Simón no recordaba haber vuelto a la habitación de Elena, pero cuando la sombra y los susurros se disiparon, se encontró de nuevo allí, sentado en el suelo junto al escritorio, con el diario de tapas desgastadas abierto sobre las rodillas. Quizás la casa lo había llevado de regreso sin que él lo notara, o quizás simplemente había perdido, otra vez, la noción exacta de sus propios movimientos. Ya no le sorprendía. Se estaba acostumbrando, con un temor que lo avergonzaba un poco, a la idea de que su voluntad y la de la casa empezaban a mezclarse de formas que no siempre lograba distinguir.
La primera vez que había hojeado el diario, semanas atrás en su percepción del tiempo dentro de esas paredes, solo había leído fragmentos sueltos, frases descosidas del resto: El ritual debe repetirse. Las voces no callan. Ahora, con la linterna apoyada contra la pared para ahorrar batería y las manos ya curtidas por el miedo, decidió leerlo completo, de principio a fin, sin saltarse ninguna página. Si iba a entender lo que había ocurrido en esa casa, necesitaba conocer a la mujer que había escrito aquellas palabras, no solo sus fragmentos más aterradores.
En la primera página, con una letra cuidada y redonda, muy distinta a los trazos frenéticos de las últimas anotaciones, estaba escrito un nombre: Constanza Ordaz, y debajo, una fecha de casi cuarenta años atrás.
Hoy comienzo este cuaderno porque Anselmo dice que una casa como la nuestra merece que alguien lleve memoria de lo que ocurre entre sus paredes. Yo prefiero pensar que lo llevo por mí misma, para no olvidar jamás lo felices que somos hoy, en caso de que algún día la vida decida ser menos generosa.
Simón sintió una punzada extraña al leer esas primeras líneas, tan ajenas al resto de lo que había encontrado en la casa. Constanza escribía sobre las flores del jardín, las risas de Elena —que todavía era una niña pequeña— y las primeras palabras de Tobías, nacido dos años después de su hermana, un bebé de mejillas redondas que Constanza describía con un cariño tan sencillo que costaba creer que aquellas páginas pertenecieran a la misma casa que ahora respiraba con un hambre que no conocía la ternura.
Pasó varias entradas felices, banales, casi aburridas en su normalidad: cumpleaños, cosechas, una visita del cura del pueblo, un invierno particularmente crudo que Anselmo pasó reparando el tejado con sus propias manos. Y entonces, a mitad del cuaderno, el tono comenzó a cambiar, tan gradualmente que Simón tuvo que retroceder un par de páginas para notar exactamente dónde había empezado la fisura.
Tobías ha estado enfermo desde hace tres semanas. El doctor del pueblo vino dos veces y ambas se marchó sin decirnos nada útil, solo palabras vagas sobre fiebres y sobre esperar. Anselmo no duerme. Se sienta junto a la cama del niño toda la noche, y cuando yo intento acompañarlo, me pide que descanse, que él puede solo. Nunca lo había visto así. Ni siquiera cuando enterramos a su padre.
El doctor ya no viene. Dice que ha hecho todo lo que la medicina permite, y que ahora solo queda rezar. Anselmo dejó de rezar hace una semana. En cambio, ha empezado a escribir cartas, muchas cartas, a hombres cuyos nombres nunca había escuchado antes, en ciudades que ni siquiera sabía que existían en nuestro país. No me deja leerlas.
Simón pasó la página. El aire de la habitación se volvía más frío a cada línea, como si la propia casa quisiera acompañarlo en la lectura, recordando junto a él.
Llegó un paquete hoy, envuelto en tela oscura, sin remitente visible. Anselmo lo abrió en su estudio y cerró la puerta con llave, algo que jamás había hecho antes en esta casa. Cuando finalmente salió, tenía los ojos enrojecidos, pero no de tristeza. Había algo más ahí, algo parecido a la esperanza, aunque de un tipo que no reconocí y que, si soy honesta conmigo misma en estas páginas que nadie más leerá, me dio más miedo que la propia enfermedad de nuestro hijo.
Le pregunté qué era el libro. Me dijo que era la única posibilidad que le quedaba. Que un hombre en la capital le había asegurado que existían formas antiguas de sanar lo que la medicina moderna ya había declarado perdido. Le supliqué que quemara ese libro. Se negó. Dijo que yo no entendía lo que significaba perder a un hijo mientras todavía había algo, cualquier cosa, que se pudiera intentar. No supe qué responderle, porque en el fondo, Dios me perdone, yo también hubiera intentado cualquier cosa.
El hombre de la capital vino a visitarnos una semana después, aunque Anselmo se negó a decirme su nombre completo, solo que se hacía llamar el Bibliotecario, con una mayúscula que se notaba incluso en su forma de pronunciarlo. Era un hombre delgado, de manos largas y ojos demasiado quietos para resultar cómodos. Se quedó encerrado con Anselmo en el estudio durante horas, y cuando se marchó, dejó tras de sí un olor extraño, a hierbas quemadas, que tardó días en desaparecer de la casa. Nunca volví a verlo, pero desde entonces, cada carta que Anselmo recibía llevaba el mismo sello, un círculo con líneas entrelazadas, idéntico al que ahora Anselmo dibujaba en las paredes del sótano.
Las siguientes páginas se volvían cortas y apresuradas, como si Constanza ya no tuviera tiempo o ganas de escribir con calma.
Anselmo empezó a dibujar símbolos en el suelo del sótano. Dice que necesita un lugar apartado, silencioso, donde nadie pueda interrumpir la concentración necesaria. Yo lo observo desde la escalera, sin bajar del todo, sin poder tampoco alejarme. Elena pregunta constantemente por qué su padre pasa tanto tiempo abajo. Le digo que está trabajando en algo importante para curar a su hermano. No sé si le miento a ella o a mí misma.
Esta noche, Anselmo me pidió que bajara con él. Dijo que necesitaba mi voz, que el ritual requería la voz de la madre, unida a la del padre, para que la ofrenda tuviera algún valor. No entendí bien sus palabras, pero bajé. Tobías dormía en nuestros brazos, liviano y pálido, hasta el punto de que parecía no pesar sobre el aire. Cantamos algo que Anselmo había memorizado de aquel libro, en un idioma que no reconocí, y durante un instante, solo un instante, sentí que algo respondía desde algún lugar que no era este mundo.