La tarde cayó sobre Santiago con un cielo plomizo. Dentro de la casona, el aire estaba más pesado que nunca. Daniel recorría los pasillos con la sensación de que cada sombra lo seguía. El murmullo no cesaba, y cada vez parecía más cercano. En el estudio, entre los estantes polvorientos, encontró un cajón entreabierto. Lo abrió con cuidado y allí estaba: un diario viejo, con las páginas manchadas de humedad y la cubierta desgastada. Lo tomó con manos temblorosas y lo llevó al comedor. Al abrirlo, las primeras páginas estaban llenas de anotaciones cotidianas: fechas, nombres, cuentas. Pero a medida que avanzaba, la escritura se volvía más errática, más desesperada. “Las voces me siguen. No sé si son reales o si están dentro de mi cabeza. La casa exige algo. No puedo escapar. Mi hijo debe saberlo algún día.” Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La referencia a “mi hijo” lo golpeó como un puñetazo. ¿Era su padre quien había escrito aquello? Siguió leyendo. Las páginas hablaban de rituales, de símbolos grabados en las paredes del sótano, de voces que exigían sangre. El diario mencionaba su apellido. La sangre de los Rosario estaba ligada a la casa. De repente, escuchó un golpe seco en el pasillo. Cerró el diario y corrió hacia la fuente del ruido. La puerta del dormitorio estaba abierta. Dentro, la mujer joven que había visto en el espejo lo miraba fijamente. —No debiste leerlo —dijo con voz suave, casi un susurro. —¿Quién eres? —preguntó Daniel, temblando. —Soy lo que la casa recuerda. La mujer desapareció de inmediato, como si nunca hubiera estado allí. El aire se volvió más frío. Daniel respiró hondo y regresó al comedor. Abrió nuevamente el diario. Las últimas páginas estaban escritas con tinta roja, como si la desesperación hubiera consumido al autor. “La casa exige un sacrificio. No sé si podré hacerlo. Si no lo hago, las voces no callarán. Mi hijo debe decidir. Él es el último.” Daniel cerró el diario con brusquedad. El miedo lo consumía, pero sabía que debía seguir. La casa lo estaba guiando hacia algo, aunque no entendía qué. De repente, escuchó pasos en el pasillo. Corrió hacia allí y vio a Don Ramón, el vecino, mirándolo con ojos cansados. —¿Encontraste el diario? —preguntó el anciano. Daniel asintió, temblando. —Entonces ya sabes. Tu padre intentó, pero fracasó. Ahora te toca a ti. El anciano se alejó lentamente, perdiéndose en la penumbra de la calle. Daniel cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. El murmullo seguía, más fuerte que nunca. Sabía que no podía escapar. La casa lo había reclamado.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.