Pasaron cuatro días antes de que Simón se sintiera con fuerzas suficientes, físicas y de otro tipo, para emprender el camino de regreso a la ciudad. Cuatro días en los que Valdemar entero pareció sacudirse una modorra de generaciones: el Consejo se disolvió formalmente entre acusaciones y renuncias, dos familias completas empacaron sus pertenencias y se marcharon del pueblo sin dar explicaciones a nadie, y Herminia, con una energía que desmentía su edad, se convirtió en la voz principal de quienes insistían en que el pasado, por doloroso que resultara desenterrarlo, no podía seguir enterrándose bajo el silencio de siempre.
Samuel mejoraba con una lentitud desesperante, pero mejoraba al fin: el médico del pueblo vecino, tras varios días de visitas, había diagnosticado una desnutrición severa, deshidratación crónica y una serie de contusiones que, según sus propias palabras desconcertadas, no correspondían del todo a lo que cualquier explicación racional podía justificar. Samuel decidió quedarse en Valdemar un tiempo más, bajo el cuidado de Lucía, mientras terminaba de recuperar las fuerzas necesarias para viajar él también.
—Ve tú primero —le había dicho a Simón, la mañana en que se despidieron frente a la posada, sentado todavía en una silla junto a la ventana, con una manta sobre las piernas que se negaba a admitir que todavía necesitaba—. Escribe lo que tengas que escribir. Yo te alcanzaré cuando pueda caminar más de veinte metros sin sentir que el mundo entero me da vueltas.
—No tienes que quedarte solo aquí —había respondido Simón, aunque sabía, por la expresión decidida de su amigo, que la discusión estaba de antemano perdida.
—No estoy solo —dijo Samuel, mirando hacia donde Lucía preparaba té en la cocina de la posada—. Y este pueblo, con todos sus errores, también es mi hogar. Necesito ver, con mis propios ojos, en qué se convierte ahora que ya no tiene ningún secreto que proteger.
Simón lo había abrazado con un cuidado extremo, todavía temeroso de la fragilidad de aquel cuerpo que apenas unos días atrás había encontrado moribundo en una celda diminuta, y había prometido regresar, o al menos escribir cada semana, hasta que ambos volvieran a estar en el mismo lugar.
El coche, que había permanecido estacionado frente a la posada durante todo aquel tiempo suspendido, arrancó sin problemas, como si también él hubiera esperado pacientemente el momento correcto para volver a funcionar con normalidad. Simón condujo despacio por la calle principal, saludando con la mano a los pocos vecinos que se atrevían todavía a cruzar la mirada con él, y al llegar a la curva donde la carretera dejaba atrás Valdemar por completo, se detuvo un momento, mirando por el retrovisor el pueblo que se iba empequeñeciendo tras él.
Por un instante, entre las últimas casas visibles antes de que la curva ocultara todo el valle, creyó distinguir, en el reflejo del espejo retrovisor, una figura pequeña de pie en mitad de la calle, observando el coche alejarse con una quietud que no correspondía a ningún vecino que Simón hubiera conocido durante su estadía. Parpadeó, y cuando volvió a mirar, la calle estaba vacía.
El viaje transcurrió, durante las primeras horas, con una normalidad que a Simón le resultaba casi reconfortante: la carretera serpenteando entre montañas que iban perdiendo altura, la radio del coche encontrando, por fin, alguna señal después de días de estática absoluta en la zona de Valdemar, canciones ordinarias sonando con una banalidad que Simón agradeció como quien agradece el aire fresco después de mucho tiempo bajo tierra.
Fue al caer la tarde, cuando ya llevaba varias horas de camino y el paisaje montañoso había dado paso a las primeras llanuras cultivadas, cuando notó el primer detalle extraño. La radio, sintonizada en una emisora de noticias que había estado siguiendo sin prestarle demasiada atención, se cortó de golpe, reemplazada por un siseo de estática que duró apenas dos segundos antes de que la señal regresara con normalidad. Simón no le dio mayor importancia, atribuyéndolo a alguna interferencia del terreno montañoso que todavía dejaba atrás.
Pero el siseo volvió, minutos después, y esta vez, entre la estática, Simón creyó distinguir algo que no debería estar allí: una voz, apenas perceptible, demasiado breve para confirmar del todo lo que decía, pero que le sonó, con un escalofrío que le recorrió toda la espalda, exactamente igual a un fragmento de la voz de Elena.
Apagó la radio con manos que ya no estaban del todo firmes, y condujo el resto de esa hora en un silencio que, curiosamente, resultaba menos inquietante que la interferencia intermitente.
Se detuvo a repostar combustible en una gasolinera pequeña, al borde de la carretera, cuando el sol ya se ocultaba por completo. Mientras esperaba a que el tanque se llenara, sacó su teléfono, apagado desde que había llegado a Valdemar por la falta absoluta de señal en la zona, y lo encendió por primera vez en varios días. El aparato tardó un momento en cobrar vida, la pantalla iluminándose con una secuencia de notificaciones atrasadas que se acumulaban una tras otra: llamadas perdidas de su editorial, mensajes de amigos preocupados por su silencio prolongado, y, entre todo ese ruido cotidiano, una notificación que no lograba explicarse: una nota nueva, creada en su aplicación de escritura, con una marca de tiempo correspondiente a esa misma tarde, mientras él conducía sin haber tocado el teléfono en ningún momento.
Abrió la nota con el pulso acelerado. Estaba vacía, salvo por una única línea, escrita con una tipografía idéntica a la de sus propias notas habituales:
No me olvides.
Simón se quedó mirando la pantalla durante varios segundos. El surtidor de gasolina se detuvo automáticamente al llenar el tanque sin que él lo notara. Entró al pequeño establecimiento junto a los surtidores para pagar, intentando serenarse con la normalidad ruidosa del lugar: la nevera de bebidas zumbando, la radio de un empleado sonando música popular, un par de viajeros comprando café en vasos de cartón. Todo tan ordinario que, por un momento, Simón se permitió creer que el cansancio acumulado de tantos días sin dormir bien era el único responsable de lo que acababa de ver en su teléfono.