La Casa de los Susurros

Un aliado inesperado

Simón despertó con la boca seca y la sensación de no haber descansado en absoluto, aunque las horas hubieran pasado. La luz que se filtraba por la cortina era gris, indecisa, como si el sol de Valdemar tampoco terminara nunca de decidirse a salir del todo. Se quedó un momento mirando el techo, repasando los fragmentos del sueño que aún se le pegaban a la memoria: una voz de mujer joven, una promesa, un nombre que debía recordar y que ahora, despierto, no lograba reconstruir por más que lo intentara.

Bajó a desayunar sin muchas ganas. Elías no estaba tras el mostrador; en su lugar, una mujer de mediana edad servía café a los pocos huéspedes de la posada, que Simón sospechaba eran en realidad viajantes de paso, gente que no conocía la historia del pueblo ni tenía intención de quedarse a averiguarla. Comió en silencio, con la libreta abierta junto al plato, releyendo las notas de la noche anterior. Compañía. La casa quiere compañía. Voces que no mienten. El nombre no se repite.

Salió a la calle con la intención de despejarse antes de decidir su próximo movimiento, pero apenas había dado una docena de pasos cuando la vio. La misma mujer joven del día anterior, la del cabello oscuro y los ojos claros, estaba de pie frente a la fachada de una casa estrecha, dos calles más allá de la plaza, con un cesto de mimbre apoyado en la cadera. Esta vez no apartó la mirada ni desapareció entre las callejuelas. Se quedó allí, observándolo con la misma atención serena del día anterior, como si lo hubiera estado esperando.

Simón dudó un instante. Todo en Valdemar le había enseñado a esperar rechazo, silencio, puertas cerradas. Pero algo en la postura de aquella mujer —los hombros rectos, la barbilla ligeramente alzada— le dijo que esta vez sería distinto. Cruzó la calle despacio, sin prisa, como quien se acerca a un animal que podría espantarse con un movimiento brusco.

—Buenos días —dijo, deteniéndose a una distancia prudente—. Nos hemos cruzado un par de veces ya. Me llamo Simón.

—Lo sé —respondió ella, sin rodeos—. Todo el pueblo sabe quién es usted. Un forastero que no lo es del todo resulta más interesante que uno cualquiera.

Había algo en su voz que no se parecía al resto de las voces que había escuchado en Valdemar: firme, serena, sin mostrar miedo ni esa prisa por terminar la conversación que tenían todos los demás. Estaba cansada, pero de un cansancio distinto, profundo, como si llevara mucho tiempo cargando algo que nadie más quería sostener con ella.

—Ayer, junto a la tienda del molino —dijo Simón—, usted me miró de un modo distinto a los demás. No con miedo.

Ella casi sonrió, aunque el gesto se le quedó a medio camino.

—El miedo se aprende, señor Vargas. Yo lo aprendí hace mucho, y de una forma distinta a la de mis vecinos. Ellos temen lo que no entienden. Yo temo lo que sí entiendo.

—¿Puedo preguntarle su nombre?

—Lucía —dijo ella—. Lucía Reyes. Mi abuela es Herminia, la mujer que le cerró la puerta en la cara el primer día que preguntó por Samuel Ortega.

El corazón le dio un vuelco.

—Entonces usted sabe por qué estoy aquí.

—Sé más de lo que debería —respondió Lucía, bajando la voz, aunque la calle estaba vacía a esa hora—. Y llevo dos días preguntándome si debía acercarme a decírselo, o si era mejor dejar que usted mismo se estrellara contra el silencio de este pueblo, como todos los demás. —Hizo una pausa, mirando hacia ambos lados, como si temiera que alguien más pudiera escucharla—. Al final decidí que no. Usted merece saber, aunque solo sea una parte.

—¿Por qué yo?

—Porque usted ya recibió las cartas —dijo ella, y la afirmación cayó sobre Simón como un balde de agua fría—. Y porque conoció a Samuel. Eso lo hace distinto a los curiosos que a veces llegan buscando historias de pueblo embrujado para sus revistas. Usted tiene algo que perder.

Simón la observó, incapaz de disimular la sorpresa.

—¿Cómo sabe lo de las cartas?

Lucía dudó, y el miedo se le marcó por fin en el rostro.

—Porque yo escribí una de ellas —dijo finalmente—. No la primera. La segunda, la que encontró bajo la puerta de su habitación. Necesitaba que supiera que alguien en este pueblo todavía tiene algo de conciencia.

El aire pareció detenerse entre ambos. Simón abrió la boca para preguntar, para exigir una explicación, pero Lucía levantó una mano, pidiéndole paciencia.

—Aquí no —dijo, mirando de nuevo hacia las ventanas cercanas, algunas con cortinas que se movían de un modo que no podía atribuirse solo al viento—. Las paredes de Valdemar tienen memoria, señor Vargas, y no toda esa memoria es benévola. Venga a mi casa esta tarde, cuando caiga el sol. Le contaré lo que pueda, aunque le advierto que no todo lo que sé tiene sentido, ni siquiera para mí.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó con el cesto de mimbre balanceándose contra su cadera, dejando a Simón de pie en mitad de la calle, con más preguntas de las que había tenido esa misma mañana.

La casa de Lucía estaba al final de una calle empedrada que Simón no recordaba de su infancia, escondida tras un muro bajo de piedra cubierto de musgo. Cuando llegó, el sol ya se hundía detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo que apenas lograba filtrarse entre la niebla. Ella lo esperaba en la puerta, con un chal sobre los hombros. Era el mismo que había visto la noche anterior bajo la farola apagada frente a la posada. Simón lo reconoció y no dijo nada.

—Entre —dijo simplemente, apartándose para dejarlo pasar.

El interior de la casa olía a hierbas secas y a cera de vela, un aroma que a Simón le recordó, sin saber bien por qué, al interior de una iglesia abandonada. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con frascos de cristal, algunos con etiquetas escritas a mano, otros vacíos, cubiertos de polvo. Sobre una mesa baja, junto a la ventana, había un pequeño altar sencillo: una vela consumida, un rosario de madera oscura y, apoyado contra la pared, un espejo cubierto con un paño negro. Simón se detuvo un instante frente a él, sin poder evitar preguntarse por qué alguien cubriría un espejo en su propia casa, pero no dijo nada. En un rincón, sentada en una mecedora, una anciana de rostro surcado por arrugas profundas los observó entrar sin decir palabra. Era Herminia.




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