El golpe metálico del reloj todavía resonaba en las paredes cuando Elena, con una urgencia que no le habían visto hasta entonces, los empujó a ambos hacia una puerta lateral del pasillo, distinta de todas las que Simón había cruzado hasta ese momento. El aire, a su alrededor, se había vuelto extrañamente quieto, como si la casa entera hubiera dejado de respirar para escuchar mejor lo que estaba a punto de suceder.
—No hay tiempo para explicaciones largas —dijo ella, con la voz quebrada por algo que ya no parecía tristeza, sino miedo genuino—. Cuando ella despierta del todo, la casa entera cambia. Necesito que vean esto antes de que eso ocurra, una pista que quizás explique por qué nadie en Valdemar ha venido nunca a ayudar a quienes entran aquí.
Simón, sosteniendo todavía el peso frágil de Samuel contra su hombro, cruzó el umbral que la niña señalaba. La habitación al otro lado no se parecía a ninguna otra de la casa: un estudio pequeño, ordenado con una pulcritud que contrastaba de forma inquietante con el resto del deterioro, como si aquel cuarto en particular hubiera sido preservado con un cuidado deliberado, casi reverente. La temperatura, sin embargo, era la más baja que Simón había sentido en toda la noche, un frío seco que le entumecía los dedos apenas cruzó el marco de la puerta.
Estanterías bajas recorrían las paredes, cargadas no de libros de ocultismo como los del sótano, sino de carpetas de cuero, ordenadas por año, con etiquetas escritas en una caligrafía distinta a la de Anselmo o Constanza, más formal, casi de oficina. Sobre el escritorio, un candelabro de tres brazos se encendió solo cuando Simón se acercó, sin que ninguno de los tres lo tocara, como si el propio cuarto quisiera que leyera lo que guardaba con toda la claridad posible.
—Esto no es del padre de Elena —murmuró Samuel, con un hilo de voz, apoyándose contra el marco de la puerta para no caer—. Yo encontré este cuarto también, hace meses. Nunca tuve fuerzas para leerlo todo.
Simón acomodó a Samuel en una silla cercana y se acercó a la estantería más próxima, tomando la primera carpeta que encontró al alcance de su mano. La abrió sobre el escritorio, y el polvo se levantó en una nube fina que lo hizo toser.
Dentro había cartas, docenas de ellas, todas dirigidas a "El Consejo de Valdemar" o firmadas por él, fechadas décadas antes del incendio que había acabado con la familia Ordaz. Simón leyó la primera con un nudo creciente en el estómago.
Estimados vecinos: en nombre de mi familia, renuevo el acuerdo que nuestros padres sellaron hace ya dos generaciones. A cambio de la protección que la Colina del Este ofrece a las cosechas y al ganado del valle, mantendremos el ciclo tal como se estableció. Los forasteros que el camino traiga hasta nuestras puertas, aquellos sin familia que los busque ni pueblo que los reclame, seguirán siendo bienvenidos en la casa. El Consejo, como siempre, se encargará de que ningún vecino de Valdemar interfiera ni advierta demasiado alto.
Las manos le temblaron al pasar a la siguiente carta, y a la siguiente, todas variaciones del mismo tema: un acuerdo, formalizado con la precisión burocrática de un contrato de arrendamiento, entre la familia Ordaz y los fundadores del pueblo. A cambio de tierras fértiles, de inviernos menos crueles, de ganado que no enfermaba y cosechas que no se perdían, Valdemar se comprometía a mirar hacia otro lado cada vez que un forastero, un viajero sin ataduras, cruzaba el límite del bosque y no regresaba jamás. En el margen de una de las cartas más viejas, alguien había dibujado, con la misma tinta que el resto del texto, un pequeño círculo de espinas idéntico al grabado en la caja de madera del sótano, como si el propio pacto necesitara su símbolo para volverse válido.
—Por eso nadie me ayudó —dijo Samuel, con una amargura que parecía costarle más energía de la que le quedaba—. Por eso Herminia me advirtió, pero no me detuvo. Por eso Elías te dio una linterna y agua bendita, en lugar de cerrarte la puerta con llave. Cumplen con la forma de advertir, para descargar su conciencia, pero jamás intervienen de verdad.
Simón siguió revisando las carpetas, encontrando registros que se volvían más y más específicos con el paso de los años: nombres, o más bien la ausencia deliberada de nombres, sustituidos por descripciones escuetas. Cazador, sin familia conocida en la región. Dos jóvenes, forasteros de paso, sin vínculo con el pueblo. Un hombre, automóvil con placas de otra provincia. Cada entrada llevaba una fecha, y junto a la fecha, una anotación breve, casi administrativa en su frialdad: Ciclo cumplido. Cosecha asegurada por otro año.
Contó las entradas con un horror creciente, incapaz de detenerse aunque cada nueva línea le doliera más que la anterior. Casi cuarenta registros en total, repartidos a lo largo de generaciones, con intervalos que variaban entre dos y ocho años, como si el pacto tuviera su propio ritmo natural, su propia manera de decidir cuándo el hambre de la casa necesitaba ser saciada de nuevo. Encontró, hacia la mitad de la carpeta, una entrada que le detuvo el corazón: la fecha coincidía, casi al día, con la desaparición de un hombre del que había leído fragmentos en el periódico viejo de la posada durante su primera mañana en Valdemar, catalogado entonces como un simple accidente de montaña. Mientras leía esa entrada, algo golpeó una sola vez contra el interior de la pared, justo detrás de la estantería, un golpe seco y deliberado que ninguno de los tres comentó en voz alta.
—Todos estos años —murmuró Simón, pasando las páginas con dedos que ya no controlaba del todo—, todos estos años el pueblo entero sabía. No unos pocos ancianos asustados. Todo el pueblo, de generación en generación, heredando esto como quien hereda una receta de cocina o una costumbre religiosa.
—No exactamente todo el pueblo, no de la misma manera —corrigió Elena, con una precisión que sorprendió a Simón—. El Consejo lo sabe todo, siempre lo ha sabido, son quienes administran el acuerdo. El resto de los vecinos solo intuye: hereda el miedo sin conocer jamás los detalles completos, aprende que ciertos temas no se tocan y que ciertos caminos no se recorren. Es un secreto construido en capas, Simón, como esta misma casa. Cuanto más profundo excavas, más gente resulta implicada, aunque la mayoría prefiera no mirar demasiado de cerca su propia complicidad.