Subieron las escaleras juntos, esta vez sin el apuro de antes, sino con la determinación fría de quienes ya saben exactamente lo que les espera. Elena los precedía, su forma todavía fragmentada por el esfuerzo de contener a la sombra, parpadeando como una llama a punto de apagarse, pero avanzando con una firmeza que Simón no esperaba de alguien tan cerca de deshacerse del todo.
—El sello no va a resistir mucho más —dijo ella, sin volverse—. Lo siento debilitarse a cada paso que damos. Cuando entremos, ella va a estar esperando, más furiosa de lo que la han visto hasta ahora.
Samuel, ya con más color en el rostro después del breve descanso, aunque todavía apoyado en un bastón hecho con una pata de silla rota, asintió con firmeza.
—Entonces no perdamos más tiempo hablando de lo que nos espera. Vayamos a enfrentarlo.
La puerta del altar se abrió antes de que ninguno la tocara, como si la propia habitación reconociera que la espera había terminado. Dentro, el círculo central ardía con un resplandor rojizo cada vez más intenso, y en su centro, apenas contenida por líneas de luz pálida que parpadeaban como una cuerda a punto de romperse, la sombra se retorcía, enorme, hambrienta, esperando el instante exacto en que el sello que Elena había creado cediera del todo.
La casa crujía como si se desmoronara desde sus cimientos. Las llamas que ardían en las velas caídas no se comportaban como fuego común: su resplandor era frío, casi azulado, y en vez de consumir la madera, parecía consumir el silencio. El aire olía a ceniza húmeda y hierro oxidado.
—El libro —dijo Simón, avanzando hacia el atril donde el tratado seguía abierto—. Dijiste que el ritual completo estaba aquí. Dime qué hacer.
Elena se colocó frente al círculo, extendiendo los brazos, su luz intensificándose de nuevo mientras las líneas del sello, sostenidas apenas por su voluntad, comenzaban a estirarse bajo la presión creciente de la sombra.
—Necesitas nombrarlos a todos. Cada nombre que pronuncies con la intención de liberarlos, de dejarlos ir de verdad, irá debilitando el vínculo que los mantiene aquí. No los nombres para estudiarlos ni para escribir sobre ellos. Cuando digas el último, el sello se romperá para siempre, junto con todo lo que lo sostiene.
—¿Y tú? —preguntó Samuel, con la voz cargada de una angustia que ya no intentaba disimular—. ¿Qué pasa contigo cuando eso ocurra?
—Yo soy parte del vínculo también —respondió ella, sin apartar la vista de la sombra que se retorcía cada vez con más violencia—. Cuando se rompa, yo me voy con él. Pero esta vez, de verdad, no como una promesa a medias. Libre.
El pecho se le encogió a Simón ante la inminencia de aquella despedida, pero también comprendió, con una claridad que solo la noche entera de terror compartido podía haberle enseñado, que no existía otra forma de terminar todo sin pagar ese mismo precio.
—Sujétame —le dijo a Samuel, entregándole el libro abierto—. Lee los nombres conmigo, si los reconoces. Necesito que esto salga bien a la primera.
Samuel tomó el libro con manos temblorosas, pasando las páginas hasta encontrar el fragmento que Simón le señalaba, un listado de invocaciones que se mezclaba, línea tras línea, con anotaciones posteriores hechas por manos distintas a lo largo de generaciones.
—Aquí —dijo, con la voz débil—. Dice que el vínculo se sostiene con el silencio de los nombres. Que nombrarlos en voz alta, con la intención correcta, es lo único que puede desatarlos.
—Entonces empecemos —dijo Simón, cerrando los ojos.
La sombra rugió, sintiendo quizás la inminencia de su propia derrota, y el sello de Elena tembló con un crujido que resonó por toda la habitación. Ella gritó, un sonido que mezclaba dolor y determinación a partes iguales, mientras sostenía las líneas de luz con cada fragmento de voluntad que le quedaba.
—¡Ahora, Simón! —gritó—. ¡No queda mucho tiempo!
Simón cerró los ojos, sintiendo el colgante calentarse en su puño, y comenzó a hablar con una voz que no reconocía del todo como propia, cargada de un peso que parecía venir de mucho más profundo que sus propios pulmones.
—Tobías Ordaz —dijo, y el nombre resonó por toda la casa, como si las paredes mismas lo repitieran—. El primero. El que nunca eligió nada de esto. Ya puedes irte.
Un sollozo infantil, agudo y breve, atravesó el aire, y una de las sombras menores que flotaban cerca del techo se disolvió en una nube de polvo dorado que ascendió y desapareció.
—El cazador de la colina —continuó Simón, recordando la mochila desgastada del ático—. Cuyo nombre nadie en el pueblo quiso recordar. Ya puedes irte.
Otra sombra se deshizo, y un murmullo de gratitud, apenas audible, recorrió la habitación.
—Los dos jóvenes de las pulseras trenzadas —dijo Samuel, uniendo su voz a la de Simón, con una fuerza que parecía brotar directamente de los noventa y tres días que había sobrevivido resistiéndose a convertirse en uno de ellos—. Que solo querían una noche de aventura. Ya pueden irse.
Dos formas más se disolvieron, casi al mismo tiempo, entrelazadas como habían estado en vida.
—El hombre del automóvil —añadió Simón—. Cuyo nombre se perdió con sus documentos. Ya puede irse.
El aire se llenó de un murmullo colectivo, decenas de voces superponiéndose en una plegaria que ya no dolía escuchar, un canto de despedida que crecía con cada nombre pronunciado, mientras las sombras menores se convertían, una tras otra, en nubes de polvo brillante que ascendían hacia el techo y se perdían más allá de él.
—Constanza Ordaz —dijo Simón, con la voz quebrada por la emoción—. Que solo quiso salvar a su familia, aunque el precio fuera imposible de pagar. Ya puedes descansar.
Un suspiro largo, femenino, recorrió la habitación, y por un instante, Simón creyó ver, entre el humo y la luz, la silueta fugaz de una mujer sonriendo antes de desvanecerse por completo.