La Casa de los Susurros

El bucle

Simón despertó con la mejilla pegada al suelo de madera, la boca seca y un dolor sordo palpitándole en la nuca, exactamente donde había sentido el roce helado de aquella voz. Por un instante, antes incluso de abrir los ojos del todo, sintió un alivio absurdo, casi risueño: había sido un sueño. Todo, desde la niña hasta el diario de Constanza, desde el ático hasta la voz susurrándole al oído, no había sido más que la consecuencia de demasiadas horas sin dormir en un lugar cargado de historias siniestras.

Abrió los ojos. El salón principal lo recibió tal como lo recordaba: las lonas grises sobre los muebles, la chimenea apagada, el polvo suspendido en el aire como si el tiempo mismo hubiera decidido ralentizarse solo en ese cuarto. Se incorporó con dificultad, cada músculo protestando, y buscó su reloj de pulsera, ese gesto mecánico de cualquier persona que despierta desorientada.

Las manecillas marcaban las tres y trece.

Una risa nerviosa le subió por la garganta. Coincidencia, se dijo. Su propio reloj, sincronizado sin querer con el de la casa durante tantas horas de vigilia. Se puso de pie, recogió la linterna, y caminó hacia la puerta principal con una determinación que no sentía del todo genuina, más bien fabricada a la fuerza para no derrumbarse.

La puerta cedió al primer tirón.

El corazón le dio un vuelco de una esperanza tan pura que casi dolía. Cruzó el umbral, sintiendo el aire fresco de la madrugada llenarle los pulmones, y por un segundo, solo un segundo, creyó que todo había terminado. El cielo estaba gris, cargado de nubes bajas, y el sendero hacia el bosque se extendía frente a él, tan concreto y tan normal que hubiera podido llorar de gratitud.

Caminó. Los pasos lo alejaban de la casa y, a medida que avanzaba, sentía que recuperaba un poco de la cordura que había ido perdiendo entre esas paredes. Llegó hasta la verja oxidada, la misma que había cedido bajo su peso al entrar, y la cruzó sin mirar atrás, temiendo que, si se detenía a comprobar que la casa seguía allí, algo lo obligaría a regresar.

El bosque se abrió ante él, los árboles inclinados formando el mismo túnel natural que recordaba de su llegada. Avanzó con paso firme, contando los minutos, calculando cuánto faltaría para llegar al pueblo, ver a Lucía, contarle que había sobrevivido, que Samuel, aunque la verdad fuera terrible, por fin tendría un final para su historia.

Entonces, el camino terminó.

No en una bifurcación, ni en un obstáculo. Simplemente, los árboles que se abrían frente a él se convirtieron, sin transición perceptible, en la verja oxidada. La misma verja. El mismo ángulo de luz gris filtrándose entre las ramas. Simón se detuvo, el corazón martilleándole el pecho con una violencia que ya no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.

—No —dijo en voz alta, como si pronunciarlo pudiera deshacer lo que estaba viendo—. No, esto no puede...

Miró hacia atrás. El sendero por el que acababa de caminar durante lo que le habían parecido veinte minutos completos se perdía entre la niebla, pero al final de esa niebla, inconfundible, se alzaba la silueta de la casa. La misma casa. El mismo tejado hundido en la esquina.

Consultó su reloj con manos que ya temblaban sin control.

Las tres y trece.

Algo helado le recorrió la espalda, más frío que cualquier corriente que hubiera sentido dentro de la casa. Volvió a caminar, esta vez corriendo, alejándose de la verja con la respiración entrecortada, decidido a no mirar atrás bajo ninguna circunstancia, a no permitir que su propia mente le jugara una mala pasada. Contó sus pasos en voz alta, un método desesperado para anclarse a algo mensurable, a algo que la casa no pudiera torcer.

Uno, dos, tres. Cincuenta. Cien. Doscientos.

Al llegar a doscientos, se atrevió a levantar la vista.

La verja estaba frente a él.

Un sollozo se le escapó, seco y desesperado, mientras caía de rodillas sobre las hojas húmedas del sendero. No era posible. Había corrido en línea recta, se había obligado a no desviarse ni un centímetro, y sin embargo, allí estaba de nuevo, frente a la misma entrada oxidada, con la misma casa aguardándolo detrás de la niebla, paciente como siempre, como si el bosque entero no fuera más que una extensión de sus paredes, un pasillo disfrazado de árboles que solo conducía de vuelta al mismo punto.

Se levantó, temblando, y decidió intentar algo distinto. En lugar de avanzar hacia el pueblo, giró en dirección contraria, internándose deliberadamente en la parte más espesa del bosque, alejándose tanto del sendero conocido como de la casa misma, razonando que, si todo lo que estaba ocurriendo era una trampa diseñada para devolverlo siempre al mismo lugar por el camino esperado, quizás rompiendo el patrón lograría escapar de su lógica.

Caminó durante lo que le pareció una hora entera, abriéndose paso entre matorrales que le arañaban los brazos, resbalando en el barro, sujetándose de troncos húmedos para no caer. El bosque se volvía cada vez más denso y oscuro, y por un momento sintió una euforia extraña, la sensación de estar realmente avanzando hacia algún lugar nuevo, hacia algo que la casa no había previsto.

Entonces los árboles se abrieron, y frente a él apareció la verja oxidada.

Simón no gritó. Ya no le quedaban fuerzas ni siquiera para eso. Se quedó de pie, inmóvil, mirando aquella estructura de hierro con una especie de rendición silenciosa, mientras la niebla amarilla que había visto una vez desde el umbral de la casa comenzaba a filtrarse entre los troncos más lejanos, como si el propio bosque respirara al mismo compás que la casa.

—Ya te lo dije —susurró una voz infantil, tan cerca de su oído que sintió el aliento frío contra la piel—. No hay salida. Solo hay entrada.

Giró la cabeza, pero no había nadie. Solo el eco de la voz, disolviéndose entre las hojas.

Antes de rendirse del todo, lo intentó una vez más, esta vez con un método distinto: cerró los ojos y caminó a ciegas, confiando únicamente en el tacto de sus manos extendidas y en el sonido de sus propios pasos sobre las hojas secas, razonando que si la casa manipulaba lo que él veía, quizás privarse de la vista rompería el hechizo. Avanzó así durante lo que le pareció un tiempo insoportablemente largo, tropezando, arañándose las manos contra ramas invisibles, sintiendo el frío húmedo calarle hasta los huesos.




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