamente. Dominico intentó corregir la trayectoria una y otra vez, pero era inútil. El borde de la carretera se acercaba a toda velocidad. Más allá solo existía un profundo barranco envuelto por la niebla. «Voy a morir», el pensamiento atravesó su mente con una claridad aterradora. Intentó recuperar el control, pero las ruedas respondían demasiado tarde y el automóvil ya no obedecía; era como si otra fuerza lo empujara hacia el vacío. Dominico soltó un grito desesperado, cerró los ojos y las manos abandonaron el volante por puro instinto. Esperó el impacto, pero este nunca llegó. En lugar del estruendo, una intensa luz blanca atravesó sus párpados. Después, nada.