La noche decide romperse.
Con pasos. Con sirenas. Con ecos de un país que todavía no sabe si quiere salvarse o terminar de destruirse.
Kram y yo seguimos pegados. Respirando el mismo aire. Compartiendo el mismo miedo.
El demonio los escucha antes que nosotros.
—Vienen con orden formal esta vez —dice—. Bien vestidos. Bien armados. Bien hipócritas.
Kram me sostiene la cara con ambas manos.
Su mirada… su mirada ya no es del primer ministro.
Es del hombre.
—Si entran —dice—, yo voy a hacer lo que hice siempre: ganar tiempo. Negociar. Hablar. Exponer. Pero vos…
Traga saliva.
—Vos sos lo único que no puedo perder.
La Atadura late.
Y esta vez, no duele.
Arde.
—No soy tu debilidad —respondo con una calma que no siento—. Soy tu poder compartido. Y vos sos el mío.
Le tiembla la mandíbula.
Como si lo que acaba de escuchar fuera demasiado grande para procesarlo.
—Syerra…
—No digas mi nombre como si fuera final.
—Lo digo como si fuera destino.
Y me besa otra vez.
No como antes.
No como descarga.
Me besa como quien elige. Como quien firma un pacto sin demonios de por medio. Como quien entiende que amar, en un sistema hecho para destruirlo todo, es una forma de guerra.
El demonio mira el techo.
—Tengo que admitirlo —dice—. Nunca pensé que iba a ver amor honesto en este edificio. Es casi… obsceno.
Se oyen golpes en la puerta.
—Primer ministro —grita alguien—. Abra. Es orden del Consejo.
Kram apoya su frente en la mía.
—Te prometí que no iba a hacer promesas —susurra—. Pero te juro algo aunque me cueste la carrera:
No te entrego.
—No te entrego —respondo—. Ni a vos. Ni a mí.
Ni a lo que somos.
La puerta se abre.
No lentamente.
Se rompe.
Guardias.
Altos. Duros. Seguros.
Hasta que nos ven.
La Atadura brilla.
No como espectáculo.
Como advertencia viva.
—Paso atrás —ordena uno.
Kram no se mueve.
—Si tocan a Syerra —dice—, el Consejo va a tener que explicar en cadena nacional por qué destruyó al único enlace regulado que tenía con el Abismo. Y yo voy a contar todo. Nombres. Fechas. Contratos.
Mira al guardia directamente a los ojos.
—Y te juro… que voy a seguir parado acá mientras lo hago.
El guardia duda.
Porque el miedo cambia de bando cuando alguien deja de temer.
La mujer del bloque opositor aparece detrás. Su gesto es evidentemente inmutable, cara de poker, manos firmes, rostro anguloso.
Nos mira como quien entiende algo demasiado tarde.
—¿Vale tanto? —pregunta.
No es ironía.
Es real.
Kram me mira como si la respuesta fuera un obvio universal:
—Sí.
Mi corazón late en su pecho. El suyo, en el mío.
Yo hablo:
—Nos negamos a entrar en la categoría de ser solo un escándalo. No somos una amenaza para nada ni nadie que no lo merezca. Tampoco somos una conspiración romántica. Somos una elección mutua. Y ustedes no saben lo que es elegir sin calcular costos o beneficios, no saben hace años lo que significa elegir con el corazón. Lo que realmente es el significado final de…amar.
Nadie responde.
El demonio se acerca a ellos despacio.
—Les traduzco, por si todavía creen que tienen el control —dice—: Si se la llevan, pierden el único puente que tienen hacia lo que no entienden. Si lo derriban a él, se dan el gusto pero incendian el país. Si los dejan juntos, les queda una chance.
Silencio.
Y entonces pasa lo imposible.
Uno de los guardias… baja el arma.
Y después el otro.
Y después la mujer exhala con cansancio.
—No los vamos a tocar —dice—. No hoy.
Esto no es perdón.
Es rendición momentánea del sistema ante algo que no sabe procesar.
—Pero entiendan algo —añade—: Van a tener que hacer funcionar esto. Porque si no… todo lo roto que expusieron va a volverlos a tragar.
—Lo sé —dice Kram—.Y yo también.
Horas después, el país sigue en vilo.
Las Casas no están limpias. La Asesora enfrenta procesos. Mi padre está vivo, pero irrelevante. Los medios ladran. La gente opina. La historia sigue.
Nada está arreglado.
Pero algo cambió.
Y no afuera.
Adentro.
Estamos en el balcón privado del Palacio.
La ciudad abajo respira.
Kram me abraza desde atrás.
Su mentón en mi hombro.
Su respiración tranquila por primera vez.
—No sé si vamos a ganar —dice.
—No sé si existe ganar.
—No sé cuánto tiempo nos van a dejar.
—No sé si quiero que me dejen.
Él ríe bajito.
—¿Qué sí sabes?
Miro el horizonte.
Miro el caos.
Miro la vida moviéndose como puede.
Y respondo:
—Que si este país se cae… quiero caer contigo.
Sus brazos me aprietan.
No como quien retiene.
Como quien reconoce hogar.
—Y si no se cae… —añade— Quiero aprender a sostenerlo con vos.
La Atadura brilla suave.
No duele.
No quema.
Late.
Como un corazón compartido.
El demonio se sienta en la baranda.
Parece satisfecho.
—Bueno —dice—. Contrato renovado por esto que a ustedes les gusta llamar voluntad. No prometo felicidad. Pero prometo algo mejor: Verdad.
Lo miro.
Como a un testigo incómodo… y necesario.
—Acepto —respondo.
Kram asiente.
—Aceptamos.
El demonio sonríe.
—Entonces sigan. Rompan todo si tienen que romper. Amen si tienen que amar. Pero no vuelvan a ser piezas.
Nos mira.
Y desaparece.
La noche sigue.
El país también.
Nuestra guerra continúa.
Pero por primera vez… no estoy sola.
Por primera vez… no lo está él.
Por primera vez… el poder no sabe qué hacer con dos personas que se eligieron de verdad.
Y quizás, solo quizás…ahí empiece la verdadera revolución.