La Casa de las Bestias

Capítulo 22

El mundo nunca está listo para un nacimiento.

Ni aunque lo planifiques.
Ni aunque lo desees.
Ni aunque lo niegues.

La vida no pide permiso: irrumpe.

El día empieza con un silencio raro.

Más que el silencio de la paz o el de la noche, es el silencio antes de la tormenta.

El aire del búnker es pesado, como si supiera algo que yo todavía no. Las luces parecen más blancas, los pasillos más largos, los guardias más quietos de lo habitual.

Me despierto sin sobresalto. Sin dolor. Con una certeza.

Algo cambia.

No afuera.

Adentro.

En el centro de mi cuerpo, en ese lugar cálido y vulnerable que se volvió casa para alguien que todavía no vio el mundo.

No es dolor lo primero que llega.

Es una especie de gravedad nueva.
Un tirón hacia la tierra.
Una ola que viene desde el fondo de mí y me obliga a detenerme.

Me incorporo despacio.

Pongo la mano sobre el vientre.

—Hola —susurro—. Lo sé.

No responden palabras, obviamente.

Pero algo responde.

Un movimiento lento.
Una presión leve.
Una presencia plena.

No estoy sola en el cuerpo.
No lo estoy hace meses.

Pero por primera vez siento algo distinto: es hora.

Kram tarda menos de lo humanamente posible.

Yo no lo llamé.

No hizo falta.

La Atadura lo sintió antes que él pudiera formularlo: ese latido nuevo, ese cambio de ritmo, esa vibración íntima de despedida del adentro y bienvenida del afuera.

Entra sin anunciarse.
Sin cuidarse.
Sin protocolo.

Su expresión es ese caos perfecto entre terror y felicidad absoluta.

Se acerca, se arrodilla otra vez, como la primera vez.
Apoya la frente en mi vientre.
Respira.

—Estoy acá —dice, pero es más una plegaria que una frase.

—Lo sé.

Sus manos me envuelven con una delicadeza que no conocí en nadie más. Como si yo fuera algo frágil, cuando soy la cosa más peligrosa y resistente que conozco. Me besa la piel como si fuera altar.

Y entonces me mira a los ojos.

—¿Ya…?

Asiento.

No necesito decirlo. El lenguaje de ahora es otro.

Detrás de él, los médicos y las médicas empiezan a moverse como un sistema perfectamente ensayado: listas, bolsas, instrumentos, pantallas que laten al ritmo de otro corazón distinto al mío. El personal de seguridad ajusta perímetros. Alguien susurra por radio.

Pero todo eso me llega lejano.

Mi universo se reduce: mi cuerpo, mi respiración, mi hijo, mi demonio, su demonio, y Kram.

Las primeras contracciones no son gritos.

Son olas.

No son dolor puro.

Son fuerza.

Como si el cuerpo recordara algo ancestral que yo nunca aprendí pero siempre supe. Como si millones de mujeres antes que yo estuvieran empujando conmigo, desde todos los tiempos, desde todos los lugares, desde todos los vientres.

Respiro.

No como me enseñaron.

Como puedo.

Sostengo la mano de Kram.

Y él tiembla.

No yo.

Él.

Porque nunca vi a alguien tan poderoso sentirse tan vulnerable.

—Decime qué hago —susurra.

—No te vayas.

—No voy a irme.

Y no se va.

Ni por un segundo.

Los demonios perciben el cambio antes que cualquiera.

Mi demonio aparece sin invocación, sólido, denso, serio.

No habla primero.

Observa.

Evalúa.

Está de guardia.

Y el otro…no aparece afuera.

No tiene forma todavía.

Pero su energía… se expande.

Llena la habitación.
Cambia la temperatura.
Hace vibrar el aire.

Es como si el mundo espiritual hubiera detenido la respiración, esperando.

No hay sombras amenazantes.

No hay maldad.

Hay magnitud.

Algo grande está entrando en el mundo y el mundo lo sabe.

Las máquinas titilan.
Las luces parpadean.
Los cristales vibran.

Una médica murmura algo sin creer lo que ve.

—Los sensores… responden como si hubiera… dos focos energéticos.

El demonio la mira, casi con ternura cruel.

—Hay dos —dice—. Madre y hijo. Dos puertas abiertas.

Y por un instante, el límite entre planos parece una tela muy delgada.

Las contracciones se intensifican.

Ahora sí, el dolor llega.

Pero no es enemigo.

Es herramienta.

Es llave.

Es cuerpo abriéndose para dejar pasar la vida.

Grito.

No de miedo.

De potencia.

El sudor corre, el cuerpo tiembla, algo se tensa y se afloja, se enciende y se suelta. Mis manos se aferran a las sábanas, a la mano de Kram, al aire.

Kram me sostiene cuando me doblo.
Me sujeta cuando siento que no tengo fuerza.
Me mira como si estuviera presenciando un milagro y un terremoto al mismo tiempo.

—Syerra —dice, y mi nombre en su boca es hogar y ancla y plegaria.

En algún momento, el mundo exterior comienza a golpear.

Alarmas.
Mensajes.
Órdenes.
Informes.

La Legión sabe.

El país tiembla.

Se multiplican las amenazas, los discursos, la histeria. Se oyen explosiones lejanas. Sirenas. Pasos corriendo sobre nuestras cabezas. Voces militares rozan la puerta.

Y aún así…no paro.

No puedo.
No debo.
No quiero.

Porque la vida decidió nacer hoy.

No mañana.

No cuando sea seguro.

Hoy.

En este país ardido.
En este edificio sitiado.
En esta historia rota.

Hoy.

Y yo la acompaño.

Aunque el mundo queme.

El trabajo de parto se alarga.

El tiempo deja de existir.

No sé si pasan minutos u horas.

Sé que respiro, grito, empujo.
Sé que me quiebro y me recompongo.
Sé que toco el borde del límite y vuelvo.

Siento manos profesionales.
Siento voces calmas.
Siento órdenes que me guían.

Pero por sobre todo, siento eso: vida avanzando hacia la luz.

Y en el punto más alto del dolor, cuando creo que no puedo más, cuando el cuerpo es solo temblor y fuego, algo acontece.



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En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

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