La Casa de los Susurros

Epílogo — Ecos del silencio

El invierno llevaba ya un mes instalado en la ciudad cuando el libro salió a la venta. La casa del bosque, para entonces, se había convertido en una habitación fija dentro de la memoria de Simón, un lugar al que regresaba casi todas las noches, no siempre en pesadillas, a veces solo en ese estado intermedio entre dormir y no dormir donde los recuerdos se repiten sin permiso. Había perdido peso durante los meses de escritura, dormía mal, y de vez en cuando despertaba con las manos manchadas de una ceniza fina que no tenía ninguna fuente visible en su apartamento.

Publicó el libro bajo el título que había llevado consigo desde la primera noche en la posada de Elías: La casa de los susurros. Adriana insistió en mantenerlo tal cual, sin ablandar ni un solo capítulo, y la editorial lo sacó justo antes de Navidad, con una portada sencilla, casi austera, que mostraba únicamente la silueta de una casa entre árboles desnudos.

Los lectores lo recibieron como lo que parecía ser en la superficie: una novela de horror inusualmente bien documentada, con un realismo que varios reseñistas señalaron como su mayor virtud. Uno de ellos escribió que "el autor logra el efecto perturbador de hacer creer, aunque sea por un instante, que todo esto pudo haber pasado de verdad." Simón leyó esa línea tres veces y no supo si reír o llorar.

En las entrevistas, cuando le preguntaban cuánto había de autobiográfico en la historia, respondía siempre con la misma frase, ensayada hasta sonar casual:

—Hay cosas que uno vive más de una vez, aunque solo las cuente una.

Nadie insistía demasiado. Suponía que a nadie le convenía insistir demasiado.

Trabajaba casi todas las noches en su estudio, respondiendo correos de la editorial, revisando la traducción a otro idioma que ya estaba en marcha, y en esas horas de silencio doméstico, empezó a notar cosas que prefería no mencionarle a nadie, ni siquiera a Samuel los domingos. Frases en sus propias notas que no recordaba haber escrito. *Nos oíste*, decía una, al margen de un párrafo sobre el sótano. *Te esperábamos*, decía otra, junto a una anotación sobre el diario de Constanza. Se decía a sí mismo que era el cansancio, la costumbre de escribir hasta tarde, algún tipo de escritura automática producto del agotamiento. No estaba del todo convencido, pero la explicación le servía para seguir funcionando.

*Una madrugada de enero, revisando el primer ejemplar impreso que le había llegado de la editorial, encontró algo que no tenía forma sencilla de explicar. En la página final, después de la dedicatoria a Samuel y a "todos los nombres que Valdemar prefirió olvidar", había una línea que él no recordaba haber escrito ni enviado a imprenta: No te olvides de mí. La tinta parecía más fresca que el resto de la página, casi húmeda al tacto, aunque el libro llevaba semanas encuadernado.*

—No puede ser —dijo en voz baja, sentado a la mesa de la cocina, con el libro abierto frente a él como si fuera un animal que pudiera morder.

Afuera nevaba, la escena tan ordinaria que por un momento pensó que bastaría con levantar la vista hacia la ventana para que todo lo demás dejara de tener importancia. Las luces de los edificios vecinos titilaban, indiferentes a cualquier cosa que estuviera ocurriendo en aquella cocina en particular.

—Ya terminó —dijo, más para convencerse que porque lo creyera del todo—. Todo esto ya terminó.

El colgante, guardado en un cajón del escritorio desde su regreso, empezó a sonar. No un ruido fuerte, sino un tintineo leve, metal contra madera, como si algo dentro del cajón se hubiera movido por su cuenta. Simón se levantó, caminó hasta el estudio y abrió el cajón despacio. El colgante estaba exactamente donde lo había dejado, envuelto en el mismo pañuelo, pero cuando lo tocó, todavía conservaba un calor tenue, casi corporal.

Su reflejo en el cristal oscuro de la ventana del estudio le devolvió, por una fracción de segundo, algo que no debía estar ahí: una figura pequeña detrás de él, la cabeza ligeramente inclinada, del mismo modo en que Elena solía inclinarla al escucharlo hablar. Se giró de inmediato. La habitación estaba vacía.

Guardó el colgante de nuevo, cerró el cajón con llave, y por esa noche no volvió a tocarlo.

Los meses que siguieron transcurrieron, en su mayor parte, sin incidentes que pudiera nombrar con precisión, aunque bajo la rutina normal —entrevistas, una gira de presentaciones que lo llevó a tres ciudades, una oferta de adaptación que todavía estaba negociando con cautela— crecía algo que prefería no examinar demasiado de cerca: una tensión leve en la nuca cuando trabajaba pasada la medianoche, un murmullo casi inaudible en las noches más frías del apartamento, símbolos que a veces encontraba dibujados en el vaho del espejo del baño después de una ducha, siempre la misma espiral, trazada con un dedo que no era el suyo.

Una vez, en un hotel de otra ciudad durante la gira, despertó de madrugada con la sensación física de que alguien se había sentado al borde de la cama, un peso leve hundiendo el colchón junto a sus piernas. No encendió la luz. Se quedó inmóvil hasta que el peso, poco a poco, desapareció.

En marzo viajó a Valdemar, invitado por Samuel para la inauguración de algo que el pueblo, todavía dividido entre la vergüenza y el alivio, había decidido construir en el terreno donde antes estaba la colina: un pequeño memorial, apenas una placa de piedra y un jardín modesto, con los nombres de quienes habían desaparecido a lo largo de casi un siglo, incluidos los que solo habían podido reconstruir a partir de descripciones vagas en las carpetas del pacto.

Samuel lo esperaba en la estación de autobuses, más recuperado de lo que Simón lo había visto nunca desde su rescate: todavía delgado, con una cojera leve que probablemente lo acompañaría el resto de su vida, pero con color en las mejillas y una energía en la mirada que meses atrás habría parecido imposible.




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