El país entero late.
Late como una criatura enorme, herida y peligrosa.
Las elecciones se acercan como si fueran un apocalipsis programado. Cada día es un filo, cada minuto es un temblor, cada frase pública puede quemar una ciudad entera.
Y nosotros… existimos en el centro de ese incendio.
Kram ya no es simplemente un protector.
Kram es muralla.
Muralla consciente, tensa, siempre alerta.
Muralla que ama.
Muralla que no duerme.
Antes, su mirada vigilaba.
Ahora, vigila y ruge.
No deja entrar a nadie sin evaluarlo con la misma severidad que un juicio divino. No confía ni en sombras, ni en pasos, ni en respiraciones ajenas. No hay gesto alrededor mío que él no mida.
Se levanta primero.
Se acuesta último.
Se despierta en medio de la noche para asegurarse de que seguimos vivos.
Su amor dejó de ser metáfora.
Se volvió estrategia.
La bebé duerme —ella, sí, al fin tiene sexo definido, aunque todavía no diremos nombre; el mundo no tiene derecho a bautizar lo que todavía no entiende—, con ese temblor suave de recién nacidos que sueñan con lugares que aún no saben nombrar.
Y aunque el personal médico insiste en que el peligro inmediato ya pasó, que el parto fue exitoso, que estoy fuerte, que la niña está sana…
Kram no cree solo en lo “inmediato”.
Cree en amenazas.
Y tiene razón.
Porque la Legión no desapareció.
Se volvió más organizada.
Más fanática.
Más “moral”.
Y porque las Casas…las Casas están hechas de víboras con traje.
Y ahora huelen sangre.
La Casa de las Bestias —Soebacam, en su rostro formal— sonríe en público, muerde en privado.
Siempre lo fue.
Hoy es peor.
Reuniones que no son reuniones.
Conversaciones que no quedan registradas.
Acuerdos que no se anuncian, pero se ejecutan.
Y detrás de esos gestos elegantes, de esos discursos de estabilidad, de esas promesas de “normalidad institucional”, late otra cosa: hambre.
Hambre de poder.
Hambre de limpieza simbólica.
Hambre de arrancar de raíz lo que no entienden.
No temen al demonio.
Temen a la libertad que representa.
Temen a la idea de un poder espiritual que no les pertenece.
Temen a mi hija.
Sí.
A una recién nacida.
Porque nada aterra tanto a una estructura rígida como la existencia de algo que todavía no puede predecir.
La oposición se volvió cruel.
Ya no debaten políticas.
Debaten humanidad.
No discuten programas de gobierno.
Discuten si yo debería existir.
Si la bebé debería estar viva.
Si amar, gestar, elegir, es delito de Estado.
Los discursos no usan palabras simples.
Usan palabras brillantes que esconden lo mismo de siempre:
odio con perfume caro.
—El país merece pureza.
—Hay elementos desestabilizadores.
—La nación debe protegerse de intoxicaciones espirituales.
No dicen “muéranse”.
Pero lo dicen.
Yo lo escucho.
Y el país también.
Kram enfrenta cámaras como si fueran enemigos físicos.
No negocia suavidad.
No pide permiso para protegernos.
Habla firme.
Limpio.
Peligroso.
Promete Estado.
Promete orden.
Promete algo que no es promesa política.
Promete que nadie va a tocar a su familia.
Cada vez que lo dice, la mitad del país lo ama con fe ciega.
La otra mitad quiere destruirlo.
Y la Casa de las Bestias…observa.
Calcula.
Retrocede un paso para tomar impulso.
Mi demonio está inquieto.
Camina los bordes de la habitación.
Mira rendijas de realidad.
Escucha rumores que no son palabras, sino vibraciones de un orden que está por romperse.
—Se están moviendo —dice una tarde, sin teatrales.
—¿Quiénes?
—Todos.
Eso es peor que nombrar a uno.
Mientras tanto, el demonio de mi hija —ese pequeño animal espiritual feroz— rodea la cuna invisible a ojos humanos pero evidente para mí. Es instinto puro. Protección que no negocia.
No sé qué será ella cuando crezca.
Sé que no será obediente al orden del mundo.
Y eso me enorgullece y me aterra al mismo tiempo.
Kram entra una noche.
No trae informes.
No trae guerra.
No trae política.
Trae peso.
Cierra la puerta.
Se sienta en el borde de la cama.
Se queda callado.
Yo lo miro.
—Decilo.
—Hay conversaciones —dice.
—Siempre las hay.
—No como estas.
Lo espero.
—Las Casas están en pánico. La oposición está excitada. La Legión quiere sangre.
Y el país… el país está tan cansado que está dispuesto a creer cualquier cosa.
Respira profundo.
—Van a convertir las elecciones en un juicio moral.
—¿Qué significa?
Me mira.
—Que no van a querer solo sacarme. Van a querer demostrar que nunca debiste existir.
Mi sangre se enfría.
—Y la bebé…
No termina.
No puede.
No hace falta.
Lo entendemos los dos.
La Casa de las Bestias toma su forma más verdadera.
Aparecen amenazas que no son amenazas.
Aparecen “preocupaciones institucionales”.
Aparecen “propuestas razonables de transición ordenada”.
Y por debajo, escrito con tinta que no mancha papeles pero mancha almas:
—Bájense.
—Retírense.
—Alejen a la bruja.
—Oculten a la niña.
O el país arderá.
Es chantaje disfrazado de responsabilidad.
Y Kram se levanta de la mesa de negociación.
No por orgullo.
Por dignidad.
Y eso los enfurece.
Porque el poder odia a los que no aceptan su contrato implícito.
Yo sostengo a mi hija.
Pequeña.
Tibia.
Respira contra mi pecho.
Ella no sabe nada.
No sabe que el país discute su existencia.
No sabe que hombres fuertes tiemblan por lo que puede ser.
No sabe que el mundo quiere moldearla antes de que pueda hablar.