Lucía lo condujo por un pasillo estrecho hasta la parte trasera de la casa, donde una puerta de madera daba a un patio pequeño, casi devorado por la maleza. Al fondo, medio oculto entre unos arbustos secos, había un cobertizo de piedra que parecía más viejo que la propia vivienda, como si hubiera existido allí desde mucho antes de que se construyera la casa a su alrededor.
—Aquí guardaba mi abuelo las herramientas, antes de morir —explicó Lucía, sacando una llave oxidada de un bolsillo interior de su vestido—. Nadie más entra aquí. Ni siquiera mi madre, cuando viene de visita.
La cerradura protestó con un chirrido seco antes de ceder. Dentro, el aire olía a tierra fría y a metal oxidado. Lucía encendió una lámpara de aceite que colgaba de un clavo junto a la entrada, y su luz débil reveló un espacio reducido, apenas más grande que una habitación, con estantes vacíos a los lados y, en el centro, una caja de madera cubierta con una lona.
—Samuel me pidió que la escondiera bien —dijo Lucía, apartando la lona con cuidado, casi con reverencia—. Dijo que si alguna vez alguien venía a preguntar por él, que le entregara esto solamente si esa persona ya había leído las cartas. Usted las leyó.
Simón se arrodilló junto a la caja. Las manos le temblaban de un modo que ya no podía disimular ni ante sí mismo. La abrió despacio. Dentro había un cuaderno de tapas gastadas, una pequeña grabadora de casete anticuada, un mapa dibujado a mano y, envuelto en un pañuelo, un objeto pequeño y pesado que Simón no pudo identificar de inmediato entre las sombras del cobertizo.
Simón abrió la primera página. La letra de Samuel, apretada y nerviosa, muy distinta de la caligrafía relajada que recordaba de la infancia, cubría cada centímetro del papel, como si el propio autor hubiera temido dejar espacios en blanco.
Día 1. Llegué a Valdemar hace tres días. Nadie quiere hablar de los Ordaz, pero todos saben algo. He empezado a anotar cada conversación, todo gesto y hasta los silencios más largos. Si algún día alguien lee esto, que sepa que no vine aqui por morbo. Vine porque hace un mes empecé a soñar con una niña que me llamaba por mi nombre, y en el sueño yo sabía, sin poder explicar de dónde venía esa seguridad, que ella estaba en esta casa, esperándome desde antes de que yo naciera.
El aire del cobertizo se volvió más denso, como si las palabras mismas alteraran la temperatura del ambiente. Pasó varias páginas, leyendo fragmentos sueltos: anotaciones apresuradas sobre símbolos, el reloj detenido en las tres y trece, voces que Samuel juraba haber escuchado incluso antes de acercarse al bosque.
Día 9. Hoy hablé con la anciana Herminia. Me contó lo de Tobías. Empiezo a entender que esto no es solo una casa embrujada, es algo mucho más antiguo, algo que la familia intentó contener y que se les escapó de las manos. El fuego no fue un accidente. Fue un intento desesperado de sellar lo que habían dejado entrar.
Día 14. Entré al bosque por primera vez hoy. No llegué hasta la casa, me detuve antes, en la verja. Pero la sentí. Sentí que algo, desde el otro lado de esos árboles, notó que yo estaba ahí. No puedo explicarlo mejor que así: es como si la casa hubiera abierto los ojos.
Simón levantó la vista hacia Lucía, incapaz de seguir leyendo por un momento.
—¿Usted sabía todo esto?
—Sabía que estaba asustado —respondió ella—. No sabía hasta qué punto.
Simón volvió a las páginas, avanzando ahora más rápido.
Día 22. Volví a entrar. Esta vez crucé la verja. La casa está peor de lo que imaginaba, pero también más intacta de lo que debería, como si algo dentro se ocupara de conservarla. Encontré una habitación con un altar. No me atreví a tocar nada. Salí antes de que oscureciera del todo, aunque juraría que la oscuridad, esta vez, llegó antes de lo que debía.
Día 30. Hoy escuché su voz con total claridad, no como un susurro entre el viento. Dijo mi nombre. Dijo que me había estado esperando. No sé cómo explicar el terror y, al mismo tiempo, la extraña ternura con que lo dijo. Como si de verdad me hubiera echado de menos.
La última entrada del cuaderno estaba fechada apenas dos días antes de la desaparición oficial de Samuel, según las fechas que Simón recordaba de los reportes que había investigado antes de viajar a Valdemar.
Última entrada. Voy a entrar de nuevo mañana, esta vez con la intención de quedarme el tiempo que haga falta para entenderlo todo. Si algo me pasa, quiero que quien encuentre esto sepa que no fue un accidente ni una locura repentina. Fue una decisión. Hay algo en esa casa que necesita ser escuchado, y creo, Dios me perdone si me equivoco, que solo alguien dispuesto a escuchar de verdad puede liberarlo. Si Simón alguna vez lee esto: perdóname por no haberte llamado antes. Y no vengas. Pero sé que vendrás de todos modos, porque los dos siempre fuimos igual de tercos. Cuando entres, recuerda esto: no repitas tu nombre en voz alta más de lo necesario, y no le prometas nada a nadie, aunque parezca inofensivo. Las promesas, en esa casa, se cumplen siempre. Solo que nunca del modo en que uno las hizo.
Simón cerró el cuaderno con manos temblorosas. Durante un largo momento no pudo decir nada. El peso de aquellas palabras se le instaló en el pecho como una piedra fría.
—Hay más —dijo Lucía, señalando la grabadora—. Nunca me atreví a escucharla completa.
Simón la tomó, notando que las pilas todavía parecían tener carga. Presionó el botón de reproducción. Tras unos segundos de estática, la voz de Samuel llenó el pequeño cobertizo, más grave de lo que Simón recordaba, cargada de un cansancio que no correspondía a un hombre de su edad.
"Esto es una grabación de respaldo, por si el cuaderno se pierde o se moja. Estoy en la biblioteca de la casa. Son las... no sé qué hora es, el reloj de aquí no sirve de referencia. Encontré un libro, un tratado, algo sobre... espera."