La Casa de las Bestias… No sé en qué momento dejó de sonar como una máquina de guerra y empezó a parecerse más a un animal viejo que aprende, a la fuerza, a no morder a todo lo que se mueve. Hay grietas nuevas en los mármoles, manchas que ningún equipo de limpieza pudo borrar del todo, cicatrices en las paredes que cuentan mejor la historia que los libros de protocolo.
Por eso me gusta venir de noche.
Cuando todos duermen, o fingen dormir.
Cuando los pasillos se vacían de asesores y se llenan de eco.
Camino solo.
Bueno.
Solo no.
—Te estás poniendo nostálgico —dice una voz que no existe en el aire, pero existe en mí.
El demonio. Nuestro demonio. El viejo.
Sigue ahí. No con la misma intensidad que en los años del hambre máxima, pero igual de impertinente.
—Se llama balance —respondo en voz baja—. Es sano revisar el expediente del propio desastre cada tanto.
—Lo sano aburre —bosteza él—. Igual admito que hay cierto encanto en ver a un primer ministro caminar como fantasma en la casa que casi lo devora.
Sonrío, cansado.
—Ya no soy primer ministro —le recuerdo.
—Para la Casa lo vas a ser siempre —responde—. La gente pasa, el cargo se pudre, los títulos cambian. Pero el sabor de quien estuvo dispuesto a quemarlo todo por algo… eso no se olvida.
Me detengo frente a un ventanal que da al patio interno. Antes era un patio cerrado, reservado para reuniones que nunca aparecían en la agenda oficial. Hoy es un espacio público. Hay un mural enorme pintado en una de las paredes, iluminado por luces suaves.
No lo encaré yo. Fue iniciativa de ella.
Mi hija.
La pintura no es prolija. Tampoco lo intenta. Hay trazos gruesos, manchas de color, figuras humanas a medio definir. En el centro, una silueta pequeña, sin rostro, rodeada por una sombra que no aplasta: abraza.
A un costado, siete círculos, torcidos, abiertos, sin bordes precisos. Las Casas.
Y abajo, escrito con una letra que reconozco incluso a metros de distancia, una frase: LA VIDA NO PIDE PERMISO.
Cierro los ojos un segundo. El demonio ronronea.
—Qué criatura tan hermosa hicieron —comenta—. Aunque, siendo justos, el mérito es más suyo que tuyo. Vos habrías negociado su existencia con algún decreto.
—Callate —respondo, sin fuerza.
No lo digo en serio. Hace años que aprendí que a esta entidad no se la calla. Se la negocia. Como todo.
Como todos.
Han pasado doce años.
Doce.
Suena a cifra de calendario escolar. Doce ciclos de inscripciones, exámenes, discursos institucionales, elecciones, renuncias, escándalos, cables filtrados, portadas escandalosas y editoriales hipócritas hablando de “la salud de la república” mientras beben con quienes la enferman.
Pero cuando pienso “doce años” no veo eso.
Veo otra cosa.
Veo un cuerpo pequeñísimo sobre mi pecho, aquel primer llanto que rompió el mundo. Veo la primera vez que abrió los ojos y algo más —eso— nos miró a través de ellos. Veo la noche en que casi se la llevan para siempre, la sala de tortura elegante del núcleo de Soebacam, el brillo invisible que quiso separarla de su demonio, la cara de Syerra encendida de una furia que ni los viejos espíritus del Abismo estaban preparados para soportar.
Veo, sobre todo, el momento exacto en que la Casa de las Bestias se arrodilló. No por mí. No por Syerra. Por ella misma.
Por algo que no sabían nombrar y por eso intentaron dominar.
Y fallaron.
Ese fue el verdadero comienzo del final de la vieja época. No hubo titulación en los diarios. No hubo fecha patria. Nadie va a recitarlo en los actos escolares. Pero yo sé —porque estuve ahí— que la Historia cambió de eje en el instante mismo en que mi hija respiró y el poder descubrió que había nacido alguien que no le pedía autorización para existir.
Éramos tres en la sala. Cuatro, si contamos al demonio. Cinco, si contamos al país entero que tembló sin saber por qué.
Ahora la gente dice “los años del Reordenamiento” como si hubiera sido un proceso ordenado, racional, planeado en mesas de trabajo. Mienten. O se mienten. Lo que pasó se parece más a esa grieta que empieza en una esquina de la pared y de a poco se mete en todo.
El Reordenamiento no fue una ley. Fueron muchos actos mínimos, muchos “no” dichos en voz baja, muchas lealtades que cambiaron de dueño, muchos funcionarios que se fueron a casa “por razones personales” cuando en realidad no pudieron sostener la mirada de una niña que los veía de verdad.
Porque ella ve.
Desde siempre.
Incluso antes de saber leer, ya miraba a la gente con esa concentración incómoda que hace que los adultos sonrían de más. Como si sospecharan que la criatura está viendo algo que ellos no quieren recordar.
A veces me pregunto qué habría pasado si no la hubieran querido domar. Si hubiesen decidido abrazar el milagro en vez de tratarlo como explosivo.
La respuesta es simple.
La Casa habría caído igual.
Solo que más lento.
Doblo en el pasillo que conduce al antiguo núcleo. Hoy no tiene el mismo nombre. Lo rebautizaron —qué obsesión con rebautizarlo todo para fingir cambio— como Centro de Convergencia Espiritual y Tecnopolítica.
Una ridiculez brillante, típica de equipo de comunicación queriendo matar fantasmas a fuerza de siglas.
La sala subterránea donde intentaron separar a mi hija de su sombra ya no es un campo de anulación. Se desmanteló la estructura hace años, cuando el nuevo gobierno —no el mío, el siguiente— aprobó el Acuerdo de Integración Espiritual.
Sé, lo sé: suena a folleto de autoayuda estatal. Pero fue el primer documento oficial en reconocer que hay fuerzas que operan más allá de la voluntad de los partidos y que las personas enlazadas a esas fuerzas no son herramientas ni aberraciones: son sujetos. Ciudadanos.
No voy a mentir: yo mismo voté a favor con la mandíbula tensa. Parte de mí sigue viendo a los demonios como balas trazadoras. Otra parte, la que aprendió a dormir con uno respirando en la nuca, sabe que no hay vuelta atrás.