La Casa de las Bestias

Capítulo 24

La noche se desploma.

No hay aviso, no hay presagio, no hay ritual previo.
No escucho el latido mágico, ni el rumor demoníaco, ni siquiera la intuición maternal que me salvó tantas veces.

Solo hay un segundo de rutina.
Y después, vacío.

Había cuatro capas de seguridad.

Cuatro.

Guardias entrenados.
Protocolos reforzados.
Runas selladas en las paredes.
Sensores espirituales.
Vigilancia demoníaca cruzada.

La bebé dormía en la habitación justo al lado de la mía.
Podía sentirla respirar a través de la pared.
Podía sentir su demonio ronroneando alrededor de su pequeña aura como animal salvaje en reposo.

Kram estaba revisando informes electorales en la sala estratégica pero yo lo veía, yo lo sentía, él estaba conmigo sin estarlo.
El país ardía.
Pero el corazón de él estaba en este pasillo.

Y entonces sucedió.

Y no fue un asalto brutal.

No fue un estallido.

Fue perfecto.

Fue quirúrgico.

Fue demasiado humano para ser demoníaco y demasiado preciso para ser improvisado.

Uno de los guardias parpadeó…y no volvió a abrir los ojos.

Otro dio un paso adelante…y no volvió a dar el siguiente.

Un susurro de magia muy antigua rodeó la habitación.

No magia como la mía.
No demoníaca.
No espiritual.

Magia de anulación.

Magia diseñada para neutralizar demonios.

Magia creada para robar aquello que no debería tocarse.

Y lo hace.

Y me la quita.

La primera señal no es el ruido.

Es el silencio.

Ese silencio imposible donde debería estar el llanto.
Ese vacío eléctrico que deja de respirar.

Mi cuerpo lo siente antes que mi mente.
El vientre que la cargó reconoce la ausencia física como una agresión directa.
Algo se rompe adentro.

La Atadura tira de mí como si quisiera arrancarme del mundo.

Me levanto sin pensar.

Camino.
No.
No camino.

Devoro distancia.

Abro la puerta.

No encuentro pasillo.

Encuentro infierno.

Guardias caídos.
No muertos.
Suspendidos.
Congelados en algo que no es sueño ni desmayo.
Cuerpos que respiran pero no están.

Y la puerta de mi hija…abierta.

Vacía.

Desnuda de ella.

Y el demonio de mi hija ya no está en la habitación.

Está en mí.

Gritando.

Y no grita con sonido.

Grita con universo.

Kram aparece como si lo hubieran desgarrado del tiempo.

No corre.
Aparece.

Respira mal.

Sus ojos buscan antes de mirar.
Su cuerpo sabe antes de entender.

Entra.
Ve.

Se queda quieto.

Y silencio.

Silencio absoluto.

Silencio asesino.

Yo no grito.

No puedo.

Si grito…se vuelve real.

Pero ya lo es.

Mi cuerpo tiembla.

—No… —susurro, porque es lo único que queda.

Y Kram cae de rodillas.

No como político.

Como padre.

Como hombre.

Como alguien a quien le arrancaron el alma sin anestesia.

—No —dice él. Es la misma palabra. Es el mismo dolor. Somos uno en la negación.

El demonio aparece detrás de nosotros.

No hace bromas.
No sonríe.
No se enrosca en elegante cinismo.

Está rígido.

—Lo hicieron —dice—. La Casa de las Bestias lo hizo.

No la oposición.
No la Legión.
No fanáticos.

Los que siempre son peor que los monstruos.

Los que creen que justifican sus crímenes con “orden”.

Kram cambia.

No enojado.

No histérico.

No violento.

Vacío.

Como si algo hubiera apagado el motor interno del hombre y hubiera quedado solo la máquina.

—¿Dónde? —pregunta.

El demonio mira hacia abajo.
No simbólico.
Literal.

—La llevaron al núcleo de Soebacam. A la sala que nadie admite que existe. A donde llevan lo que creen demasiado peligroso para el mundo.

—¿Qué quieren hacerle? —pregunto, y la palabra me quiebra.

El demonio respira.

—No matarla.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

—Quieren domar su demonio. Quieren romper lo que la hace indomable. Quieren sellarla.

Quieren domesticar a mi hija.

Quieren hacerla “segura”.

Quieren destruir lo que la hace ella.

Y eso es peor que matarla.

Porque es matar su alma.

Yo no soy calma.

No soy fría.

No soy estratégica.

Soy madre.

Me ardo desde los huesos.

Mi demonio vibra tan fuerte que el aire se deforma.
No amenaza.
Se prepara.

Kram me mira.

No como gobernante.
No como líder.

Como el hombre que sabe que si me pierde, si la pierde, si nos destrozan así no queda nada de él.

—No vas a ir sola —dice.

—No vas a tomar esto como política —respondo.

—No soy el Primer Ministro ahora.

—Bien —respondo—. Porque yo no soy el Enlace Espiritual ahora.

Nos miramos.

Y la decisión es mutua.

No se discute.

Nos vamos a la guerra.

Juntos.

La Casa de las Bestias no es una casa.

Nunca lo fue.

Es un organismo.

Vivo.

Respira en sus pasillos.
Late en sus cámaras.
Sus paredes contienen secretos.
Sus pisos recuerdan sangre.

Y hoy ruge.

Nos reciben no como líderes.

Nos reciben como amenazas.

Y mienten.

Ofrecen manos calmadas.
Hablan de diálogo.
Hablan de prudencia.

Yo no escucho.

El demonio de mi hija no me deja.

Lo siento como cuchillo de luz bajo mi piel.
Como animal golpeándose contra barras espirituales.
Como cosmos pequeño intentando no volverse miedo.

Mi hija tiene miedo.

Ella.
No el demonio.

Ella.

Mi bebé pequeña.

Mi vida.

Mi mundo.

Y ese llanto silencioso de ella adentro mío
me vuelve arma.

Nos llevan.



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En el texto hay: romance, terror, presidente

Editado: 03.01.2026

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