La Casa de los Susurros

La casa de los susurros

El aire frente a la puerta tenía una densidad casi tangible, como si respirarlo fuera atravesar una cortina hecha de tiempo y polvo. Simón se quedó unos segundos en el umbral, con la linterna apuntando al interior. La luz tembló, apenas venciendo la oscuridad que parecía viva. Ya estoy dentro, pensó. Y no hay regreso.

El suelo crujió bajo sus botas cuando dio el primer paso. El olor era penetrante —madera vieja, humedad, hierro oxidado. En el aire flotaba un rastro dulzón que recordaba a flores marchitas. El silencio era tan profundo que el menor ruido parecía un estallido. El haz de luz reveló un pasillo estrecho, cubierto de telarañas densas. En las paredes, el papel se había desprendido, dejando ver manchas de moho donde el tiempo había dibujado rostros difusos.

La casa entera daba la sensación de estar respirando. A cada paso, el aire cambiaba de temperatura, como si tuviera su propio pulso. Simón avanzó despacio; su linterna iluminó un espejo inclinado contra la pared. El cristal estaba cubierto por una capa de polvo, pero aún reflejaba algo más que su silueta… detrás de él, una sombra se deslizaba con suavidad, cruzando el corredor.

Dio media vuelta. Solo quedaba el silencio, tan pesado que las partículas de aire parecían contener palabras que aún no se atrevían a pronunciarse.

Sacó el mapa de Samuel de la mochila, desdoblándolo con manos temblorosas. Comparó el trazo apretado con lo que veía ante él: el vestíbulo coincidía exactamente con lo dibujado, incluso el ángulo de la escalera al fondo. Sintió un extraño consuelo al comprobar que su amigo había estado allí, caminando por ese mismo suelo, respirando ese mismo aire cargado. Y al mismo tiempo, ese consuelo se convirtió de inmediato en otra cosa, más fría: si el mapa era exacto, entonces también lo eran las advertencias escritas en los márgenes.

A su izquierda, la puerta del salón principal se mantenía entreabierta. Empujó apenas con la mano y el sonido de las bisagras oxidándose le arrancó un escalofrío. La luz reveló una gran estancia cubierta por lonas grises, muebles antiguos y un enorme reloj detenido a las tres y trece. Hora extraña, pensó, mientras anotaba en su libreta el detalle, recordando que Samuel había escrito exactamente lo mismo en su cuaderno, semanas atrás, con la misma incredulidad.

El techo tenía grietas por las que se filtraba la lluvia seca de años. Cada gota era un sonido distinto en medio del silencio, golpeando el suelo con un compás irregular. Avanzó hasta una chimenea ennegrecida. Sobre la repisa encontró marcos vacíos —solo algunos conservaban fragmentos de retratos: rostros a medio borrar, ojos sin pupilas, gestos sin edad.

Se agachó para examinar una fotografía semiquemada que había caído al suelo. En ella, reconoció la figura de una niña de cabello oscuro. Su rostro estaba intacto, pero los bordes de la imagen estaban devorados por el fuego. Los ojos de la niña parecían seguirlo. Elena, pensó, recordando el nombre que Samuel había escrito junto al símbolo en espiral. Por fin tenía un rostro para acompañar ese nombre, y descubrió que conocerlo no aliviaba en nada el miedo. Lo agravaba.

De pronto, un sonido leve, casi un suspiro, atravesó la habitación. Provenía del pasillo. Era un susurro, leve, insistente, que apenas pronunciaba una palabra.

Su nombre.

—Simón…

El corazón le golpeó el pecho. Giró la linterna hacia el corredor, pero el haz solo captó polvo suspendido y sombras que se movían lentas. En las paredes, el papel mojado se hinchaba formando burbujas que parecían palpitar.

—Debe haber aire entrando —murmuró para sí, aunque su voz sonó quebrada—. Viejos conductos, eso es todo.

La casa respondió con un crujido que no tenía nada de corriente. Era como un tono grave, profundo, el sonido del mismo suelo que protestaba por su presencia.

Avanzó hasta el fondo del salón y abrió una puerta lateral que daba al comedor. El mobiliario seguía en pie, aunque cubierto por polvo y telarañas. Las sillas, dispuestas alrededor de la mesa, mantenían una disposición exacta, como si los comensales se hubieran levantado un instante antes. Sobre la mesa había platos aún con restos petrificados y copas de cristal cubiertas de una fina capa negra.

Simón se detuvo a observar una figura en la pared. Era un cuadro grande, de marco dorado, y mostraba una escena familiar —un hombre, una mujer joven y una niña. Los tres tenían el mismo gesto quieto, pero los ojos estaban vacíos, borrados por el paso del tiempo o por algo más. Abajo, se alcanzaba a leer un nombre apenas visible: Familia Ordaz, 1896. Buscó con la mirada un cuarto rostro, el de un niño pequeño, pero no lo encontró en ningún retrato. Tobías, pensó, no merecía siquiera un lugar en la pared de su propia casa.

—Así que existieron —susurró Simón.

Un movimiento abrupto lo hizo girar. Algo cayó detrás de él, rompió el silencio y le hizo dar un salto. La copa en la mesa había vibrado sola, como si una mano invisible la hubiera rozado.

Respiró hondo.

—Estoy dejando que el miedo escriba por mí —dijo en voz baja, intentando mantener el control—. Pero esto... esto no está en mi cabeza.

Decidido a continuar, abrió una puerta más pequeña al fondo del comedor. Daba a una escalera que descendía. El aire allí era frío y húmedo. Cada peldaño crujía como si protestara. La linterna parpadeó tres veces antes de estabilizarse. Recordó la advertencia escrita en el mapa de Samuel: no bajar sin motivo. Algo vive en el sótano y no es lo mismo que vive en el resto de la casa. Se detuvo un instante con el pie suspendido sobre el primer escalón, sopesando la posibilidad de retroceder. Pero necesitaba respuestas, y las respuestas, presentía, no estaban en el piso de arriba.

El sótano estaba lleno de cajas y muebles viejos. El polvo lo cubría todo, y el olor a moho era casi insoportable. La luz rozó una estantería con libros antiguos. Al acercarse, vio que muchos estaban destruidos, pero otros permanecían intactos. Eran volúmenes en latín, algunos con símbolos desconocidos en las tapas. Entre ellos, una caja de madera sobresalía.




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