La Casa de las Sombras en Santiago

Capítulo 4 – El espejo roto

La madrugada en la casona fue un tormento. Daniel apenas había dormido, acosado por los susurros que se filtraban en cada rincón. Al levantarse, la penumbra del pasillo lo recibió como un abrazo helado. El espejo antiguo del armario, aquel que había visto quebrarse en fragmentos la noche anterior, seguía allí. Pero ahora estaba intacto, como si nada hubiera ocurrido. Daniel se acercó lentamente, con el corazón latiendo en su pecho como un tambor. Su reflejo lo miraba, cansado, con ojeras profundas. Pero detrás de él, en el cristal, apareció otra figura: un hombre pálido, con ojos hundidos y una sonrisa torcida. —¿Quién eres? —preguntó Daniel, con voz quebrada. El reflejo no respondió. La figura se acercó más, hasta quedar justo detrás de él. Daniel giró de inmediato, pero el pasillo estaba vacío. Cuando volvió a mirar el espejo, el cristal se quebró en mil pedazos sin que nadie lo tocara. Cada fragmento reflejaba una escena distinta: un niño llorando en un rincón, una mujer gritando con desesperación, un hombre arrodillado frente a un altar improvisado. Daniel retrocedió, tropezando con la pared. El murmullo volvió, más intenso que nunca. —Daniel… —susurraron las voces—. La sangre llama… Daniel cerró los ojos, intentando escapar de las visiones. Pero las imágenes seguían allí, grabadas en su mente. De repente, escuchó pasos en el pasillo. Abrió los ojos y vio a una mujer joven, vestida con ropa antigua, mirándolo fijamente. Su rostro estaba pálido, y sus ojos reflejaban un dolor indescriptible. —No debiste volver —dijo con voz suave, casi un susurro. —¿Quién eres? —preguntó Daniel, temblando. —Soy lo que la casa recuerda. La mujer desapareció de inmediato, como si nunca hubiera estado allí. El aire se volvió más frío. Daniel respiró hondo y caminó hacia la sala principal. Allí, sobre la mesa, encontró otro fragmento del espejo. Lo levantó con cuidado. En el cristal, vio a su padre, sentado en el mismo comedor, escribiendo en un diario. Su rostro estaba cansado, marcado por el miedo. —Papá… —murmuró Daniel. El reflejo levantó la vista y lo miró directamente. —No confíes en las voces —dijo con voz grave—. No todas son tuyas. El fragmento cayó de sus manos y se quebró en el suelo. Daniel retrocedió, con el corazón latiendo con fuerza. El murmullo volvió, más intenso que nunca. Las voces repetían su nombre una y otra vez, como un coro macabro. Daniel salió apresurado de la sala y abrió el portón. Afuera, Don Ramón estaba de pie, mirándolo con ojos cansados. —¿Viste el espejo? —preguntó el anciano. Daniel asintió, temblando. —El espejo muestra lo que la casa guarda. No son recuerdos, son advertencias. Si sigues, muchacho, ya no habrá vuelta atrás. El anciano se alejó lentamente, perdiéndose en la penumbra de la calle. Daniel cerró el portón y apoyó la espalda contra él. El murmullo seguía, más fuerte que nunca. Sabía que no podía escapar. La casa lo había reclamado.




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