El tiempo deja de ser lineal cuando estás embarazada.
No son semanas. No son meses.
Son momentos.
Momentos en los que respiro. Momentos en los que me quiebro. Momentos en los que siento una pequeña presión en el vientre y recuerdo que llevo dentro de mí algo que no es idea, ni profecía, ni doctrina, ni símbolo político.
Es alguien.
Y eso lo cambia todo.
Kram llega al búnker antes que la noticia lo permita.
No entra como Primer Ministro. No entra como figura de Estado.
Entra como hombre roto que acaba de recibir la información que puede destruirlo… o salvarlo… dependiendo de cuánto amor y cuánto miedo pueda sostener a la vez.
Cuando entra no puede hablar.
Solo me mira.
No me toca al principio.
Tiene esa expresión de quien encuentra algo demasiado sagrado como para acercarse sin permiso.
Yo sonrío apenas.
Le tiendo la mano.
Eso lo desarma.
Se acerca. Me toma la cara. Se arrodilla. Apoya la frente en mi vientre aún apenas marcado.
Y llora.
Llora como nunca lo vi llorar.
No es llanto de dolor. Es llanto de sobrecarga emocional.
De felicidad que duele. De terror que ama. De amor que tiembla.
—Perdoname —susurra, apoyando los labios donde late la vida—. Perdoname por no haber estado. Perdoname por haberte soltado. Perdoname por haber creído que alejarte te salvaba.
Le acaricio el pelo.
—Estás acá —respondo.
—Y no voy a irme nunca más.
Lo dice no como promesa inútil. Lo dice como decreto personal.
Y desde ese día, cumplirlo se vuelve su religión.
Kram no duerme.
No come bien.
Está presente.
Siempre.
Se vuelve una muralla viva alrededor mío.
Es imposible moverse dos pasos sin que su mirada me siga como si estuviera vigilando el sol.
Al principio me preocupa.
Después me conmueve.
Y luego… empieza a pesar.
Porque no me permite caminar sola por un pasillo. No me deja servir agua sin supervisión. Exige triple anillo de seguridad donde vaya.
Y cuando alguien propone exponerme en un evento institucional, casi incendia el Consejo entero.
Él no dice “mi país”.
Dice:
—Mi familia.
Y ahora “familia” somos yo… y lo que llevo dentro.
Su voz cambia. Su postura cambia.
Su prioridad cambia.
Y el país se da cuenta.
Y al país… no le gusta.
La prensa destroza el tema cuando finalmente inevitablemente se filtra.
No por el embarazo. El embarazo divide, escandaliza, genera controversia… sí.
Pero lo que incendia realmente es la sospecha:
“¿Ese niño será el heredero mágico del poder?”
“El demonio pasará al bebé?”
“Es un arma gestándose en el vientre?”
“Es un símbolo del abismo?”
“Es la corona biológica de la corrupción espiritual?”
La Legión no se apaga. Se multiplica.
La gente no discute política. Discute maternidad.
Discute el derecho de ese bebé a existir.
Discute si es peligroso sentir ternura.
Discute si amar es delito.
El país arde.
Mientras tanto, Kram no suelta mi mano.
Nunca.
Y eso… aunque sea hermoso… es también peligroso.
Porque él ya no solo gobierna.
Ahora protege.
Y cuando un líder deja de pensar en “todos” para pensar en “lo que ama”…la política se deforma.
El demonio lo sabe.
—Lo vas a destruir —le dice un día, mirándolo fijo.
—No pienso negociar a mi hijo —responde Kram.
—No es tu hijo —corrige el demonio—. Es su vida. Tu hijo es tu amor. El mundo es tu responsabilidad. Y vos estás empezando a confundirlos.
Kram lo mira sin odio. Pero sin aceptar.
—Si tengo que elegir —dice—, voy a elegirla a ella. Voy a elegirlo a él. Voy a elegir a mi familia.
Y el demonio lo observa…con una extraña, casi humana tristeza.
Yo empiezo a sentir algo nuevo.
No es dolor. No es síntoma físico. No es miedo.
Es…presencia.
Al principio pensé que era imaginario. Un eco emocional del embarazo. Una forma del cerebro de procesar la vida creciendo.
Pero no.
Lo siento cuando duermo.
No sueño sola.
Siento presión detrás de los ojos. Siento calor interno. Siento compañía mental.
Como si alguien caminara conmigo… dentro mío.
Una noche, el demonio lo percibe.
Se queda quieto.
Muy quieto.
Demasiado serio.
—Decime —le digo.
—No quiero.
—Decilo.
—No estás sola allá adentro.
—Ya lo sé. Estoy embarazada.
—No —dice suavemente—. No hablo de eso. Algo…se mueve en el aire.
La sombra de él se oscurece.
La temperatura baja.
No físicamente. Mágicamente.
Y entonces… lo veo.
No con ojos.
Lo veo como se ven las cosas espirituales: con toda la existencia.
Es pequeño. Es joven. Es feroz.
Y no tiene forma definida. No todavía.
Es una entidad. Un demonio. Pero distinto al mío.
Más salvaje. Más antiguo. Más irracional.
Una criatura que no vive en pacto.
Vive en instinto.
En nacimiento.
—No —susurro.
—Sí.
El demonio de siempre no sonríe. No disfruta. No ironiza.
—Tu hijo… —dice, en voz baja como si hablara de un dios dormido— no viene solo.
Siento escalofrío.
—Entonces…
—Tiene uno propio.
Late.
Más allá que un simple corazón.
Como trueno. Como tambor. Como tierra abriéndose.
Y lo siento dentro.
Como sentir dos sombras bajo la piel. Dos presencias que respiran en paralelo.
Dos demonios.
Uno que ya conozco. Uno que todavía no.
Uno que tiene contrato.
Uno que nació libre.
Y por primera vez…mi demonio no parece la mayor amenaza del cuarto.
—¿Qué significa? —pregunto.
—Significa que el mundo no está preparado —dice el demonio—. Que ninguna Casa puede controlar esto. Que ninguna Legión sabe qué hacer con esto. Que ningún Estado puede legislarlo.