La Casa de las Bestias

Capítulo 16

El país no cambia en un día.

Ni en una noche.

Ni por un beso.

Ni siquiera por un demonio.

Eso lo aprendo en silencio, en los días que siguen.

Aprendo que la revolución no siempre tiene forma de incendio. A veces tiene forma de cansancio persistente que se niega a dormir. Tiene la forma de un corazón que sigue latiendo aunque esté magullado. Tiene la forma de una decisión sostenida.

Los titulares pasan. Las plazas se vacían. Las banderas, antes furiosas y vibrantes, se pliegan. Se secan. Se guardan.

El ruido mediático baja.

Y ahí aparece lo verdaderamente difícil: La vida.

La vida sin cámaras.

La vida sin discursos.

La vida sin épica.

La vida con decisiones pequeñas que sostienen las grandes.

La vida donde el monstruo no es el demonio. Es la rutina. Es el miedo al volver a funcionar. Es el miedo al fracaso cuando ya no podés culpar solo a “los otros”.

Sigo siendo Enlace Espiritual.

No es un título poético. Es agotador. Es trabajo. Es desgaste.

Es sentarme en mesas llenas de hombres que creen que todavía pueden explicarme cómo funciona el poder. Es escuchar discursos sobre “cautela institucional” mientras yo recuerdo cómo quemaban ciudades con mentiras. Es sonreír cuando quiero gritar. Es gritar cuando quieren que sonría.

Es comprobar, día a día, que el demonio tenía razón en algo:

no existe la pureza política.

Solo existe el intento honesto de no convertirse en aquello que juraste combatir.

A veces gano. A veces no.

Y trato de hacer las paces con eso.

El demonio ya no aparece como un trueno.

Llega suave ahora.

Como un hábito. Como una sombra con la que aprendí a convivir.

Se sienta a mi lado. Se cruza de brazos. Mira los reportes. Suspira como un ejecutivo agotado.

—La burocracia es peor que el infierno —dice.

—Creí que el infierno eras vos.

—Yo soy entretenimiento. El infierno es esto: papeles, protocolos, “lo vemos la semana que viene”, “hay que evaluar los costos políticos”.

No me río a carcajadas.

Pero sonrío, sí, con gracia genuina.

Con afecto. Con enojo. Con lo que solo se siente frente a alguien que ya dejó de ser solo amenaza.

—¿Te arrepentís? —le pregunto—. De haber cambiado de contrato.

Me mira un segundo largo.

Más largo de lo que jamás le vi aguantar una mirada.

—No.

Y en ese “no”… hay algo parecido a humanidad.

No se lo digo. Pero lo siento: también yo aprendí a quererlo. En mi forma rara. En mi forma peligrosa.

No como salvación. Sino como espejo honesto de la mugre que el mundo intenta ocultar.

Un espejo valioso. Aunque duela.

Y Kram.

Él.

Él sigue siendo… él.

Y no.

Porque ya no es solamente el primer ministro. Ni el hombre que el país quiere derribar. Ni el que soporta el peso de la historia en los hombros.

Ahora…es la persona que me trae té cuando olvido que soy humana. Es la espalda en la que me apoyo cuando todo arde. Es el pecho que late al mismo ritmo que el mío cuando el mundo nos exige demasiado.

Es la voz que me dice “seguimos” cuando quiero rendirme.

Es el hombre que duda frente a decisiones imposibles, pero se queda.

Es el hombre que puede equivocarse de frente, sin esconderse, sin disfrazarse de héroe.

Y eso… eso es más atractivo que cualquier profecía.

Dormimos mal.

Muy mal.

No siempre juntos. Pero casi siempre cerca.

Y cuando el sueño llega, no es suave.

A veces nos despiertan las sirenas. A veces, la memoria. A veces, el peso del país. A veces, la Atadura que todavía vive como una luz tenue entre los dos, aunque ya no sea ritual obligatorio sino algo mucho peor: voluntad.

Una madrugada, la veo temblar en su sueño.

El demonio, desde la penumbra, murmura:

—Se acostumbró a sentirte. Eso no sana fácil.

Me acerco. Lo toco.

Él reacciona al contacto antes de despertarse. Se calma. Se suaviza. Respira.

Y entiendo.

Que no lo sostengo por amor solamente. Lo sostengo por humanidad. Porque nadie debería cargar el peso de un país solo.

Ni siquiera él.

Con el tiempo, los ataques cambian de forma.

Ya no vienen solo con armas. Vienen con columnas de opinión. Con editoriales indignadas. Con acusaciones pseudo-morales. Con titulares diseñados para herirnos.

“Relación inapropiada”. “Embrujo emocional”. “La bruja gobierna”. “El ministro bajo hechizo”.

Todo suena ridículo. Y, sin embargo, duele.

No por mí.

Por él.

Porque yo conozco su fuerza. Y verlos intentar reducirlo a un hombre “dominado”, “hipnotizado”, “débil por amor”, me enciende de una forma distinta.

Como mujer.

Una tarde, me rodea con los brazos después de leer una editorial particularmente venenosa.

—No te defiendas de eso —dice—. No hace falta.

—No me duele por mí.

—Ya lo sé.

Se apoya en mí. Como quien apoya su cansancio en un lugar seguro.

—Yo estoy acá —dice.

—Yo también.

Y no es promesa. Es constancia.

La Asesora… no desaparece.

Sería demasiado simple.

Sigue existiendo. Investigada. Limitada. Vigilada.

Pero viva.

Y no arrepentida.

Un día me pide una audiencia. Acepto.

Nos miramos. Dos mujeres que aprendieron cosas terribles del poder. Desde lados opuestos de la trinchera. Desde dolores distintos.

—¿Creés que ganaste? —pregunta.

Lo pienso.

—Creo que sigo de pie.

Ella sonríe con esos dientes blancos afilados.

—Eso no es ganar —dice.

—No —respondo—. Pero es resistir.

Su expresión cambia.

Y, por primera vez, creo que entiende que yo ya no juego la misma partida.

—Yo no quería destruir el país —dice—. Quería controlarlo.

—Lo sé.

—¿Y vos?

Miro por la ventana.

Veo la ciudad. La gente. Las vidas.

—Yo quiero que nadie más necesite demonios para gobernar.



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En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

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