La Casa de las Bestias

Capítulo 14

La puerta se abre.

No de golpe. No con violencia teatral.

Se abre con esa calma insoportable de quienes ya se creen dueños del lugar.

Entran cinco hombres y una mujer. No llevan insignias visibles, pero no las necesitan. Los reconozco igual: gobernadores, jefes de bloques, operadores históricos que nunca dan conferencias pero siempre están detrás del micrófono correcto.

El demonio suspira.

—Ah… el ala “moderada” de la oposición. Moderada en público. Caníbal en privado.

Kram se coloca apenas delante de mí.

El gesto es mínimo. Instintivo. Pero la Atadura lo amplifica y me atraviesa el cuerpo como una descarga.

Protección. Urgencia. Deseo.

Tengo que apretar los dientes para no gemir.

Uno de los hombres sonríe.

—Primer ministro —dice—. Venimos a ofrecerle una salida elegante.

—Las salidas elegantes suelen implicar cadáveres —responde Kram—. Sean directos.

La mujer da un paso adelante. Me mira como si yo fuera una mancha difícil de limpiar.

—El país no tolera esta… desviación —dice—. Magia expuesta. Demonios. Pactos. Esto no es gobernabilidad. Es provocación.

—Lo que no toleran —respondo— es perder el control.

Ella sonríe.

—Querida, nadie quiere controlarte. Solo queremos retirar el elemento disruptivo.

No dice “matarme”. No hace falta.

La Atadura se tensa de golpe.

Kram inspira con violencia.

Y yo siento su rabia como si fuera mía.

—No va a pasar —dice.

—Puede pasar —responde uno de ellos—. Juicio político express. Una acusación bien armada. Un “incidente” durante el traslado de la espiritista. Usted queda limpio. El país vuelve a respirar.

El demonio se ríe.

—Ah, el clásico “matamos a la mujer problemática y decimos que fue por su bien”. Nunca pasa de moda.

Uno de los hombres lo mira con desprecio.

—Esa cosa no debería estar acá.

—Esa cosa —responde el demonio— estuvo acá antes que ustedes, y va a estar después. Ustedes son temporales. Yo soy infraestructura.

El ambiente se vuelve espeso.

La mujer vuelve a mirarme.

—No te hagas ilusiones —dice—. El primer ministro va a elegir al país antes que a esta aventura o mal desliz.

La Atadura estalla.

No en luz. No en fuego.

En verdad emocional cruda.

Siento a Kram con una intensidad que me deja sin aire:

Su miedo a perder el poder. Su miedo a perder el país. Y, por debajo de todo eso…

Su terror absoluto a perderme a mí.

No como aliada. No como pieza.

Como algo mucho más peligroso.

—No —dice Kram.

La palabra cae como un disparo.

—No voy a elegir —continúa—. No a un país sin ella. Ni a ustedes, entes sin dignidad. Ni a una gobernabilidad que se sostiene con asesinatos “convenientes”.

Uno de los hombres aprieta la mandíbula.

—Entonces usted se cae con ella.

—Entonces me caigo —responde Kram—. Pero no voy a repetir la historia que nos trajo hasta acá.

Silencio.

Un silencio denso.

La mujer lo observa como si lo viera por primera vez.

—Está enamorado —dice.

No como acusación moral. Como diagnóstico político.

La Atadura vibra con violencia.

Kram no responde.

No hace falta.

Yo siento su vergüenza. Su deseo. Su aceptación tardía.

Y algo en mí se rompe… y se enciende.

—No —digo—. No está enamorado.

Todos me miran.

Me adelanto un paso.

—Está atado —corrijo—. Y yo también. A una verdad que ustedes no soportan: que el poder no siempre se controla desde el miedo.

La mujer se ríe.

—La gente no vota verdad. Vota estabilidad.

—La gente vota lo que le muestran —respondo—. Y ustedes llevan décadas mostrándoles basura.

Uno de los hombres levanta la mano.

—Esto terminó —dice—. Nos llevamos a la espiritista. Ahora.

Dos guardias avanzan.

Kram se mueve antes de pensarlo.

Me agarra del brazo.

Y ahí… ahí la Atadura pierde sutileza.

El pulso entre nosotros se vuelve brutal. Mi respiración se acelera. Siento su cuerpo entero reaccionando al mío.

No es magia abstracta. Es piel. Es nervio. Es deseo amplificado por el miedo.

—No la toquen —dice Kram, con una voz que no le conocía.

No grita.

No amenaza.

Ordena.

Los guardias dudan.

—Primer ministro… —empieza uno.

—Retírense —dice—. O lo que pase después no va a poder maquillarse como accidente.

La mujer sonríe despacio.

—Interesante —dice—. La Atadura no solo los conecta. Los expone.

Se inclina hacia mí.

—Decime, espiritista… ¿qué sentís ahora mismo?

La pregunta es venenosa.

Pero no me retraigo.

Porque lo que siento… no puedo esconderlo.

—Lo siento a él —respondo—. Y eso es lo más peligroso que me pasó en la vida.

La mujer ladea la cabeza.

—Entonces esto es personal.

—Siempre lo fue —responde el demonio—. Solo que ustedes fingían que no.

Uno de los hombres hace un gesto rápido.

Los guardias retroceden.

—Esto no termina acá —dice—. Van a pagar este desafío.

Se dan vuelta y salen.

La puerta se cierra.

El silencio cae como un derrumbe.

Mis piernas fallan.

No por miedo.

Por descarga.

Kram me sostiene antes de que caiga.

Sus manos en mi cintura no son políticas. No son estratégicas.

Son necesarias.

La Atadura nos envuelve.

Respiramos agitados.

Demasiado cerca.

—Esto… —dice él—. Esto no debería sentirse así.

—No —respondo—. Pero se siente.

Nos miramos.

Sin demonio. Sin país. Sin cámaras.

Solo dos cuerpos atados por algo que no pidieron… y que ya no pueden negar.

—Cuando dijeron que te ibas… —murmura—, sentí que me arrancaban algo del pecho.

—Lo sentí —susurro.

—Eso me asusta más que cualquier juicio.

Mi mano sube sola.

Le rozo la clavícula.

El contacto es eléctrico.



#607 en Fantasía
#104 en Magia
#2836 en Novela romántica

En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.