La Casa de las Bestias

Capítulo 17

No hay protocolo que prepare al cuerpo para esto.

No hay decreto. No hay ritual. No hay demonio que lo explique.

Solo estamos nosotros.

El Palacio duerme a medias, como un animal vigilante que nunca cierra del todo los ojos. Afuera, la ciudad respira con esa calma frágil que sabe que en cualquier momento puede volver a gritar. Pero aquí, en esta habitación con las luces bajas y el mundo detenido por un segundo, el ruido calla.

Y queda él.

Kram.

No el primer ministro.

Kram.

El que respira cerca de mi boca como si la vida dependiera de ello. El que me mira con esa mezcla de devoción y peligro que me enciende más que cualquier magia. El que sostiene mi rostro con una delicadeza feroz, como si temiera romperme y al mismo tiempo supiera que podría arder con él sin quebrarme.

—Decime que esto no es una mala idea —susurra.

—Es la peor —respondo—. Y no pienso renunciar a ella.

La sonrisa que aparece en su rostro no es política. Es humana. Es mía.

La Atadura late. No como golpe. Como ritmo.

Como música privada. Como algo que por fin dejamos de negar.

Sus manos me recorren como si estuviera aprendiendo de memoria un mapa que ya conocía, pero ahora decide habitar. Y yo lo toco como quien reconoce territorio propio después de haberlo defendido del mundo entero.

No hay urgencia sucia. No hay desesperación desordenada.

Hay hambre. Profunda. Serena. Inevitable.

Su piel contra la mía no es campo de batalla. Es tregua. Es casa. Es promesa.

Me abraza como quien no quiere retenerme… sino sostenerse conmigo.

Sus labios bajan a mi cuello. Mi respiración se rompe. Él lo siente por la Atadura. Y sonríe contra mi piel, como si esa reacción fuera un triunfo privado y sagrado.

—No sé si te merezco —dice, apenas audible.

—No soy un premio que le llega a alguien por azar—respondo—. Soy producto de una decisión.

Me mira como si eso fuera la cosa más peligrosa y hermosa que alguien le dijo en la vida.

—Y yo te elijo —dice.

Y me besa.

Ese beso… ese beso es fuego contenido demasiado tiempo. Es piel que dice lo que las palabras todavía no se animaban. Es el cuerpo confesando antes que la boca.

El demonio, en algún rincón lejano de la conciencia, hace un sonido que parece una mezcla de aplauso y resignación divertida.

Pero por primera vez, no ocupa el centro.

El mundo no entra.

Somos él y yo.

Y el fuego.

Los movimientos se vuelven naturales. Instintivos. Perfecta coreografía improvisada.

Mi espalda reconoce sus manos. Su respiración reconoce mi gemido contenido. Nuestros cuerpos conversan en un idioma antiguo, más viejo que la política, más honesto que cualquier pacto.

No hay pudor. No hay miedo. No hay vergüenza.

Hay verdad.

Somos dos adultos que sobrevivieron a demasiado, que se sostuvieron cuando el mundo quiso romperlos, que eligieron no soltarse aunque el costo fuera alto.

Y ahora, finalmente, se permiten sentir sin defensa.

La Atadura vibra suave. Se expande.

Como un universo que se abre.

Y nos envuelve.

Lo abrazo fuerte. Más de lo necesario. Más allá de lo físico.

Y él me sostiene más fuerte todavía, como si entendiera que no estoy agarrándolo solo por deseo, sino por todo lo que no dije, todo lo que perdí, todo lo que me arrancaron, todo lo que sigo siendo.

Él se quiebra un poco. Yo también.

Es hermoso. Es brutal. Es humano.

Y cuando el clímax nos alcanza, no es solo placer.

Es liberación. Es alivio. Es pertenencia.

Es el mundo cayéndose alrededor y nosotros permaneciendo en pie.

Nos quedamos así. Respirando. Temblando. Vivos.

Él apoya su frente contra la mía. Cierra los ojos.

No hay grandilocuencia. Solo latido.

Y entonces, sin aviso, el aire cambia.

Ya no es deseo.

Es temblor distinto.

Es decisión.

Es vértigo.

Kram respira profundo.

Su voz sale rota, suave, demasiado sincera para ser casual.

—No quiero… que esto sea solo sobrevivir contigo —dice—. Quiero vivir con vos.

Mi corazón se detiene.

No en la Atadura. En mí.

—Syerra —susurra.

Mi nombre es invocación. Es plegaria.

Se incorpora apenas. Sus manos temblorosas me sostienen el rostro como si estuviera por pronunciar un conjuro del que no hay vuelta atrás.

—Te elegí cuando creí que no debía. Te elegí cuando me dijeron que eras peligro. Te elegí cuando el país quiso que te soltara. Te elegí cuando yo mismo me tuve miedo.

Traga saliva.

Sus ojos brillan.

—Y ahora quiero elegirte… no por política, no por contrato, no por destino. Quiero elegirte por amor.

Mi respiración tiembla.

La suya también.

Y entonces lo dice.

Claro. Directo. Sin espectáculo.

—Syerra… ¿te casás conmigo?

No hay demonio. No hay profecía. No hay Casas.

Hay un hombre.

Y yo.

Y una pregunta que no es solo promesa romántica. Es peligro. Es fe. Es revolución íntima.

Podría llorar. Podría reír. Podría temblar.

Hago todo al mismo tiempo.

—Sí.

Lo digo como quien afirma la existencia del mundo.

Sí.

El país puede arder. El demonio puede reír. La política puede derrumbarse otra vez. Pero esto…es mío. Esto es nuestro.

Él sonríe como nunca lo vi sonreír. Como si algo en el centro de su vida hubiera encontrado lugar.

Me abraza. Me besa. Me aprieta.

La Atadura explota en una luz dulce. No de fuego. De hogar.

En algún rincón invisible del mundo, siento al demonio suspirar con una ironía suave.

—Bueno —dice, casi… feliz—. Condenados. Pero condenados juntos. Al fin algo con estilo en este país.

Nos quedamos así.

Respirando.

Riendo un poco. Llorando otro poco.

El mundo no se arregló.

Pero algo dentro de nosotros sí.

Y a veces, eso es el primer milagro.



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En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

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