La Casa de las Sombras en Santiago

Capítulo 2 – La carta

El amanecer en Santiago llegó con un cielo grisáceo, cargado de humedad. Daniel despertó en la casona con la sensación de que alguien lo había estado observando toda la noche. El silencio era tan denso que parecía un peso sobre su pecho. Se levantó y caminó hacia el comedor. Sobre la mesa, el cuaderno que había encontrado la noche anterior seguía allí, abierto en la última página. La frase escrita en tinta roja parecía más intensa que antes: “No confíes en las voces. No todas son tuyas.” Daniel lo cerró con brusquedad, pero al hacerlo, un sobre cayó al suelo. Lo recogió. Era una carta distinta, más antigua, con el papel amarillento y el sello roto. La abrió con manos temblorosas. “Daniel, si lees esto, significa que la casa te ha reclamado. No ignores las señales. Lo que aquí se oculta pertenece a nuestra sangre. Tu padre intentó escapar, pero las sombras no perdonan. Tú eres el último en la línea. Decide si enfrentarás la verdad o si dejarás que ella te consuma.” El corazón de Daniel latía con fuerza. La letra era la misma que en la primera carta que había recibido semanas atrás. —¿Quién me está escribiendo? —murmuró, aunque sabía que no habría respuesta. De repente, un golpe seco resonó en el pasillo. Daniel se levantó de inmediato y caminó hacia la fuente del ruido. La puerta del estudio estaba entreabierta. Empujó lentamente y entró. El estudio estaba lleno de polvo, con estantes repletos de libros viejos. En el centro, un escritorio cubierto de papeles. Entre ellos, encontró otra carta, más reciente, escrita con tinta negra: “No mires atrás. Las voces mienten. La verdad está en el sótano.” Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El sótano. Siempre había evitado ese lugar cuando era niño. Recordaba que su padre le prohibía bajar, diciendo que allí no había nada más que trastos viejos. Mientras sostenía la carta, escuchó un murmullo detrás de él. Giró rápidamente, pero no había nadie. El murmullo se transformó en un susurro claro: —Daniel… no bajes… El aire se volvió más frío. La lámpara del escritorio parpadeó. Daniel retrocedió, pero sus ojos se fijaron en un libro abierto sobre la mesa. Era un diario. Las páginas estaban llenas de anotaciones en letra temblorosa. “Las voces me siguen. No sé si son reales o si están dentro de mi cabeza. La casa exige algo. No puedo escapar. Mi hijo debe saberlo algún día.” Daniel cerró el diario con fuerza. La referencia a “mi hijo” lo golpeó como un puñetazo. ¿Era su padre quien había escrito aquello? El murmullo volvió, más intenso. Esta vez parecía provenir de todas partes. Daniel salió del estudio apresurado y bajó las escaleras. El vestíbulo estaba oscuro, aunque era pleno día. Al abrir el portón, vio a Don Ramón nuevamente en su mecedora. El anciano lo miró con ojos cansados. —¿Encontraste la carta? —preguntó con voz grave. Daniel se quedó helado. —¿Cómo lo sabe? —Todos lo sabemos, muchacho. Esa casa guarda secretos que no deberían salir. Tu padre intentó, pero fracasó. Ahora te toca a ti. Daniel retrocedió, confundido. El anciano lo miraba con una mezcla de compasión y miedo. —No bajes al sótano —añadió, casi en un susurro—. Si lo haces, ya no habrá vuelta atrás. El portón se cerró de golpe detrás de Daniel. El aire se volvió pesado. La carta seguía en su mano, ardiendo como si tuviera vida propia. Subió nuevamente las escaleras, decidido a enfrentar lo que la casa le estaba mostrando. En el pasillo, las puertas se cerraron una a una, como si alguien invisible las empujara. El murmullo se transformó en un grito: —¡Daniel! Se detuvo frente a la puerta del sótano. La carta en su mano parecía empujarlo hacia allí. El pomo estaba frío, casi helado. Respiró hondo y murmuró: —Si la verdad está en el sótano… entonces allí iré. Giró el pomo lentamente. La puerta se abrió con un chirrido que resonó en toda la casa. El aire que salió de allí era más frío que la noche. Daniel bajó el primer peldaño. El sótano lo esperaba.




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