El sol de la tarde iluminaba tenuemente las fachadas del barrio Tivolí. Daniel salió de la casona buscando aire, intentando escapar de los susurros que lo acosaban dentro. El calor era sofocante, pero afuera se sentía menos pesado que en el interior de la casa. Al cruzar la calle, una voz femenina lo detuvo. —Muchacho… —dijo una anciana desde el portal de una casa vecina. Era Doña Mercedes, una mujer de cabello blanco y mirada penetrante. Sus ojos parecían conocer más de lo que decía. —¿Usted me conoce? —preguntó Daniel, sorprendido. —Claro que sí. Te recuerdo de niño, cuando tu padre aún vivía aquí. Siempre te decía que no entraras al sótano. ¿Verdad? Daniel asintió, con un nudo en la garganta. —¿Qué sabe de esa casa? La anciana lo miró fijamente. —Esa casa no olvida. Lo que se enterró allí, sigue vivo. El silencio se hizo pesado. Daniel intentó sonreír, pero la expresión de la mujer lo detuvo. —¿Qué quiere decir con eso? —Que tu padre no fue el primero en escuchar las voces. Antes de él, otros también lo intentaron. La casa guarda secretos que no deben salir. Daniel retrocedió, confundido. —¿Por qué nadie me dijo nada? —Porque nadie quiere hablar de lo que ocurrió allí. Los que lo hicieron… ya no están. La anciana bajó la mirada y murmuró: —Si decides quedarte, muchacho, recuerda que la casa exige. Y lo que exige… no siempre se puede dar. Daniel regresó a la casona con el corazón latiendo con fuerza. Al entrar, el aire se volvió más frío. El murmullo volvió, más intenso que nunca. En el comedor, encontró otra carta sobre la mesa. El sobre estaba abierto, y dentro había una hoja escrita con tinta negra: “No escuches a los vivos. Ellos no saben. Escucha a las sombras. Ellas recuerdan.” Daniel cerró la carta con brusquedad. El miedo lo consumía, pero sabía que debía seguir. La casa lo estaba guiando hacia algo, aunque no entendía qué. De repente, escuchó pasos en el pasillo. Corrió hacia allí y vio a la misma mujer joven que había aparecido en el espejo. Su rostro estaba pálido, y sus ojos reflejaban un dolor indescriptible. —No debiste volver —dijo con voz suave. —¿Quién eres? —preguntó Daniel, temblando. —Soy lo que la casa recuerda. La mujer desapareció de inmediato, como si nunca hubiera estado allí. El aire se volvió más frío. Daniel respiró hondo y caminó hacia el sótano. El pomo estaba helado. Giró lentamente y bajó el primer peldaño. El murmullo se transformó en voces múltiples, solapadas, como si decenas de personas hablaran al mismo tiempo. —Daniel… —susurraron las voces—. La sangre llama… Daniel cerró los ojos, intentando escapar de las visiones. Pero las imágenes seguían allí, grabadas en su mente. Sabía que no podía escapar. La casa lo había reclamado.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.