El bosque, cruzado en sentido contrario por primera vez desde que Simón había llegado a Valdemar, ya no se parecía en nada al túnel oscuro y hostil que recordaba. Los árboles, aunque igual de altos y de antiguos, dejaban pasar la luz del amanecer en franjas doradas que se movían sobre el sendero con cada ráfaga de viento. Los pájaros, silenciosos durante toda la noche anterior, habían empezado a cantar, tímidos al principio, y después con una insistencia casi festiva, como si también ellos hubieran esperado el permiso de algo invisible para volver a hacerlo.
Samuel avanzaba apoyado en Simón, cada paso todavía costándole un esfuerzo visible, pero con una firmeza creciente que no tenía nada que ver con la fragilidad de la noche anterior. Se detuvo un momento junto a un tronco caído, respirando hondo, y se miró las manos como si las viera por primera vez en mucho tiempo.
—Mira esto —dijo, extendiendo los dedos hacia Simón.
Simón se acercó, y notó lo que Samuel señalaba: en el dorso de su mano derecha, apenas visible bajo la piel todavía pálida, una pequeña marca en forma de espiral, idéntica a la que Elena había dejado en el suelo del altar, palpitaba con un tono rojizo tan tenue que solo resultaba perceptible bajo la luz directa.
—Yo tengo una parecida —dijo Simón, subiéndose la manga del abrigo para mostrar, en su propio antebrazo, una marca similar, más difusa, casi como una cicatriz antigua que nunca hubiera notado hasta ese momento—. Debe ser del colgante. O de todo lo que pasó allá arriba.
—O de ella —dijo Samuel, con temor y ternura en la voz, algo que Simón no supo cómo interpretar del todo—. Quizás sea su forma de asegurarse de que cumplamos la promesa. De que no la olvidemos, aunque el tiempo pase y todo esto empiece a sentirse como un sueño distante.
Continuaron caminando, y a medida que avanzaban, Simón notó otros cambios, más sutiles, que se acumulaban uno sobre otro hasta resultar innegables. El silencio del bosque, que antes le había parecido opresivo, ahora se sentía distinto, cargado de una especie de atención benévola, como si los árboles mismos reconocieran a quienes acababan de liberar algo que llevaba generaciones aprisionado bajo sus raíces. Y sin embargo, cada tanto, entre el crujir de las hojas bajo sus botas, Simón creía distinguir su propio nombre, pronunciado tan bajo que no podía asegurar si venía del viento o de su propia cabeza todavía exhausta.
Dentro de sí mismo notaba una tranquilidad nueva, difícil de explicar, una ausencia del zumbido constante de ansiedad que lo había acompañado toda su vida adulta, reemplazada por algo más parecido a la calma de quien ha visto lo peor que el mundo puede ofrecer y, contra todo pronóstico, ha sobrevivido para contarlo.
Se detuvo junto a un arroyo que cruzaba el sendero, y al inclinarse para beber agua con las manos, vio su propio reflejo por primera vez desde que había entrado en la casa. El rostro que le devolvía la mirada era, en lo esencial, el mismo: los mismos ojos castaños, la misma nariz ligeramente torcida de una caída de la infancia. Pero había algo distinto alrededor de los ojos, una calidad en la mirada que no reconocía del todo, como si hubiera envejecido diez años en el transcurso de una sola noche, no en las arrugas todavía ausentes, sino en algo más hondo, difícil de nombrar, alojado detrás de las pupilas.
—Tú también lo notas —dijo Samuel, observándolo desde la orilla—. Lo veo en tu cara. Ya no eres exactamente el mismo que entró por esa verja.
—Ninguno de los dos lo somos —respondió Simón, incorporándose, secándose las manos en el abrigo—. Y no sé todavía si eso es algo que debería preocuparme o agradecer.
—¿Sientes eso? —preguntó Samuel, deteniéndose de nuevo—. Como si algo, en algún lugar, todavía nos estuviera mirando. No con maldad. Solo... observando.
Simón asintió, sin necesidad de palabras. Lo notaba desde que cruzaron el umbral de la casa por última vez: una presencia leve, casi cariñosa, que se movía a su lado sin interponerse, como una sombra que hubiera decidido, en lugar de perseguirlo, simplemente acompañarlo.
Llegaron a la verja oxidada, y esta vez, al cruzarla, el bosque no los devolvió al mismo punto. El sendero continuó, tal como debía, descendiendo hacia el pueblo con una normalidad que a Simón le resultó casi dolorosa después de tantas horas atrapado en el mismo instante repetido. El reloj de su pulsera, que había dejado de funcionar en algún momento de la noche, comenzó a moverse de nuevo, las manecillas avanzando con un tictac regular que Simón escuchó como si fuera la primera vez en su vida que prestaba atención a ese sonido.
El campanario de Valdemar apareció entre los árboles, y con él, una sensación extraña que Simón tardó un momento en identificar: el pueblo, visto desde la distancia, ya no proyectaba la misma quietud amenazante que recordaba de su llegada. Las chimeneas humeaban con normalidad, un perro ladraba en algún patio lejano. Pero al acercarse más, Simón notó que ningún otro perro le respondía, ni uno solo en todo Valdemar, como si cada animal del pueblo hubiera decidido, esa mañana, guardar un silencio deliberado ante lo que fuera que bajaba con ellos por el sendero.
—Algo cambió aquí también —dijo Simón, deteniéndose a contemplar el paisaje—. No sé si para bien.
—El pacto se rompió —respondió Samuel, con una comprensión sombría—. Toda esa prosperidad que mencionaban las cartas, las cosechas seguras, el ganado sano... si dependía de la casa, de lo que la casa recibía a cambio, ahora que ya no hay nada que alimentar, ¿qué va a pasar con Valdemar?
Simón no tenía respuesta para eso, y la pregunta lo acompañó, pesada, mientras descendían juntos hacia la calle principal.
Los primeros vecinos que los vieron se quedaron paralizados. Una mujer que barría su porche dejó caer la escoba, llevándose una mano a la boca. Un hombre que cargaba leña se detuvo en mitad de la calle, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera viendo un fantasma, lo cual, pensó Simón con una amargura cansada, quizás no estaba tan lejos de la verdad. Detrás de esa misma mujer, en la ventana del piso alto, una cortina se movió sin que hubiera viento, y Simón, por un instante, tuvo la sospecha incómoda de que algo los había seguido hasta la calle principal, algo que prefería observar desde las sombras de las casas ajenas antes que mostrarse a plena luz.