La Casa de los Susurros

Lo que quedó escrito

La primera semana escribió doce páginas y las rompió todas. No porque estuvieran mal —de hecho, releyéndolas ahora, algunas ni siquiera le parecían malas—, sino porque cada vez que se detenía a corregir algo, notaba que había cambiado una palabra sin darse cuenta, o que un párrafo entero decía algo distinto de lo que recordaba haber escrito la noche anterior. La tercera vez que le pasó, guardó el manuscrito en un cajón y no lo tocó durante cuatro días. Esas cuatro noches durmió con la luz del pasillo encendida, algo que no hacía desde niño, sin admitirse del todo por qué.

Cuando volvió a abrirlo, decidió cambiar de método. En lugar de escribir de corrido, empezó a trabajar con las fuentes directas: el diario de Constanza, transcrito casi palabra por palabra; el cuaderno de Samuel, citado en los tramos que su amigo le había dado permiso explícito de usar; las cartas del pacto, fotografiadas antes de entregarle los originales a un abogado de la capital que Lucía había recomendado, alguien acostumbrado, según ella, a llevar casos que ningún otro despacho quería tocar.

Su editora, una mujer llamada Adriana con la que llevaba trabajando desde su segundo libro, lo llamó a mediados de octubre para preguntar cómo iba el proyecto. Simón le contó una versión resumida, la que ya había ensayado varias veces con amigos y familiares: un viaje al pueblo donde nació, la desaparición de un amigo de la infancia, una historia de terror real que pensaba convertir en novela.

—Suena bien —dijo Adriana, con ese tono profesional que usaba para todo—, pero llevas semanas sin entregarme ni un capítulo completo. ¿Va todo bien?

Simón miró el escritorio, cubierto de fotocopias, notas adhesivas y tres tazas de café frío que no recordaba haber dejado ahí.

—Va bien —dijo—. Es solo que hay partes que me está costando más de lo normal.

No le mencionó que la noche anterior había despertado a las tres y trece de la madrugada, otra vez, la quinta desde que había regresado, ni que en esa última ocasión, medio dormido todavía, había escuchado con total claridad el sonido de una silla arrastrándose en el salón, como si alguien se hubiera sentado a esperarlo frente al escritorio. No le mencionó tampoco que había empezado a dejar un vaso de agua junto a la computadora antes de dormir y que, algunas mañanas, aparecía vacío sin que él recordara haberlo bebido.

Perdió peso durante ese otoño, aunque no de golpe, sino de un modo tan gradual que solo lo notó cuando un pantalón que le quedaba bien en agosto empezó a resbalarle de la cintura. Dejó de cocinar y empezó a pedir comida a domicilio, que muchas veces se quedaba fría sobre la mesa mientras él seguía escribiendo, absorto, sin hambre real, solo con la sensación de que debía comer algo tarde o temprano. Más de una vez, al levantarse por fin de la silla ya de madrugada, encontró huellas de dedos pequeños marcadas en el polvo del cristal de la ventana, del lado de adentro, a una altura que no correspondía a la de un adulto.

Su amigo Rafael, con quien solía jugar ajedrez los jueves antes del viaje a Valdemar, dejó de recibir respuesta a sus mensajes hacia finales de septiembre y se presentó sin avisar un sábado por la tarde, cargando una botella de vino que Simón ni siquiera abrió. Se quedó una hora, incómodo, viendo cómo Simón hablaba del libro con una intensidad que no reconocía en él, saltando de un tema a otro sin transición, mencionando nombres —Elena, Constanza, Tobías— como si Rafael tuviera que conocerlos ya.

—No sé quién es esa gente, Simón —dijo Rafael finalmente, con una preocupación que no intentó disimular—. Llevas media hora hablando de ellos como si fueran parte de tu familia.

—Lo son, en cierto modo —respondió Simón, y algo en su propio tono lo sorprendió incluso a él, una convicción demasiado firme para lo extraño que sonaba dicho en voz alta.

Rafael se marchó poco después, prometiendo volver pronto, aunque no llamó durante las siguientes semanas, y Simón, ocupado con el manuscrito, tampoco insistió. Días después, ordenando el salón, encontró la botella de vino que Rafael había dejado sin abrir, y al levantarla notó que el corcho, intacto, tenía grabada una pequeña espiral, tan fina que solo se apreciaba al girarlo contra la luz. No recordaba que las botellas de esa marca vinieran así.

Samuel llamaba cada domingo, puntual, desde el teléfono fijo de la posada de Elías, porque en Valdemar la señal de celular seguía siendo poco confiable incluso meses después de que la casa hubiera dejado de existir.

—Deberías tomarte un descanso —le dijo, un domingo de noviembre, con la voz ya bastante más firme que la última vez que Simón lo había visto—. Te oigo cansado.

—Estoy bien —respondió Simón, la frase saliéndole con la misma facilidad automática con la que se la había dicho a Adriana.

—No suenas bien —insistió Samuel—. Suenas como yo cuando llevaba tres semanas en aquel cuarto sin ventanas. Y créeme, sé de lo que hablo.

Simón no supo qué responder a eso. Se quedó callado un momento, escuchando el ruido de fondo de la posada, alguien riendo, platos chocando entre sí, sonidos completamente ordinarios que, por algún motivo, lo reconfortaron más de lo que esperaba.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó, cambiando de tema—. ¿Cómo va el pueblo?

—Raro —admitió Samuel—. Vinieron periodistas la semana pasada, de un diario de la capital. Alguien filtró parte de la historia antes de que tú terminaras el libro. El Consejo ya no existe, oficialmente, aunque algunas familias siguen actuando como si todavía tuvieran algo que decidir. Lucía dice que en un par de años esto va a parecer un pueblo distinto, para bien o para mal.

Colgaron después de veinte minutos, como siempre, y Simón volvió a la computadora, donde el cursor parpadeaba en mitad de una frase sin terminar sobre el sótano de la casa.

Escribió hasta las cuatro de la mañana esa noche. Cuando finalmente se apartó del teclado, notó que tenía los dedos manchados de algo oscuro. Al principio lo confundió con tinta. Después, con una calma que le resultó más inquietante que el propio hallazgo, se dio cuenta de que era ceniza fina, del tipo que queda tras un fuego apagado hacía tiempo, aunque en su apartamento no había chimenea ni había encendido una vela en semanas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.