El “sí” todavía está flotando en el aire.
En ese lugar intangible donde viven las decisiones que cambian el curso de la vida.
Nos miramos. Con las mejillas húmedas. Con la respiración desacomodada. Con el corazón sosteniendo una certeza tan improbable que da miedo.
Nos vamos a casar.
No mañana. No fácilmente. No sin guerra.
Pero nos vamos a casar.
Y por un instante —apenas uno— el mundo parece aceptar la tregua.
No hay sirenas. No hay gritos. No hay demonios hablando.
Solo silencio.
Silencio de antes de la tormenta.
Golpes.
Fuertes. Urgentes. Secos.
No son los golpes burocráticos de protocolo. Son los golpes de alarma.
—Primer ministro —grita una voz al otro lado—. ¡Es urgente!
Kram aprieta los ojos. Inspira. Vuelve a ese modo que conozco: ese modo de hombre que carga un país encima y aún no se rompe.
—Entren —dice.
La puerta se abre.
Un asesor entra pálido. No pasa por el gesto solemne. No usa eufemismos.
Eso me asusta más que cualquier discurso.
—Interceptamos comunicaciones —dice—. Vienen por ella.
La sangre me queda fría.
—¿Quiénes? —pregunta Kram.
—No es la oposición de siempre —responde—. No son Casas. No son servicios regulares.
Nos mira.
—Es… algo nuevo.
El demonio aparece lentamente, como si la temperatura de la sala hubiese bajado.
—Ah —dice con voz baja—. Finalmente.
No es sorpresa en su tono.
Es reconocimiento. Y preocupación. De verdad.
Eso no es bueno.
—¿Quiénes son? —pregunto.
Él no responde enseguida.
Eso es peor.
El asesor continúa:
—Interceptamos un manifiesto. Un grupo. No político. No religioso. Algo híbrido.
—¿Nombre? —pregunta Kram.
El asesor traga saliva.
—La Legión de la Pureza.
El demonio se ríe. Pero no es su risa divertida. Es una risa amarga.
—Claro.
—¿Quiénes son? —repito.
El demonio me mira.
—Gente cansada de la corrupción. Gente asqueada de las Casas. Gente harta de los pactos. Gente que quiere cambio……y decide que la única forma es aniquilar todo lo que huela a magia.
Incluida yo.
Incluido cualquier vínculo con el Abismo.
Incluido él… por amarme.
El asesor sigue:
—No son improvisados. No son fanáticos desorganizados. Son estructura. Tienen financiamiento. Tienen entrenamiento. Tienen…
Vacila.
—Tienen respaldo popular.
Eso me mata un poco.
Porque eso no es enemigo externo.
Eso es pueblo. Herido. Desesperado. Enloquecido.
—Publicaron esto —dice.
Proyecta una pantalla.
Un manifiesto.
Frases marcadas. Conceptos claros. Violentos. Perfectamente articulados.
“Si las élites pactaron con demonios… si los gobiernos permiten magia… si los poderosos juegan con lo intangible mientras el pueblo sangra…”
“…entonces el pueblo hará lo que las instituciones no pudieron: arrancar la corrupción de raíz.”
Mis manos tiemblan.
No por miedo a morir.
Por algo peor: Están convencidos. Creen en esto. Creen que destruirme es justicia. Creen que romper el Enlace es sanación nacional. Creen que atacarnos es salvación.
Ese es el enemigo más peligroso: el que cree que está haciendo lo correcto.
—¿Qué quieren exactamente? —pregunta Kram.
El asesor proyecta otra línea.
Exijo no parpadear. Pero cuesta.
La leo.
En voz alta.
—“Para restaurar la pureza del país, exigimos: disolución inmediata del Enlace Espiritual, aislamiento total de Syerra. y la ruptura pública del vínculo emocional y político entre ella y el Primer Ministro.”
Silencio.
Ni el demonio dice nada.
Y después otra línea.
La peor.
—“Si el Primer Ministro no la rompe… la romperemos nosotros.”
Kram se pone blanco.
—No —dice.
Y eso desencadena algo que nunca había visto: pánico real en su mirada.
No por él. Por mí.
—Van a intentar secuestrarte —dice el asesor—. Si no pueden, van a intentar matarte. Si no logran eso… van a atacar lo que puedan.
Kram aprieta los puños.
—No la van a tocar.
—No podés prometer eso —respondo.
—Yo te lo prometo igual.
La Atadura vibra.
No por magia.
Por dolor.
Porque su miedo atraviesa el enlace como cuchillo.
—¿Qué sugieren? —pregunta Kram.
El asesor respira hondo.
—Hay dos opciones.
Odio esa palabra.
—Uno: Rompemos el compromiso. Rompemos la Atadura públicamente. Te distanciás. Ella desaparece bajo protección máxima.
En resumen: Nos destruimos emocionalmente para calmar al país.
—No —dice Kram, instantáneo.
—Dos: La enfrentamos. Los dos. Juntos. Pero eso implica…
Vacila otra vez.
—…convertir su historia de amor en arma de guerra.
El demonio asiente.
—Sí —dice—. Eso es exactamente lo que implica.
Y entonces pasa lo peor.
No lo que esperaba.
No una explosión.
No un ataque.
No un disparo.
Lo peor: La duda.
No de él. De mí.
Porque veo algo en el rostro de Kram.
No miedo por sí mismo.
Culpa.
—No —digo—. No vas a hacerlo.
—¿Qué?
—No vas a pensar eso.
—Syerra…
—No.
—Syerra.
Me toma el rostro. Me sostiene. Pero su voz tiembla.
—Si estás conmigo, te muerden. Si estás conmigo, sos objetivo. Si estás conmigo, el país sangra.
Niega.
Se niega a sí mismo.
—Te estoy condenando.
—No.
Mi voz se quiebra.
—Kram…
—Yo prometí cuidarte.
—Y lo hacés.
—No si mi existencia te vuelve blanco.
Ahí lo entiendo.
No es debilidad.
Es amor en la forma más peligrosa.
El tipo de amor que se cree sacrificio necesario.
El tipo de amor que está dispuesto a romper lo que ama “por su bien”.
El demonio baja la mirada.
Y su voz es extrañamente suave cuando dice: