La Casa de las Bestias

Capítulo 21

Hay algo extraño en el deseo cuando hay vida creciendo dentro de una.

No desaparece.

Se transforma.

Se vuelve otra cosa.

Más profundo. Más físico. Más espiritual.

Más peligroso.

Kram me mira distinto.

No es el mismo deseo de antes.

No es fogosidad de carne. No es simple hambre.

Es reverencia.

Y eso enciende más que cualquier caricia.

A veces levanto la mirada y lo veo mirándome como si fuera un nuevo continente, como si tuviera miedo de tocar… y al mismo tiempo morirse de ganas de hacerlo.

No es libido brutal.

Es algo más primal: Atraído por mí como si mi vientre fuera estrella. Hipnotizado por lo que crece. Enamorado de esta nueva versión mía que ni yo termino de entender.

Y ahí, sí.

Se enciende.

Hay noches donde se acerca despacio. Como hombre que reclama. Como peregrino. Todo a la vez.

Me rodea por detrás. Me abraza por la cintura. Deja la mejilla sobre mi hombro. Respira lento. Casi temblando.

Su deseo no es contra mí.

Es conmigo.

Su calor no exige. Acompaña.

Sus manos no aprietan. Sostienen.

Y cuando sus labios rozan mi cuello…mi cuerpo explota. Se derrite.

Y esa fusión es más peligrosa que cualquier acto.

Porque es íntima. Porque es confianza. Porque no busca poseerme… busca pertenecer conmigo.

Y yo lo dejo.

Porque yo también lo necesito.

Porque aunque el mundo esté cayéndose, aunque el país esté en guerra espiritual, aunque tenga dos demonios latiendo en mi sombra, aunque el futuro sea incierto…yo sigo siendo mujer.

Y él sigue siendo hombre.

Y todavía nos amamos.

Y eso es sagrado.

Pero el fuego tiene dos caras.

Y mientras él se enciende…yo me quiebro.

Porque aunque mi piel responde a él, aunque mi corazón lo busca, aunque mi cuerpo lo reconoce…también está este peso.

Esta presión.

Este doble pulso.

Estos dos demonios respirando en simultáneo. Uno dentro del alma. Otro dentro del vientre.

Y hay noches donde no puedo respirar, donde no puedo dormir, donde las sombras en la habitación se vuelven densas, donde algo se mueve en el aire y sé que no es corriente…es magia.

Y no toda magia es amable.

La primera vez que pasa, Kram está conmigo.

La habitación se oscurece.

No por falta de luz.

Por presencia.

Mi demonio se manifiesta primero. Se endereza. Alerta. Como guardián viejo.

Y entonces el otro.

La presencia joven.

Salvaje.

Primaria.

No pactado. No limitado. No regulado.

Libre.

Siento presión en el vientre. Un calor profundo. Una ola de energía que sube, atraviesa mi pecho, se mete en mis pulmones.

No me duele.

Pero quema. Desarma. Cansa.

Y no puedo mostrar miedo.

Porque si yo me asusto, mi hijo lo siente.

Y si él lo siente…esa criatura también.

Kram intenta tocarme.

Por instinto. Protección. Pero el aire rechaza su mano. No lo lastima. Lo detiene. Como si el universo dijera: “Vos la amás. Pero esto… no es tu territorio.” Él retrocede sin querer hacerlo.

Y me mira.

Desarmado. Devoto. Helado.

El demonio serio murmura:

—Está probando sus límites.

—¿Quién?

El demonio no dice “tu otro demonio” directamente.

Mira mi vientre.

—Él.

O ella.

Ese ser.

Ese hijo mío.

Ese hijo nuestro.

Ese hijo…que ya negocia con el mundo espiritual mientras todavía no respira aire.

Yo tiemblo.

De responsabilidad.

Porque ahora no soy solo puente.

Soy madre de algo que no entra en ninguna categoría lo cual puede volver inestable la política de todo un país.

Y el país… todavía no lo sabe.

Cuando la energía cede, me dejo caer.

Kram me sostiene.

Me abraza con una desesperación que no muestra en público.

—Yo tendría que poder ayudarte —susurra.

—Estás acá —respondo—. Eso me sostiene.

—Pero no puedo protegerte de esto.

—Porque no tenés que hacerlo.

Me mira como si lo hubiera golpeado.

—¿Cómo que no?

—Porque esto no es un enemigo —respondo—. Este es tu hijo.

Y él tiembla.

Porque lo entiende.

Porque el terror más íntimo es ese: amar algo que te supera y no poder controlarlo.

Fuera de la habitación, el mundo no mejora.

La Legión crece.

Ya no hablan de mí como amenaza.

Hablan del bebé.

Del niño demonio. Del símbolo de corrupción. Del final.

Algunos lo dicen con rabia. Otros con miedo. Otros con fe fanática.

Y yo, entre respiraciones, entre mareos, entre sombras, leo titulares filtrados:

“¿Debe nacer?” “¿Debe el Estado permitirlo?” “¿Se puede legislar la existencia?”

Y ahí sí.

Me rompo.

Porque no discuten políticas.

Discuten si mi hijo tiene derecho a existir.

Y eso… eso no tiene nombre. Más aún considerando que el país entero no sabe que mi hijo viene con su propio demonio guardián también.

Entonces Kram entra en modo guerra.

Deja de negociar. Deja de sugerir. Deja de ceder.

Habla fuerte. Corta micrófonos. Rompe sesiones. Se come cámaras vivas donde dice que nadie va a tocar a su familia. Y eso… es hermoso.

Es devastador.

Porque una parte de mí lo ama más que nunca. Y otra parte…se asusta.

No del peligro. De él.

Del hombre que está dispuesto a incendiar la estructura del país si el país se atreve a mirar torcido a nuestro hijo.

De ese amor fanático. De esa entrega absoluta.

De ese filo peligroso que separa “amor profundo” de “obsesión sagrada”.

Y yo lo amo. Y yo quiero ese amor. Y yo me refugio en eso.

Pero también sé que cuando todo esto pase, si es que pasa, Kram no va a ser el mismo.

Y yo tampoco.

Porque ninguna mujer sale igual de un amor que estuvo dispuesto a pelear contra naciones.

Y mientras eso pasa afuera…adentro pasan cosas peores.



#607 en Fantasía
#104 en Magia
#2836 en Novela romántica

En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.