El frío que salía de la puerta entreabierta no se parecía a ningún otro que Simón hubiera sentido dentro de la casa. No era el frío hostil de las corrientes que apagaban antorchas, ni el frío ceremonial del sótano con su altar. Era un frío íntimo, casi familiar, como el que se siente al entrar en la habitación de un enfermo que lleva demasiado tiempo postrado, un frío hecho de sudor viejo y de esperanza agotada.
La niña se detuvo antes del umbral, sin cruzarlo.
—Yo no entro aquí —dijo, con una voz que por primera vez sonó genuinamente temerosa—. Este cuarto no me pertenece. Es lo único en toda la casa que todavía no he logrado hacer mío.
Simón la miró, sin entender del todo.
—¿Por qué no?
—Porque él no dejó de resistirse —respondió ella—. Ni un solo día, desde que llegó. Y esa resistencia, aunque lo esté matando poco a poco, también lo protege de convertirse en lo que yo soy. En lo que son los otros del ático. Entra tú, si quieres verlo. Yo esperaré aquí.
Simón respiró hondo. Cada fibra de su cuerpo le pedía huir, y sin embargo dio el paso que lo separaba del umbral. Empujó la puerta con la mano, y esta cedió sin resistencia, revelando un espacio que no se parecía a ninguna otra habitación de la casa: pequeño, casi una celda, con una única ventana tapiada por tablas cruzadas y el suelo cubierto de marcas, no decorativas como los símbolos del sótano, sino toscas, desesperadas, como si alguien hubiera arañado la madera con las uñas intentando contar los días.
—¿Samuel? —dijo Simón, con la voz reducida a un hilo.
Al principio no hubo respuesta. La linterna iluminó un rincón donde algo se movía, apenas, un bulto oscuro apoyado contra la pared, envuelto en lo que parecían restos de una manta o de un abrigo, imposible de distinguir bajo tanta suciedad acumulada.
—¿Samuel? —repitió, avanzando un paso.
El bulto se movió con más claridad esta vez, y una figura se incorporó despacio, con un esfuerzo que parecía costarle cada articulación del cuerpo. Cuando la luz de la linterna por fin le iluminó el rostro, a Simón se le doblaron las piernas.
Era Samuel. Y, al mismo tiempo, apenas lo era.
Su piel, antes bronceada por los años trabajando al aire libre, se había vuelto de un blanco enfermizo, tirante sobre los huesos del rostro de un modo que recordaba más a un dibujo anatómico que a un ser humano vivo. El cabello, que Simón recordaba oscuro y espeso, ahora colgaba en mechones ralos, algunos completamente blancos, como si el miedo hubiera decidido despintarlo hebra por hebra. Pero lo que de verdad le heló la sangre fueron los ojos: seguían siendo los ojos de Samuel, del mismo color castaño que Simón recordaba de la infancia, pero hundidos en un rostro que ya no parecía capaz de sostenerlos, con un brillo de lucidez tan frágil que amenazaba con apagarse en cualquier instante.
—¿Simón? —dijo Samuel, con una voz quebrada, apenas reconocible, como si las cuerdas vocales llevaran mucho tiempo sin usarse para algo más que gemir—. ¿Eres tú de verdad, o es otro de sus trucos?
Simón cayó de rodillas frente a él, incapaz de sostenerse en pie ante la magnitud de lo que estaba viendo, ante la comprobación devastadora de que su amigo había pasado meses, quizás más, encerrado en aquel cuarto diminuto, resistiéndose con uñas y dientes a convertirse en una sombra más del pasillo.
—Soy yo —dijo Simón, con la voz rota—. Soy yo, Samuel. Vine a buscarte.
Samuel soltó algo entre risa y sollozo, un sonido tan quebrado que a Simón se le clavó directamente en el pecho.
—Te dije que no vinieras. Te lo escribí. Te lo grabé. ¿Por qué nunca me escuchas?
—Porque somos igual de tercos —respondió Simón, repitiendo casi sin querer las mismas palabras que había leído en el cuaderno—. Tú lo escribiste también. Dijiste que vendría de todos modos.
Una lágrima, la primera que Simón le veía derramar desde que eran niños, resbaló por la mejilla hundida de Samuel.
—Tenía razón, entonces. Ojalá me hubiera equivocado esta vez.
Simón se acercó más, ignorando el olor a encierro y enfermedad que emanaba de la ropa desgastada de su amigo, y le tomó las manos entre las suyas. Estaban heladas, pero todavía temblaban con un pulso débil, innegablemente vivo.
—¿Cómo has sobrevivido? —preguntó Simón, casi sin atreverse a formular la pregunta—. ¿Qué te ha mantenido con vida todo este tiempo?
Samuel tardó un momento en responder, como si buscara las palabras en un idioma que empezaba a olvidar.
—No lo sé del todo. Al principio pensé que era el agua de lluvia que se filtra por esa grieta —señaló con un dedo tembloroso una hendidura diminuta en el techo—. Pero después de un tiempo, el hambre y la sed dejaron de atormentarme. Simplemente… seguí aquí. Como si la casa no quisiera que muriera, pero tampoco que viviera del todo. Como si me quisiera guardado, a medio camino entre las dos cosas.
Simón miró alrededor de la celda con una atención nueva, reparando en detalles que el primer impacto le había impedido notar: las marcas en el suelo no eran solo arañazos desesperados, sino, al observarlas de cerca, una especie de calendario improvisado, grupos de cinco líneas tachadas por una sexta, repetidos una y otra vez hasta cubrir buena parte del entablado.
—Llevas contando los días —dijo Simón, con la voz quebrada.
—Dejé de hacerlo hace tiempo —respondió Samuel, siguiendo su mirada—. Llegué a los noventa y tres. Después de eso, ya no me pareció que importara. Contar solo servía para recordarme cuánto tiempo llevaba fallándote a ti, a mi madre, a todos los que debían estar preocupados en el pueblo sin saber qué me había pasado.
—Nadie sabía nada con seguridad —dijo Simón—. Pero yo nunca dejé de sospechar que algo no encajaba. Por eso vine.
Samuel cerró los ojos un instante, como si aquella confesión le doliera y le aliviara al mismo tiempo.
—¿Y Lucía? ¿Sigue viva? ¿Sigue en el pueblo?