Elena avanzó hacia la sombra con los brazos abiertos, como quien camina deliberadamente hacia el abrazo de algo que sabe que va a hacerle daño, y su luz pálida se intensificó hasta volverse casi cegadora. La criatura de humo pareció vacilar un instante, como si aquel gesto, tan viejo como el vínculo que las unía, todavía conservara el poder de sorprenderla.
—¡Ahora, Simón! —gritó Elena, sin volverse—. ¡Corran!
Simón no lo pensó dos veces. Se arrastró hasta Samuel, que seguía retorciéndose con el tobillo atrapado por el zarcillo de sombra, y tiró de él con toda la fuerza que le quedaba. El propio esfuerzo le desgarró algo en el hombro. El zarcillo, distraído por el resplandor cada vez más intenso que emanaba de Elena, aflojó su presión lo suficiente como para que Samuel pudiera zafarse con un grito de dolor.
—¡Vamos, vamos! —dijo Simón, pasándose el brazo de Samuel sobre los hombros de nuevo, arrastrándolo hacia la puerta mientras a sus espaldas la habitación entera parecía convulsionar.
El rugido que dejó escapar la sombra al sentir que su presa escapaba fue tan brutal que las paredes se agrietaron de arriba abajo, y por un instante, Simón creyó que el techo entero iba a desplomarse sobre ellos antes de que lograran cruzar el umbral.
Alcanzaron la puerta justo cuando un estallido de luz blanca inundó todo el cuarto detrás de ellos, tan intenso que Simón notó el calor en la nuca aun estando de espaldas, ya en el pasillo. Un grito, la voz de Elena mezclada con algo más profundo y lejano, resonó por toda la casa, un sonido que no era exactamente de dolor, sino de una lucha desesperada, una voluntad empujando contra otra en un forcejeo que Simón no podía ver, pero que sentía vibrar en cada tabla del suelo bajo sus pies.
—¡No pares! —dijo Samuel, con la voz quebrada, tirando de Simón hacia las escaleras—. Ella dijo que no miráramos atrás.
Simón obedeció, aunque cada fibra de su cuerpo le pedía volverse, comprobar si Elena seguía allí, si había logrado contener a la sombra o si simplemente se había sacrificado en vano. Bajaron las escaleras a trompicones, Samuel apoyándose en la barandilla con una mano mientras con la otra se aferraba al hombro de Simón, los dos respirando con dificultad y cubiertos de heridas que ya ninguno se molestaba en nombrar.
Llegaron al salón principal justo cuando el reloj, detenido en las tres y trece desde el inicio de aquella noche interminable, emitió un sonido nuevo: no un clic suave, ni el golpe metálico violento de antes, sino un tictac constante, regular, como si por primera vez en generaciones el mecanismo hubiera decidido, aunque fuera solo momentáneamente, recordar cómo funcionaba el tiempo.
—Está avanzando —dijo Simón, sin poder creerlo del todo, dejando a Samuel apoyado contra un sofá cubierto de lonas grises—. El reloj está avanzando de verdad.
Samuel, pálido y tembloroso, levantó la vista hacia las escaleras que acababan de bajar.
—Eso significa que ella está luchando. Que todavía no ha terminado.
Una opresión terrible se le instaló en el pecho a Simón: el peso incómodo de haber dejado a alguien atrás, aunque esa alguien fuera, técnicamente, la misma entidad que lo había mantenido prisionero durante toda la noche.
—Tenemos que ayudarla.
—No podemos subir de nuevo —dijo Samuel, sujetándolo del brazo con una fuerza que Simón no esperaba de un cuerpo tan debilitado—. Todavía no. Mírame, Simón. Apenas puedo caminar. Si volvemos allá arriba en este estado, no vamos a ayudar a nadie, solo vamos a darle a esa cosa dos presas más fáciles de las que ya tuvo.
Simón sabía que Samuel tenía razón, pero la idea de abandonar a Elena, después de todo lo que habían compartido esa noche, después de escuchar su historia completa, de ver la fisura genuina de humanidad que aún conservaba bajo tanto dolor acumulado, le resultaba insoportable.
Se quedó mirando hacia las escaleras, con el cuerpo tenso, calculando en silencio cuántos segundos le tomaría subir de nuevo, y cuántos golpes más podría resistir su cuerpo ya maltrecho, y si esa cantidad de golpes bastaría siquiera para llegar hasta el altar antes de que la sombra lo redujera a otro nombre más entre los que se acumulaban en el ático.
—Piénsalo bien —insistió Samuel, notando la indecisión en su rostro—. Si mueres allá arriba, y yo voy contigo, nadie quedará para terminar el ritual de verdad. Tampoco podremos contar lo del pacto del pueblo ni hacerle saber a Lucía qué fue de nosotros. Elena lleva un siglo esperando. Puede esperar un poco más si eso significa que al final logremos liberarla de verdad, en lugar de añadir otros dos nombres a su colección de fracasos.
—Ella eligió esto —dijo Samuel, como si le leyera el pensamiento, su voz suavizándose con una comprensión que solo alguien que también había sido prisionero de aquella casa podía ofrecer—. No por obligación. Lo eligió porque, después de un siglo esperando que alguien la escuchara, finalmente pudo hacer algo con esa espera que no fuera simplemente sufrirla. Permítele tener eso, Simón. Deja que tome su propia decisión, aunque nos duela.
Un crujido profundo recorrió toda la casa, seguido de un silencio tan repentino que resultó casi más aterrador que cualquier rugido anterior. Simón y Samuel se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración, esperando alguna señal de lo que estaba ocurriendo en el piso de arriba.
El silencio se prolongó durante lo que pareció una eternidad, hasta que, finalmente, unos pasos ligeros comenzaron a descender la escalera. No los pasos pesados y deliberados de la sombra, sino algo pequeño y frágil.
Elena apareció en el rellano, y a Simón se le encogió el corazón al verla. Su forma, antes translúcida pero definida, parpadeaba ahora como una vela a punto de apagarse, fragmentos de su figura desdibujándose y recomponiéndose en intervalos irregulares. Uno de sus brazos parecía casi borrado por completo, y cuando habló, su voz sonó distante, como si llegara desde muy lejos.