La casona quedó en silencio tras aquella última noche. La tormenta se disipó con el amanecer, pero el aire seguía cargado de un peso invisible. Las paredes, ennegrecidas por la humedad, parecían guardar un secreto que nadie se atrevía a nombrar.
Los vecinos del Tivolí observaron desde lejos. Nadie volvió a entrar. Algunos decían que Daniel había desaparecido, otros aseguraban que aún se escuchaban sus pasos dentro, como si siguiera recorriendo los pasillos en busca de respuestas.
Doña Mercedes, la anciana del portal, murmuraba a quien quisiera escucharla: —Las casas recuerdan. Y esta… nunca olvida.
Con el tiempo, la casona se convirtió en un lugar prohibido. Los niños evitaban jugar cerca, los adultos cruzaban la calle para no pasar frente a su portón oxidado. Sin embargo, en las noches más silenciosas, cuando la ciudad dormía, se escuchaban voces. Voces que llamaban a Daniel, voces que repetían su nombre como un eco interminable.
Algunos juraban haber visto una figura en las ventanas: un hombre joven, con mirada perdida, observando la calle como si buscara escapar. Otros aseguraban que era el padre, atrapado en la penumbra, esperando el sacrificio que nunca llegó.
La verdad se volvió leyenda. La casa dejó de ser solo un edificio viejo; se convirtió en un símbolo del miedo, un recordatorio de que las sombras no desaparecen, solo cambian de lugar.
Y así, en Santiago de Cuba, se repite una frase entre quienes aún recuerdan: Las sombras no solo habitan la casa… también viven en quien la recuerda.
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Editado: 07.05.2026