Simón se quedó de pie en medio de la habitación de Elena durante un largo rato, incapaz de moverse, con la nota nueva —Ya estás dentro— todavía temblando entre sus dedos. El silencio que siguió no se parecía a los anteriores. No era la ausencia de sonido, sino una especie de pausa deliberada, como si la casa entera hubiera contenido la respiración para observar qué haría él a continuación.
Guardó la nota junto al cuaderno de Samuel y respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos. El mapa de su amigo, extendido sobre sus rodillas cuando se sentó un momento en el borde de la cama con dosel, mostraba con claridad el vestíbulo, el salón, el comedor, la biblioteca, el sótano y aquella misma habitación donde se encontraba. Pero al examinarlo con más cuidado, bajo la luz temblorosa de la linterna, notó algo que no había advertido antes: en una esquina del papel, casi borrada por los dobleces, había una línea punteada que ascendía desde el pasillo hasta un punto marcado con un signo de interrogación. Junto a ella, la letra apretada de Samuel había escrito apenas tres palabras: no encontré esto.
Simón se levantó, con el corazón latiendo de un modo que ya no podía atribuir solo al miedo. Si Samuel no había encontrado esa parte de la casa, entonces existía algo que ni siquiera su amigo, con todas sus semanas de investigación obsesiva, había logrado ver. La idea debería haberlo asustado más de lo que lo hizo. En cambio, sintió el tirón familiar de la curiosidad, esa misma fuerza que lo había llevado hasta Valdemar, ahora mezclada con algo más oscuro: la necesidad de terminar lo que Samuel había empezado, de no dejar ningún rincón sin nombrar.
Salió al pasillo con la linterna en alto. Los retratos pequeños seguían allí, inmóviles, observándolo desde sus marcos resquebrajados. Caminó hasta el final del corredor, donde una pared cubierta de papel descolorido parecía cerrar el paso. Según el mapa de Samuel, ese debía ser el límite de la casa por ese lado. Pero la línea punteada continuaba más allá del papel, como si atravesara la pared misma.
Simón pasó la mano por la superficie. Bajo sus dedos notó las ondulaciones de la humedad, hasta que dio con algo distinto: un rectángulo apenas perceptible, los bordes demasiado rectos para ser obra del deterioro natural. Empujó, y el papel cedió con un crujido seco, revelando una puerta estrecha, pintada del mismo color que la pared, diseñada para pasar inadvertida. No tenía picaporte, solo una pequeña argolla de hierro oxidado.
Tiró de ella. La puerta se abrió con un chirrido prolongado, dejando ver una escalera angosta que ascendía hacia la oscuridad, mucho más empinada que la principal, como si hubiera sido construida para otro propósito, uno que no incluía visitas frecuentes.
El aire que descendió desde arriba era distinto al del resto de la casa: frío y quieto, cargado de un olor que Simón tardó un momento en identificar. Cera vieja. Papel quemado. Y, debajo de todo eso, algo dulzón y desagradable que prefirió no nombrar todavía.
Subió despacio, contando los peldaños sin proponérselo, como si necesitara aferrarse a algo tan simple como los números para no perder del todo el control. Doce, trece, catorce. La escalera terminaba en una puerta baja, de madera oscura, sin nada que la distinguiera. Empujó, y esta cedió sin resistencia, como si hubiera estado esperando que alguien, finalmente, la abriera.
El ático era más amplio de lo que la fachada de la casa sugería, un espacio bajo el techo inclinado, iluminado apenas por una claraboya cubierta de mugre por la que se filtraba una luz gris, casi líquida. A diferencia del resto de la casa, aquí no había muebles cubiertos con lonas ni retratos familiares. Había, en cambio, hileras de cajas de madera, baúles cerrados con candados oxidados, y contra la pared del fondo, una cama pequeña, con sábanas deshechas, como si alguien la hubiera abandonado a media noche sin volver jamás a arreglarla.
Simón avanzó con la linterna temblando en su mano. Sobre la cama, un nombre estaba grabado en el cabecero de madera, tallado con la torpeza de una mano infantil: Tobías.
El corazón le dio un vuelco. La habitación de Tobías. El hermano que Lucía había mencionado, el niño que había muerto antes del incendio, de una enfermedad que nadie supo nombrar bien. Pero si había muerto, ¿por qué la cama parecía deshecha con la urgencia de alguien que se había levantado de golpe, en mitad de la noche, sin intención de volver?
Se acercó a uno de los baúles y forzó el candado oxidado con la misma herramienta que había usado en la biblioteca. El metal cedió con un chasquido seco. Dentro encontró ropa infantil, cuidadosamente doblada, y sobre ella, un cuaderno de dibujo con las tapas gastadas por el uso. Lo abrió con manos temblorosas.
Antes de llegar a las páginas centrales, algo cayó al suelo desde entre las hojas: una fotografía pequeña, en blanco y negro, con los bordes carcomidos. Simón la recogió. Mostraba a dos niños sentados en el jardín de la casa, cuando el jardín todavía tenía flores y no huesos entre la hierba. Uno de ellos era, sin duda, Elena, sonriendo con la inocencia genuina de quien todavía no ha aprendido lo que su familia estaba dispuesta a hacer. El otro, más pequeño, tenía una mirada distinta, más seria, casi cautelosa, como si incluso entonces algo en él presintiera lo que vendría.
Las primeras páginas mostraban dibujos sencillos pero alegres: un perro, una casa con chimenea humeante, dos figuras tomadas de la mano bajo un sol con rayos desiguales, etiquetadas con letras infantiles: Tobías y Elena. Pero a medida que avanzaba en las páginas, los dibujos empezaron a cambiar. El sol desaparecía. La casa se volvía más oscura, con ventanas rellenas de garabatos negros. Y entre las páginas finales, Simón encontró algo que le provocó un escalofrío: el dibujo de un círculo con símbolos entrelazados, idéntico al que había visto grabado en la piedra de la entrada, y junto a él, una figura pequeña tendida en el suelo, rodeada de líneas rojas que salían de su cuerpo como rayos.