La Carretera Que Nunca Termina

La Verdad Oculta

El cuerpo de Dominico permaneció inmóvil y las palabras del niño aún resonaban dentro de su cabeza. Sintió un frío imposible recorrer cada rincón de su cuerpo, un frío distinto al de la carretera y al del hospital; era un frío que parecía nacer desde el interior de su propia alma. Negó con la cabeza una y otra vez pensando que debían estar confundidos. Cuando por fin consiguió reaccionar y levantó la vista, la mujer y el niño ya no estaban; la habitación había vuelto a quedar vacía.

​Dominico salió corriendo, revisó una habitación tras otra, abrió puertas con desesperación, recorrió pasillos interminables y subió y bajó escaleras. No encontró absolutamente a nadie. El hospital entero parecía haberse tragado cualquier rastro de vida.

​—¡No puede ser! ¡¿Dónde están todos?! —su voz rebotó entre las paredes desnudas, pero nadie respondió, solo el eco.

​Comenzó a caminar lentamente. Su respiración era pesada y cada paso producía un sonido hueco que parecía repetirse demasiado tiempo. Entonces recordó el teléfono, lo sacó del bolsillo y vio que la pantalla seguía encendida. Por primera vez desde que había llegado, aparecía una línea de señal. Sin pensarlo marcó el número de emergencias. El tono comenzó a sonar una vez, dos veces, tres... La llamada fue respondida. Dominico abrió la boca para hablar, pero nadie respondió del otro lado. Solo escuchó una respiración muy lenta, muy cerca del auricular.

​Después se oyó el chirrido de unas llantas deslizándose violentamente sobre el asfalto, un claxon, el estruendo de un automóvil perdiendo el control, metal retorciéndose, cristales estallando y, finalmente, un silencio absoluto. La llamada terminó.

​Dominico quedó paralizado. El teléfono escapó de sus manos y cayó al suelo, apagándose la pantalla. Retrocedió tambaleándose hasta apoyarse contra una pared mientras se preguntaba qué estaba pasando. Sentía que su mente comenzaba a romperse y las imágenes de la carretera regresaban una tras otra: la niebla, el espectro, el automóvil negro, el barranco, la luz... Después, nada.

​Lentamente comenzó a deslizarse por la pared hasta quedar sentado en el suelo, llevando ambas manos al rostro. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí; minutos, horas, tal vez días. El hospital parecía haber detenido el tiempo. Entonces ocurrió una voz lejana pero inconfundible:

​—¡Dominico...!

​Su corazón dio un vuelco. Conocía esa voz mejor que ninguna otra. Era imposible, no podía equivocarse.

​—¡Dominico...!

​Era su madre. No era un recuerdo ni un pensamiento; la había escuchado. Se puso de pie de un salto llamándola, pues la voz provenía de algún lugar del primer piso. Corrió escaleras abajo mientras la desesperación volvía a dominarlo. Llegó al vestíbulo: silencio. No había nadie, solo el eco devolviendo su propia voz. Las lágrimas comenzaron a brotar nuevamente mientras suplicaba por favor, pero su súplica murió entre aquellos pasillos vacíos.

​En ese instante vio movimiento. El niño estaba al final del corredor observándolo. Esta vez Dominico no dudó y corrió hacia él. El pequeño retrocedió unos pasos pero no desapareció. Cuando Dominico llegó hasta él, lo sujetó con delicadeza por los hombros, temeroso de que volviera a esfumarse.

​—Escúchame... no voy a hacerte daño. Solo necesito saber qué ocurrió aquí. ¿Dónde están todos? ¿Dónde está mi madre?

​El niño permanecía inmóvil con los ojos llenos de lágrimas. Dominico le rogó por favor y el pequeño rompió a llorar, primero en silencio y después con desesperación llamando a su mamá. El sonido atravesaba todo el hospital. Dominico sintió un nudo en la garganta y por un instante dejó de verlo como un desconocido; vio en él el mismo miedo que lo consumía desde el inicio del viaje: dos personas buscando a sus madres, dos almas completamente perdidas.

​Dominico soltó despacio los hombros del pequeño. El niño dejó de llorar de golpe, lo miró un instante con unos ojos que no pertenecían del todo a un niño de diez años y después echó a correr hacia el fondo del pasillo. Desapareció en la oscuridad sin hacer ningún ruido.

​Dominico permaneció inmóvil en el centro del corredor. No lo siguió. No sabía por qué, pero supo con una certeza extraña que aquella dirección llevaba a algo que no quería encontrar. Sin embargo, sus pies comenzaron a moverse solos, lentamente, en esa misma dirección.

​Al final del pasillo había una puerta entreabierta. Empujó el quicio con dos dedos y entró. Era una pequeña oficina cubierta de polvo: un escritorio de madera, una estantería vencida por el peso de los años y un archivador metálico oxidado. Sobre la mesa había una carpeta amarillenta, como si alguien la hubiera dejado allí para que él la encontrara.

​La abrió. En la primera hoja había una fotografía de periódico que ocupaba casi toda la página: un automóvil completamente destruido al pie de un barranco. Reconoció el color antes de leer el titular. Aquel verde platinado, inconfundible incluso entre el metal retorcido. Las manos comenzaron a temblarle y bajó lentamente la mirada para leer: «Joven pierde la vida tras caer por un barranco durante la madrugada».

​Su respiración comenzó a acelerarse. Siguió leyendo y encontró otro titular: «La víctima fue identificada como Dominico Brigante, de veinticinco años de edad». Sintió que las piernas dejaban de responderle. La carpeta cayó al suelo. Repitió en voz baja que ese no era él. Que no podía ser él. Recogió el periódico y leyó la fecha: seis años atrás. Sus manos empezaron a sudar al ver más recortes, otro titular: «Muere de leucemia Danna Brigante horas después del fallecimiento de su hijo».

​Las palabras se volvieron borrosas. Y entonces los recuerdos llegaron solos, sin que él los llamara, como si hubieran estado esperando exactamente ese momento: la lluvia sobre el parabrisas, las llantas perdiendo adherencia, el borde de la carretera acercándose demasiado rápido, la caída, los cristales, el golpe. Después, solo la luz blanca. Y el silencio.




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