El pasillo entero temblaba cuando salieron del estudio, con las carpetas todavía ardiendo a sus espaldas, arrojando un resplandor anaranjado que se filtraba por debajo de la puerta cerrada. Elena avanzaba delante de ellos con una urgencia que ya no intentaba disimular, mirando por encima del hombro cada pocos pasos, como si temiera que algo pudiera alcanzarlos desde cualquier rincón.
—Tenemos que llegar al altar —dijo ella, sin detenerse—. Es el único lugar de la casa donde el sello original todavía puede romperse. Si la sombra despierta del todo antes de que lleguemos, no vamos a poder acercarnos.
Samuel, apoyado en el hombro de Simón, avanzaba con un esfuerzo visible, cada paso arrancándole una mueca de dolor que intentaba disimular.
—¿Cuánto falta? —preguntó, con la voz entrecortada.
—No mucho —respondió Elena—. Pero cada paso que damos, ella también lo siente.
El pasillo del piso superior estaba más oscuro que en cualquier otro momento de la noche, como si la propia luz de la linterna de Simón hubiera empezado a rendirse ante algo que la superaba. Algo se movía a los lados, rápido, esquivo, apenas una sugerencia de forma en los límites del haz de luz. Al pasar junto al retrato de la familia Ordaz, el cuadro vibró, emitiendo un sonido seco, como una tabla al partirse. La voz del patriarca pareció salir de la pintura, grave y lejana: Nadie rompe el vínculo.
Simón se detuvo de golpe. El vello de los brazos se le erizó.
—¿Escuchaste eso?
—Siempre hablan —respondió Elena, sin volverse—. Cuanto más cerca estamos del altar, más fuerte se vuelven sus voces. No les hagas caso. Ya no son más que ecos, restos de lo que alguna vez tuvieron que decir.
Continuaron avanzando hasta una puerta que Simón no recordaba haber visto en sus recorridos anteriores, aunque una parte de él, la parte que ya había aprendido a desconfiar de la lógica de aquella casa, no se sorprendió del todo. Era diferente a las demás, más pequeña, hecha de madera oscura con grabados en relieve que parecían moverse levemente bajo la luz temblorosa de la linterna. Elena extendió la mano, y la puerta se abrió sola con un chirrido lento, como si llevara siglos esperando ese gesto exacto.
Una corriente de aire helado salió de la habitación, tan intensa que Samuel se estremeció visiblemente contra el hombro de Simón. Dentro, el ambiente olía a cera, a polvo y a algo metálico, un olor que Simón ya asociaba, sin quererlo, con el peligro más inmediato. Levantó la linterna y se quedó sin aliento.
Había un altar.
Estaba cubierto de símbolos antiguos tallados en piedra, más elaborados que cualquiera de los que había visto hasta entonces en la casa. A los lados, velas derretidas formaban charcos secos de cera acumulados durante generaciones. En el centro, un círculo con marcas que recordaban a las del colgante que Simón todavía llevaba, ahora frío, en el bolsillo de su abrigo. Sobre la piedra, un libro permanecía abierto, sus páginas envejecidas temblando levemente, como si algo respirara debajo de ellas.
—Aquí empezó todo —dijo Elena, con una voz que sonaba, por primera vez desde que Simón la conocía, genuinamente pequeña, casi infantil de verdad—. Mi padre quiso hablar con los muertos. Primero con Tobías. Después conmigo. Quería traer de vuelta lo que había perdido, pero trajo otra cosa. Algo que nunca debía despertar del todo.
El aire se volvió más frío de golpe, un descenso tan abrupto que el aliento de los tres se convirtió en vapor visible frente a sus rostros, y los símbolos en la piedra comenzaron a brillar con un resplandor rojizo que pulsaba, lento, como el latido de un corazón enorme y paciente.
Simón se inclinó sobre el libro. Samuel se aferraba con más fuerza a su hombro, como si el simple hecho de acercarse al altar le costara una valentía que apenas lograba reunir. El texto estaba escrito en una combinación de idiomas antiguos y tinta seca, pero después de todo lo leído en el diario de Constanza y en el tratado del eco, Simón logró descifrar más palabras de las que hubiera creído posible: invocación, vínculo, llave del alma, y una frase repetida varias veces en los márgenes, como si el propio Anselmo la hubiera anotado obsesivamente: lo que cruza no regresa solo.
—Este ritual une las almas al lugar —murmuró Simón—. No las deja ir. Y cada vez que alguien entra, se convierte en combustible para mantenerlo funcionando.
—Ahora entiendes —dijo Elena, con mirada vacía, retrocediendo un paso del altar como si el simple contacto visual con aquellas páginas le costara algo—. Nadie sale de aquí. El pueblo sigue trayendo, o dejando llegar, a quienes nadie reclama.
Samuel, apoyado contra la pared, levantó la vista hacia el libro con una expresión que mezclaba fascinación y terror.
—Yo vi este cuarto una vez, hace meses —dijo, con la voz débil—. No me atreví a acercarme tanto. Algo en el aire me decía que si tocaba ese libro, no volvería a ser el mismo.
—Hiciste bien en no tocarlo —respondió Elena—. Los que lo tocaron antes que tú, mi padre entre ellos, nunca volvieron a ser completamente humanos, incluso antes de que el fuego terminara con lo que quedaba de nuestras vidas.
Simón pasó las páginas con extremo cuidado. El papel, a pesar de su fragilidad aparente, resistía sus dedos con una tenacidad poco natural, como si el propio libro no quisiera ser leído tan rápido, prefiriendo que cada palabra se grabara despacio, dolorosamente, en la mente de quien se atreviera a estudiarlo.
El fuego de las velas volvió a encenderse sin intervención humana, una tras otra, en una secuencia demasiado ordenada para ser casual. Las sombras se alzaron en las paredes, formando figuras distorsionadas: hombres, mujeres, niños, decenas de siluetas que Simón reconoció, con un horror creciente, como ecos de las pertenencias que había encontrado en el ático. Todos parecían mirarlo, expectantes, como si aquel momento llevara generaciones siendo esperado.