La Casa de las Sombras en Santiago

Capítulo 3 – Voces en la oscuridad

La noche cayó sobre Santiago con un silencio extraño. Afuera, la ciudad seguía viva: motores, risas, música que se filtraba desde alguna esquina. Pero dentro de la casona, todo era distinto. El aire estaba pesado, como si las paredes respiraran. Daniel intentó dormir en el viejo dormitorio, pero apenas cerró los ojos, los susurros comenzaron. Al principio eran leves, como el viento colándose por las rendijas. Luego se hicieron más claros, más insistentes. —Daniel… —murmuraban. —Daniel… ven… Se levantó de golpe, con el corazón latiendo como un tambor. Caminó hacia el pasillo, donde la penumbra parecía más densa que nunca. Las puertas estaban cerradas, pero detrás de ellas se escuchaban pasos, como si alguien caminara lentamente de un lado a otro. —¿Quién está ahí? —preguntó con voz temblorosa. El silencio respondió. Avanzó hacia la escalera. El crujido de la madera bajo sus pies se mezclaba con un murmullo que parecía provenir del sótano. El recuerdo de la carta lo golpeó: “La verdad está en el sótano.” Respiró hondo y bajó un peldaño. El aire se volvió más frío. El murmullo se transformó en voces múltiples, solapadas, como si decenas de personas hablaran al mismo tiempo. —No bajes… —dijo una voz clara, femenina, justo detrás de él. Daniel giró de inmediato. No había nadie. El pasillo estaba vacío. El miedo lo paralizó, pero la curiosidad lo empujó hacia adelante. Bajó otro peldaño. La oscuridad del sótano lo envolvía. El murmullo se intensificó. De pronto, una carcajada resonó en la penumbra. Era una risa seca, cruel, que lo hizo retroceder. Subió de nuevo los escalones apresurado y cerró la puerta de golpe. El vestíbulo estaba en silencio, pero el aire seguía pesado. Caminó hacia la sala principal. Allí, sobre la mesa, encontró otra carta. El sobre estaba abierto, y dentro había una hoja escrita con tinta negra: “No escuches lo que no entiendes. La casa habla, pero no siempre dice la verdad. Si quieres respuestas, busca en el espejo.” Daniel miró alrededor. El único espejo estaba en el pasillo, el mismo que se había roto la noche anterior. Se acercó lentamente. Los fragmentos seguían en el suelo, reflejando pedazos de su rostro. Al inclinarse, vio algo distinto. En uno de los fragmentos, su reflejo no estaba solo. Detrás de él, una figura oscura lo observaba. —¿Quién eres? —preguntó, con voz quebrada. El fragmento vibró y se quebró en dos. El murmullo volvió, más intenso. —Daniel… —susurraron las voces—. La sangre llama… Retrocedió, tropezando con la mesa. El diario que había encontrado en el estudio cayó al suelo, abierto en una página distinta. Las palabras parecían escritas con desesperación: “Las voces me dicen que no estoy solo. Me llaman por mi nombre. Me muestran cosas que no quiero ver. La casa exige. La casa recuerda.” Daniel cerró el diario con brusquedad. El miedo lo consumía, pero sabía que debía seguir. La casa lo estaba guiando hacia algo, aunque no entendía qué. De repente, un golpe seco resonó en la puerta principal. Corrió hacia ella y la abrió. Afuera, Don Ramón estaba de pie, mirándolo con ojos cansados. —¿Escuchaste las voces? —preguntó el anciano. Daniel asintió, temblando. —No son tuyas, muchacho. Son de los que vinieron antes. La casa guarda sus nombres, sus gritos, sus secretos. Y ahora… también guarda el tuyo. El anciano se alejó lentamente, perdiéndose en la penumbra de la calle. Daniel cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. El murmullo seguía, más fuerte que nunca.




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