La Casa de las Bestias

Capítulo 19

No hay silencio más cruel que el que suena después de una separación forzada. No el silencio del descanso. No el silencio de la paz.

El silencio de aquello que todavía está sucediendo, pero lejos de vos.

Ese silencio.

Mi mundo, por ahora, es un búnker.

No tiene nombre. No tiene ventanas. No tiene historia. Solo tiene respiración artificial. Luces blancas. Guardias que me miran sin mirarme. Y ese ruido constante de maquinaria apagada que suena como si el edificio estuviera pensando todo el tiempo.

Estoy segura aquí.

Eso dicen.

Segura.

Qué palabra insolente, pienso.

Porque sí: estoy lejos de bombas, lejos de francotiradores, lejos de la Legión de la Pureza.

Pero no estoy lejos de lo peor: la memoria.

La del Palacio. La de su mirada. La de su voz quebrándose al decir “llévensela”. La de su mano soltándome para “salvarme”.

Y esa bendita palabra, todavía flotando: Perdón.

Los médicos vienen cada día. No oficiales. No públicos. No registrables.

Expertos en cuidar cosas que no pueden aparecer en los diarios.

Me revisan. Miran signos vitales. Niveles. Resistencia.

Quieren asegurarse de que sigo “funcional”.

Funcional.

Como si yo fuera maquinaria política. Como si yo fuera dispositivo indispensable. Como si mi persona fuera un accesorio del Estado.

Y aunque sé que no lo hacen con maldad, aunque sé que hay urgencia real, aunque sé que me cuidan…me lastima igual. Porque ahora… estoy sola.

Sola de verdad.

Sola como nunca lo estuve. Ni cuando fui hija del padre que me moldeó. Ni cuando era arma. Ni cuando era bruja útil.

Esto es distinto. Esto es vacío vivo.

Me despierto una mañana con náuseas. Náuseas que nacen desde un lugar hondo. Un desorden corporal que no me pertenece. Que no responde al miedo. Que no responde al encierro. Algo distinto.

Me siento en la cama. La habitación gira apenas.

—Debe ser ansiedad —dice la médica.

Yo asiento.

Pero mi cuerpo no asiente.

Mis manos tiemblan. No por nervio. Por intuición.

Por esa intuición antigua que vive en el vientre más que en la mente.

Esa intuición que no aprendés.

Que simplemente reconocés.

El demonio aparece tarde.

Como si no quisiera confirmar algo que él ya sabía.

Se sienta a los pies de la cama. No sonríe. No ironiza. No juega.

Eso me asusta más que cualquier amenaza.

—Decilo —susurro.

—No hace falta.

—Decilo igual.

Me mira.

Por primera vez desde que lo conozco, su mirada tiene respeto. Y una pizca de miedo.

No miedo por él.

Miedo por mí.

—Estás embarazada —dice.

El mundo… cambia de densidad.

No explota. No se quiebra.

Se vuelve más pesado.

Más real.

Más afilado.

No lloro.

No grito.

No me llevo las manos a la boca en shock dramático.

No hago nada de eso.

Solo respiro. Despacio. Intentando no marearme.

—¿Cuánto? —pregunto.

—Lo suficiente como para saberlo —responde el demonio—. Lo justo como para que todavía puedas no creerlo. Lo exacto como para que ya no puedas negarlo.

Me quedo quieta.

Un latido… dentro de mí.

Un latido que no es mío y es completamente mío.

Un latido que viene de él, pero que ahora es nuestro de otra forma.

Nueva. Irreversible.

Me acuesto de nuevo.

No por debilidad.

Por reverencia.

Porque algo sagrado acaba de instalarse en el centro de mi vida.

Y ese algo… es pequeño. es frágil. y respira futuro.

—¿Se lo dijeron a él? —pregunto.

Silencio.

Silencio que es respuesta.

—No todavía —dice el demonio—. Primero querían… “controlar variables”.

—Variables.

—Riesgos. Exposición. Legión.

—En resumen —susurro—. Primero el país. Luego el bebé.

Luego yo.

No lo digo con rabia. No hoy.

Lo digo con cansancio.

Cansancio de existir siempre en esa jerarquía impersonal.

La médica vuelve.

Esta vez no es fría. Esta vez no es técnica.

Esta vez tiene manos suaves. Voz humana.

—Syerra… es real —dice.

Yo asiento.

—Lo suponía.

Ella sonríe. Y por un segundo, me abraza esa posibilidad hermosa y brutal:

Estoy creciendo algo que nunca fue parte de ningún plan político. Algo que no responde a Casas. Ni a Legiones. Ni a profecías.

Algo que es vida pura, sin contrato.

Algo que es amor materializado.

Un hijo.

O una hija.

Una parte de él… en mí.

Una parte de mí… en él.

Una parte de los dos… en el mundo.

Y entonces llega la otra verdad.

La cruel.

La inevitable.

La peligrosa.

—Esto… me vuelve un blanco mayor —digo en voz baja.

La médica no lo niega.

—Sí.

—La Legión cree que yo soy corrupción… imaginate lo que pensarán de un hijo mío.

Ella no responde.

No puede.

Porque no hay respuesta suave para eso.

El demonio termina la frase:

—Creerán que es el símbolo supremo del “abismo dominando el país”.

Me arde la garganta.

—Entonces van a intentar…

—Sí.

—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Siempre?
—Siempre.

—¿Incluso si…?

—Incluso si te casás. Incluso si no te casás. Incluso si te ocultás. Incluso si ganan. Incluso si caen.

—Entonces… ninguna decisión salva nada.

—No.

Y ahí, sin metáfora, sin poesía, sin heroísmo,me veo parada en la encrucijada más brutal de mi vida. No como bruja. No como Enlace. No como figura pública.

Como mujer.

Como futura madre.

Como Syerra.

Lloro.

Lloro por honestidad.

Lloro porque no es justo.

Lloro porque quería traer algo bueno al mundo. Y este mundo no sabe cómo recibir nada bueno sin intentar romperlo antes.

Lloro porque quiero a ese niño… o a esa niña…con una fuerza instintiva que no sabía que existía.

Lloro porque amo a Kram.



#607 en Fantasía
#104 en Magia
#2836 en Novela romántica

En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.