Simón subió el primer tramo de escaleras con la linterna temblando en su mano, todavía aturdido por la comprobación de que el reloj del salón había avanzado, apenas un grado, pero avanzado al fin. Falta Samuel, había dicho la niña. Falta que sepas lo que realmente le ocurrió. Cada peldaño le costaba un esfuerzo que no correspondía solo al cansancio físico, sino a algo más profundo, la sensación de que subir aquellas escaleras era también descender hacia una parte de la verdad que ya no podría deshacer una vez conocida.
El aire en la casa se volvió más pesado, casi líquido, a medida que ascendía. El fuego de la chimenea, muy abajo, se extinguió lentamente, dejando un resplandor débil que apenas alcanzaba a trepar por el hueco de la escalera. Simón se detuvo un instante, apoyado contra la barandilla, escuchando su propia respiración como el único sonido en aquel silencio insoportable.
De pronto, algo cambió en la penumbra del pasillo superior. Una luz tenue, rojiza, apareció al final del corredor. Era un destello intermitente, como el latido de un corazón.
Simón se incorporó, atraído y aterrado a partes iguales, y avanzó hacia la luz con la linterna en alto. El haz osciló entre polvo y sombras, hasta que finalmente la vio.
Una figura infantil se delineó entre la penumbra. Era la misma niña del retrato de la familia. Su piel pálida contrastaba con los cabellos oscuros, y el mismo vestido blanco, aunque deteriorado, conservaba una pureza inquietante. Alzó la cabeza lentamente, y sus ojos, dos brasas encendidas, se fijaron en él. Su sonrisa era tan serena que dolía mirarla.
—Te he estado esperando —dijo con voz suave.
Simón sintió cómo el corazón le martillaba el pecho.
—Nos conocemos, Elena. Sé quién eres. También conozco la historia de Tobías, de tu madre y del ritual.
Algo cruzó el rostro de la niña, una sombra de sorpresa que no logró disimular del todo.
—Sabes fragmentos —respondió—. No es lo mismo saber que entender.
—Entonces ayúdame a entender —dijo Simón, sin apartar la linterna de ella, aunque su voz ya no sonaba tan firme como hubiera querido—. El reloj se movió. Dijiste que faltaba Samuel. ¿Dónde está?
Ella dio un paso, el movimiento silencioso, como si no tocara el suelo.
—Más cerca de lo que crees. Y más lejos de lo que esperas.
—No tengo tiempo para acertijos —dijo él, aunque en aquella casa, comprendió con amargura, el tiempo era exactamente lo único que sobraba, plegado sobre sí mismo una y otra vez.
—El tiempo no termina aquí —contestó ella—. Todo se repite. Siempre. Por eso a veces confundo los nombres, Simón. Y por eso, cuando cierro los ojos, a veces ya no sé si hablo contigo o con alguien que vino antes.
Algo distinto a todos los sustos anteriores le recorrió el cuerpo, algo que no nacía del miedo sino de una comprensión incómoda.
—¿A qué te refieres?
Ella cerró los ojos, y el aire tembló. Su voz se volvió doble, como si otras voces la acompañaran desde algún punto detrás de la suya propia.
—Una noche, el viento entró como ahora. Mamá rezaba, papá gritaba mi nombre. Alguien jugaba con el fuego del salón, un muchacho que ayudaba en la casa, que dormía en el cuarto junto al establo. Yo reí. La risa fue lo último que escucharon antes del incendio. Dijeron que el cuerpo ya no estaba cuando apagaron las llamas. Pero seguí aquí. Siempre aquí. Esperando.
—Ese muchacho —dijo Simón, con la garganta seca—. ¿Cómo se llamaba?
La niña abrió los ojos, y por primera vez desde que Simón la conocía, pareció genuinamente confundida, como si buscara algo en su propia memoria que ya no lograba sostener con claridad.
—Samuel —dijo al fin, casi en un susurro—. Se llamaba Samuel.
El nombre cayó entre ellos como una piedra en un pozo sin fondo. El suelo bajo los pies de Simón pareció perder toda solidez, como si la coincidencia, si es que podía llamarse así, fuera en realidad una grieta por la que se filtraba algo mucho más grande que él mismo.
—Eso es imposible —dijo, retrocediendo un paso—. Mi Samuel, el que busco, nació hace treinta y dos años. No pudo haber estado aquí hace un siglo.
—No sé de fechas —respondió ella, con una tristeza que ya no fingía—. Solo sé de nombres, y los nombres, en esta casa, regresan. Se prestan. A veces no sé bien a quién pertenecen cuando los pronuncio. Puede que tu amigo cargue, sin saberlo, con algo de aquel muchacho. Puede que la casa lo eligiera precisamente por eso, porque su nombre ya tenía una puerta abierta en este lugar antes de que él naciera siquiera.
Simón se pasó la mano por el rostro. La cabeza le daba vueltas. Quiso creer que todo era solo otra manipulación, otro juego cruel diseñado para desorientarlo, pero algo en el tono quebrado de la niña, en esa confusión genuina que ya no parecía capaz de controlar, le decía que ella misma sufría con esa mezcla de recuerdos tanto como él.
—¿Cómo puedo saber si esto que dices es cierto? —preguntó, aunque en el fondo ya intuía que la pregunta carecía de sentido dentro de aquellas paredes—. ¿Cómo puedo confiar en algo de lo que dices, si ni tú misma pareces segura de dónde termina tu recuerdo y empieza el mío?
—No puedes —respondió ella, con una honestidad que lo desarmó más que cualquier amenaza—. Esa es la parte más cruel de todo esto, Simón. Ni yo puedo ya. Llevo tanto tiempo aquí que las voces de los que entraron se me han ido pegando, como el polvo se pega a la ropa vieja. A veces sueño con vidas que no son la mía. Otras despierto, si es que a esto se le puede llamar despertar, hablando en un idioma que juraría no haber aprendido nunca.
Una compasión inesperada se le abrió paso a Simón entre el miedo, una compasión que no sabía si debía permitirse.
—Eso también es una forma de morir —dijo, casi sin pensarlo—. Perder los propios recuerdos, aunque el cuerpo, o lo que quede de él, siga aquí.
—Sí —dijo ella, y por primera vez, una lágrima de un rojo tenue resbaló por su mejilla pálida—. Necesito que alguien recuerde por mí lo que yo ya no puedo sostener sola. Te elegí a ti, pero también a Samuel y, antes de él, a otros cuyos nombres ya ni siquiera puedo pronunciar con seguridad.