La Casa de las Sombras en Santiago

Capítulo 9 – El sacrificio

La tormenta no había cesado. La lluvia golpeaba los cristales con furia, y los relámpagos iluminaban la casona como si quisieran revelar sus secretos. Daniel bajó lentamente hacia el sótano, con el diario de su padre aún en la mano. Cada peldaño crujía bajo sus pies, y el aire se volvía más frío a medida que descendía.

El sótano estaba oscuro, apenas iluminado por la luz de un relámpago que se filtraba por una rendija. En las paredes, símbolos extraños estaban grabados, algunos con marcas recientes, como si alguien los hubiera trazado no hacía mucho. Daniel se acercó y pasó la mano sobre ellos. El frío del cemento le heló la piel.

El murmullo volvió, más intenso que nunca. Las voces repetían su nombre una y otra vez, como un coro macabro. —Daniel… —susurraron—. La sangre llama…

En el centro del sótano había un altar improvisado: velas apagadas, restos de ceniza, y un cuchillo oxidado. Daniel lo tomó con manos temblorosas. El diario hablaba de sacrificios, de sangre ofrecida para calmar a las sombras.

De repente, escuchó pasos detrás de él. Giró rápidamente y vio a su padre, o lo que quedaba de él. Su rostro estaba pálido, sus ojos hundidos, su voz quebrada. —No debiste volver, hijo. La casa exige.

Daniel retrocedió, temblando. —¿Qué quieres de mí? —La casa no perdona. Si no das lo que pide, las voces no callarán.

El relámpago iluminó el sótano, y su padre desapareció de inmediato. El aire se volvió más frío. Daniel respiró hondo y miró el cuchillo en sus manos.

El murmullo se transformó en gritos. Las voces exigían, clamaban, pedían. —¡Daniel! ¡Daniel! ¡El sacrificio!

Daniel cerró los ojos, intentando escapar de las visiones. Pero las imágenes seguían allí, grabadas en su mente: hombres encapuchados realizando rituales, mujeres llorando, niños escondidos en rincones oscuros.

De repente, escuchó un golpe seco en la puerta del sótano. Corrió hacia ella y la abrió. Afuera, Don Ramón estaba de pie, empapado por la lluvia, mirándolo con ojos cansados. —La casa exige, muchacho —dijo con voz grave—. Si no decides ahora, ella decidirá por ti.

Daniel retrocedió, confundido. El anciano lo miraba con una mezcla de compasión y miedo. —¿Qué debo hacer? —preguntó Daniel. —Escucha a las sombras. Ellas saben lo que la casa pide.

El anciano se alejó lentamente, perdiéndose en la penumbra de la tormenta. Daniel cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. El murmullo seguía, más fuerte que nunca.

Sabía que no podía escapar. La casa lo había reclamado. Y ahora exigía un sacrificio.




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