No hay día exacto en que todo cambia.
Las historias necesitan fechas, titulares, efemérides.
La vida no.
La vida se acomoda a golpes pequeños, grietas mínimas, decisiones silenciosas. Hasta que un día mirás alrededor y te das cuenta de que el mundo que estás pisando ya no es el mismo en el que aprendiste a tener miedo.
Pero si tengo que elegir un momento para decir “acá empezó el final”…es este: el día en que la Casa de las Bestias tuvo que admitir, por primera vez, que no controlaba nada.
La imagen se repite, una y otra vez, en mi cabeza y en los noticieros clandestinos que alguien filtró: mi hija, en mis brazos, con los ojos entreabiertos, con su demonio pequeño aferrado a su aura como un animal sagrado, y toda la sala del núcleo de Soebacam temblando.
Y no es temblor de explosión.
Es temblor de verdad.
De esa verdad que nadie quiere ver porque desordena demasiado: la vida no responde a las estructuras que la intentan domesticar.
Ni la vida de una bruja.
Ni de un país.
Ni de una niña recién nacida con un demonio propio.
No hubo juicio público.
No hubo condena formal.
No hubo confesiones espectaculares.
La Casa de las Bestias no juega así.
Se protegió como siempre: silencio, operaciones, distorsión.
Pero algo se quebró.
Lo vi en sus ojos en esa sala.
Esos hombres y mujeres que creyeron durante décadas que eran los guardianes del orden universal estaban parados frente a algo que no podían encuadrar. Algo que no pedía permiso. Algo que no podían reducir a expediente, ni expediente a pacto, ni pacto a obediencia.
Y ahí entendieron —aunque nunca vayan a admitirlo— que su reinado estaba terminado.
No por nosotros.
Por ella.
Por una bebé que no sabe hablar pero ya aprendió a respirar sin pedir permiso.
Los días siguientes fueron un caos ordenado.
Las versiones se multiplicaron.
Nadie contó la verdad completa.
Cada uno la cortó en la forma que le convenía.
Algunos dijeron que yo había perdido el control y casi destruyo el núcleo de seguridad espiritual del país.
Otros dijeron que Kram y yo habíamos protagonizado un auto-golpe místico.
Otros, que la Casa de las Bestias había intentado un sacrilegio con una menor.
Otros, que todo había sido un simulacro.
La Legión bramó.
Las Casas mintieron.
El país eligió aquello que menos le doliera.
Lo que nadie pudo borrar, por más que lo intentaron, fue el hecho central: alguien se atrevió a tocar a una niña, y la niña se defendió sola.
Y el poder tembló.
Vienen las elecciones.
No se pueden cancelar.
No sin incendiarlo todo.
No sin hacer explotar esa olla de resentimiento y cansancio que ya viene hirviendo hace años.
Kram sube al estrado la noche del último discurso.
No tiene maquillaje.
No tiene escenografía perfecta.
No tiene la postura exacta que siempre le entrenaron.
Tiene ojeras.
Tiene marcas.
Tiene la mirada de alguien que lo perdió todo por un instante, y todavía no terminó de calcular lo que le dolió recuperarlo.
Yo lo miro desde atrás del telón.
La bebé duerme en mis brazos con una tranquilidad que se siente casi ofensiva después de todo lo que pasamos. Su demonio es un bulto negro y rojo a la altura de su pecho, invisible para los humanos, nítido para mí. Respira al ritmo de ella.
Mi demonio está parado al lado mío, serio, como si estuviera por presenciar un parto histórico, no un acto de campaña.
—Hoy se acaba todo —dice—. Para bien o para mal.
—Nunca se acaba todo —respondo—. Siempre empieza otra cosa.
Sonríe apenas.
—Aprendiste demasiado.
—Y todavía no alcanza.
—Nunca alcanza —dice, casi con ternura.
Kram habla.
No hace promesas imposibles.
No recita el mismo libreto gastado.
No apela a “la grandeza de la nación”, “el orden institucional” ni “el progreso”.
Apela a otra cosa.
—Sé que están cansados —dice—. Yo también lo estoy.
La gente lo mira con un odio cansado, con una esperanza quebrada, con ese silencio colectivo que es más honesto que cualquier aplauso.
—Sé que creen que todos los que estuvimos acá arriba hicimos pactos a sus espaldas.
Muchos lo hicieron. Yo también, a veces, callé cuando tenía que romper.
La frase cae pesada.
No la justifico en mi cabeza.
La acepto.
—Sé que no creen en mí —continúa—. Y tienen derecho. Sé que algunos piensan que mi familia es una aberración. Que la mujer que amo no debería estar viva. Que la hija que tuvimos no debería haber nacido. Que el demonio que nos acompaña es símbolo de todo lo que está mal.
Su voz se quiebra un poco.
No lo oculta.
—Lo escuché. Lo leo. Lo sé.
Se detiene.
Inhala hondo.
La cámara se acerca.
—Pero les digo algo: si tienen que odiarme, ódienme a mí. Si tienen que castigar a alguien, castíguenme a mí. Si tienen que echar a alguien, échenme a mí. Pero no voy a volver a entregar a quienes amo en nombre de un orden que nunca fue tan puro como dice ser.
La plaza está muda.
No es discurso de manual.
Es confesión.
—No vine hoy a pedirles que me revaliden el cargo —dice—. Vengo a decirles que, pase lo que pase con estas elecciones, yo no voy a seguir gobernando como antes.
Se oyen murmullos.
—Si gano, voy a desmontar la Casa de las Bestias. Piedra por piedra. Secreto por secreto. No voy a ser su administradora. Voy a ser su sepulturero.
Silencio.
No de indiferencia.
De shock.
—Y si pierdo… —continúa—. Me voy a ir a mi casa con la mujer que elegí y la hija que quisieron usar como arma. Y voy a ser lo que el poder siempre me negó: un hombre digno.
Me busco con la mirada.
Me encuentra.
No hago gesto grandilocuente.
Solo sostengo a nuestra hija.
La luz nos toca a las dos.