La Casa de las Sombras en Santiago

Capítulo 8 – La noche interminable

La tormenta llegó a Santiago con furia. Los relámpagos iluminaban la ciudad como cuchilladas de luz, y los truenos hacían temblar las ventanas de la casona. Daniel se encontraba en el vestíbulo, mirando cómo la lluvia golpeaba los cristales con violencia. El murmullo de la casa se mezclaba con el rugido del cielo, creando una sinfonía de miedo. El aire estaba cargado de electricidad. Cada sombra parecía moverse por sí sola, cada rincón parecía esconder un secreto. Daniel respiró hondo, intentando mantener la calma. Pero las voces no cesaban. —Daniel… —susurraban—. La sangre llama… Subió las escaleras apresurado, buscando refugio en el dormitorio. Pero al entrar, la lámpara parpadeó y se apagó. La oscuridad lo envolvió. El murmullo se transformó en gritos. —¡Daniel! ¡Daniel! Cubrió sus oídos con las manos, pero las voces seguían allí, dentro de su cabeza. Corrió hacia el pasillo, donde un relámpago iluminó el espejo roto. En los fragmentos, vio escenas distintas: hombres encapuchados realizando rituales, mujeres llorando, niños escondidos en rincones oscuros. De repente, escuchó pasos detrás de él. Giró rápidamente y vio a su padre, o lo que quedaba de él. Su rostro estaba pálido, sus ojos hundidos, su voz quebrada. —No debiste volver, hijo. La casa no perdona. Daniel retrocedió, temblando. —¿Qué quieres de mí? —La casa exige. Y tú eres el último. El relámpago iluminó el pasillo, y su padre desapareció de inmediato. El aire se volvió más frío. Daniel respiró hondo y bajó las escaleras. En el comedor, el diario seguía abierto en la última página. Las palabras escritas con tinta roja parecían más intensas que antes: “La casa exige un sacrificio. Si no lo haces, las voces no callarán.” Daniel cerró el diario con brusquedad. El miedo lo consumía, pero sabía que debía seguir. La casa lo estaba guiando hacia algo, aunque no entendía qué. De repente, escuchó un golpe seco en la puerta principal. Corrió hacia ella y la abrió. Afuera, Don Ramón estaba de pie, empapado por la lluvia, mirándolo con ojos cansados. —La noche interminable ha comenzado —dijo con voz grave—. Si no decides ahora, la casa decidirá por ti. Daniel retrocedió, confundido. El anciano lo miraba con una mezcla de compasión y miedo. —¿Qué debo hacer? —preguntó Daniel. —Escucha a las sombras. Ellas saben lo que la casa exige. El anciano se alejó lentamente, perdiéndose en la penumbra de la tormenta. Daniel cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. El murmullo seguía, más fuerte que nunca. Sabía que no podía escapar. La casa lo había reclamado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.