Un año casi exacto después de haber cruzado por primera vez la verja oxidada de la casa de los susurros, Simón recibió un sobre que no esperaba.
Llegó junto con el correo ordinario, mezclado entre una factura del gas y un catálogo de una librería que ya no visitaba desde hacía meses. Lo reconoció antes de tocarlo: el mismo papel viejo y quebradizo, el mismo tacto ligeramente húmedo que el de las dos cartas que habían empezado todo esto, aunque esta vez el sello del correo era real, con un matasellos legible de una oficina postal a más de mil kilómetros de Valdemar, en una provincia del sur que Simón jamás había visitado.
Lo abrió en la cocina, de pie, sin sentarse siquiera, como si sentarse fuera a darle al contenido más permanencia de la que estaba dispuesto a concederle todavía. Mientras rasgaba el sobre, la luz del techo parpadeó dos veces, un tartamudeo breve que la instalación eléctrica del edificio jamás había tenido en los años que llevaba viviendo allí.
Dentro había una sola hoja, escrita a máquina, sin firma. La leyó dos veces antes de que las palabras terminaran de asentarse.
Señor Vargas: He leído su libro tres veces. No como entretenimiento, sino como quien busca confirmar algo que sospechaba desde hace mucho. Mi pueblo tiene su propia casa. Su propio pacto. Su propia niña, aunque aquí la llamamos de otro modo. Encontré, entre papeles de mi tío abuelo, la mención de un hombre al que llamaban el Bibliotecario, el mismo título que usted describe en el diario de Constanza Ordaz. Si ese hombre existió de verdad, y si vivió lo suficiente como para visitar más de un pueblo con la misma oferta envenenada, entonces lo que usted resolvió en Valdemar podría ser apenas uno de varios lugares donde el mismo trato sigue vigente. No sé si esto le sirve de algo. No sé si debería habérselo dicho. Pero después de leer lo que hizo por su amigo, pensé que usted, mejor que nadie, merecía saberlo.
No había remitente. Tampoco existía forma de responder.
Simón dejó la hoja sobre la mesa de la cocina y se quedó mirando por la ventana un buen rato, sin ver realmente nada del paisaje urbano que se extendía más allá del cristal. Pensó en la carta que Anselmo Ordaz había escrito, décadas atrás, con el sello circular de líneas entrelazadas. Pensó en el hombre delgado, de manos largas y ojos demasiado quietos, que Constanza había descrito en su diario sin llegar nunca a conocer su nombre completo. Pensó, sobre todo, en la palabra "Bibliotecario". Constanza había insistido en escribirla siempre con esa mayúscula extraña, como si el título le perteneciera a alguien acostumbrado a que lo trataran con un respeto que no se había ganado, sino impuesto.
Volvió a leer la carta una tercera vez, esta vez fijándose en detalles que se le habían escapado en las primeras lecturas: el matasellos, la fecha borrosa pero legible, el tipo de máquina de escribir que, a juzgar por la irregularidad de ciertas letras, debía tener décadas de uso. Buscó en un mapa, en su teléfono, el nombre de la provincia que figuraba en el sello postal. Era una región montañosa, no muy distinta en apariencia a la que rodeaba Valdemar, con pueblos pequeños dispersos entre valles que la carretera principal apenas rozaba.
Pasó el resto de la tarde revisando, sin saber muy bien qué buscaba, viejas noticias digitalizadas de esa zona: desapariciones sin resolver, artículos breves sobre "accidentes de montaña", una nota curiosa de hacía quince años sobre una mansión abandonada que los vecinos preferían no mencionar. Nada concluyente. Todo, sin embargo, con ese mismo timbre familiar que ya reconocía demasiado bien: el silencio cuidadosamente mantenido, generación tras generación, allí donde algo prefería no ser nombrado. En una de las fotografías adjuntas a un artículo viejo, mal escaneada y en blanco y negro, creyó distinguir, en el fondo desenfocado detrás de un grupo de vecinos posando para la cámara, una figura pequeña que nadie más parecía haber notado, de pie donde no debería haber nadie, con la cabeza ligeramente inclinada.
Guardó las capturas de pantalla en una carpeta nueva de su computadora, sin saber todavía si algún día volvería a abrirla. Al cerrar la laptop, la pantalla, ya apagada, conservó durante un segundo de más el reflejo de la cocina detrás de él, y en ese reflejo, justo antes de que el cristal se oscureciera del todo, le pareció ver una segunda silueta de pie junto a la suya. Llamó a Samuel esa misma noche, antes incluso de la hora habitual de sus llamadas de los domingos.
—¿Pasa algo? —preguntó Samuel, la voz alerta de inmediato, como si los últimos meses de calma no hubieran logrado del todo desprenderlo de la costumbre de esperar malas noticias.
—Recibí una carta —dijo Simón, y le leyó el contenido completo, despacio, dándole tiempo a Samuel para procesar cada frase. A mitad de la lectura, la línea telefónica se llenó de una estática breve, idéntica a la que había escuchado en la radio del coche meses atrás, y por un instante ambas voces —la suya y la de Samuel— quedaron ahogadas bajo ese siseo antes de que la llamada se aclarara sola, sin que ninguno de los dos dijera nada al respecto.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
—El Bibliotecario —repitió Samuel, finalmente—. Constanza nunca dio más detalles sobre él en el diario. Ni siquiera un apellido.
—Lo sé —dijo Simón—. Pero si esto es real, si de verdad existió un hombre que iba de pueblo en pueblo ofreciendo el mismo trato envenenado a familias desesperadas, entonces Valdemar podría no ser el único lugar donde ese trato sigue funcionando.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Samuel, aunque por el tono de su voz, parecía que ya sospechaba la respuesta.
Simón se quedó callado un momento, mirando de nuevo la hoja sobre la mesa, el papel viejo que ya empezaba a curvarse ligeramente en los bordes, como si también él, a su manera, quisiera cerrarse sobre sí mismo antes de revelar nada más.