El sol de la tarde caía sobre Santiago de Cuba con un peso insoportable. El aire estaba cargado de humedad, y cada paso de Daniel resonaba en las calles empedradas del barrio Tivolí como si la ciudad misma lo estuviera observando. Habían pasado diez años desde que se marchó, pero nada parecía haber cambiado: las fachadas descascaradas, los balcones de hierro oxidado, los niños jugando descalzos en las aceras, y ese murmullo constante que mezclaba voces, motores y recuerdos. En su bolsillo llevaba la carta. El papel estaba amarillento, doblado tantas veces que las esquinas se habían desgastado. La frase escrita en tinta temblorosa lo había perseguido durante semanas: “La verdad está en la casa. No la ignores.” Daniel se detuvo frente al portón de hierro. La casona se alzaba como un gigante dormido, con ventanas cerradas que parecían párpados pesados. El silencio era absoluto. Ni un perro ladraba, ni una moto pasaba. El barrio entero parecía contener la respiración. —¿Volviste, muchacho? —una voz quebrada lo sacó de sus pensamientos. Era Don Ramón, el vecino de siempre, sentado en su mecedora bajo el portal. Sus ojos, hundidos por los años, lo miraban con una mezcla de lástima y advertencia. —No deberías estar aquí —añadió, casi en un susurro. Daniel no respondió. Empujó el portón, que se abrió con un chirrido metálico. El olor a humedad y madera podrida lo golpeó de inmediato. La casa parecía respirar, como si hubiera esperado su regreso. Dentro, el polvo cubría los muebles como una capa de olvido. Las paredes estaban manchadas por la humedad, y las cortinas, desgarradas, colgaban como jirones de sombras. Subió las escaleras lentamente. Cada peldaño crujía como si protestara. En el pasillo, un retrato antiguo lo observaba. Era un hombre de mirada dura, tan parecido a su padre que Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El cuadro estaba torcido, como si alguien lo hubiera movido recientemente. —Papá… —murmuró, aunque sabía que no recibiría respuesta. De repente, un golpe seco resonó en el piso superior. Daniel se quedó inmóvil. El eco bajó por las escaleras como un susurro. Respiró hondo y avanzó. La primera puerta estaba cerrada. La giró lentamente y entró en lo que parecía ser un dormitorio. La cama estaba cubierta por una sábana amarillenta, y sobre la mesa de noche había un cuaderno. Lo abrió: las páginas estaban en blanco, excepto la última, donde alguien había escrito con tinta roja: “No confíes en las voces. No todas son tuyas.” El corazón de Daniel latía con fuerza. Cerró el cuaderno y lo dejó en su lugar. Al girar hacia la puerta, la vio cerrarse sola con un golpe que lo hizo retroceder. —¿Quién está ahí? —gritó, pero solo el silencio respondió. El aire se volvió más frío. Un murmullo comenzó a llenar la habitación, como si decenas de voces hablaran al mismo tiempo. Daniel retrocedió hasta la pared, buscando una salida. El murmullo se transformó en un susurro claro, repetido una y otra vez: —Daniel… Daniel… Daniel… La luz de la lámpara parpadeó. El espejo del armario reflejó su rostro, pero detrás de él apareció otra figura: un hombre pálido, con ojos hundidos y una sonrisa torcida. Daniel giró de inmediato, pero no había nadie. El espejo se quebró en mil pedazos sin que nadie lo tocara. Cada fragmento reflejaba una escena distinta: un niño llorando, una mujer gritando, un hombre arrodillado. Daniel cerró los ojos, intentando escapar de la visión, pero las imágenes seguían allí, grabadas en su mente. Corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. El pasillo estaba vacío, pero el murmullo lo seguía. Bajó las escaleras apresurado, con la sensación de que alguien lo perseguía. Al llegar al vestíbulo, el portón estaba abierto. Afuera, Don Ramón seguía en su mecedora, mirándolo fijamente. —Te lo dije, muchacho —dijo con voz grave—. Esa casa no olvida. Daniel salió, respirando el aire húmedo de la calle. Pero sabía que no podía escapar. La carta seguía en su bolsillo, y la casa lo había reclamado.
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