La Carretera Que Nunca Termina

La Carretera

El hospital quedó en silencio. Las luces parpadearon una última vez y se apagaron. Los pasillos volvieron a ser lo que siempre habían sido: largos, vacíos, fríos. En la recepción, sobre el escritorio cubierto de polvo, había un viejo libro de registro. La última página estaba en blanco. El nombre de Dominico Brigante nunca había sido escrito porque nunca había permanecido el tiempo suficiente para descansar. Siempre ocurría lo mismo: siempre olvidaba, siempre regresaba.

​Detrás del mostrador había una fotografía antigua del hospital, décadas atrás, lleno de vida: médicos, pacientes, niños corriendo por los pasillos. Entre todas aquellas personas se distinguía una mujer de sonrisa cálida que sostenía de la mano a un niño pequeño. Una suave corriente de aire atravesó el vestíbulo y las luces, que ya estaban apagadas, parpadearon igual. A lo lejos, muy a lo lejos, se escuchó el eco de una voz llamando a su mamá. El hospital no respondió. Nunca respondía.

​Nadie conoce el verdadero nombre de aquella carretera. Los mapas la muestran como un simple tramo olvidado entre montañas, mientras que los habitantes de los pueblos cercanos prefieren no pronunciar su nombre. Dicen que algunas noches la niebla aparece demasiado rápido, que el frío llega incluso en verano y que, cuando el reloj marca las doce y treinta de la madrugada, es mejor no conducir por allí porque la carretera no siempre conduce al lugar que buscas; a veces, conduce al lugar del que nunca podrás escapar.

​Muchos años después, una lluvia fina caía sobre el asfalto. Un hombre regresaba a casa en su propio coche después de una larga jornada de trabajo por aquella ruta completamente vacía. Encendió la radio pero solo había interferencias, así que la apagó. De repente, vio pasar a toda velocidad un viejo Ford Mustang de 1969 color verde platinado que rugió fantasmalmente antes de perderse entre la densa niebla de las doce y media de la madrugada. El conductor sintió un escalofrío en la nuca y aceleró, sabiendo que los mitos locales eran reales. Justo antes de que el silencio volviera a cerrar el camino, un susurro helado sonó cerca de su oído: «¿Ha visto a mi madre?...». El hombre no tuvo tiempo de responder; solo vio cómo la niebla se cerraba lentamente sobre la carretera, como si el automóvil nunca hubiera estado allí




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