La Casa Que Nos Vio Crecer

Capítulo Veinte Cuatro: Borrón y cuenta nueva

          

           

AMELIA, LOS GLOBOS ACABAN DE LLEGAR, ¿Dónde los pongo? –Ana ya no sabía dónde poner más regalos. Su jefa los estaba almacenando todo en la oficina, donde todo era caos: el parquecito de bebé, el carrito, la trona. Era imposible caminar sin tropezar con un juguete o ser golpeada en la cara por un globo.

–Ya voy, un momento déjame terminar. –Esta Ana es una impaciente. ¿Tú qué crees? Estas para comerte, –dijo dándole un sonoro beso en la mejilla, a su hijo. En dos días cumpliría su primer año y los preparativos para la fiesta seguía como lo había planeado.

–Haber, ¿dime que ha llegado? –cargándose al pequeño Cesar en la cadera izquierda, salía de su baño privado. Se movía por la oficina como pez en agua. Ana se paró para mirarla sin dejar de sonreír.

–Nunca pensé que la maternidad te sentaría tan bien. Mírate, pareces que no es el primero. Vamos, pásamelo, que me lo vas a tirar al suelo con tus movimientos.

Amelia no pudo evitar reír mientras se lo ponía en los brazos. –¿Alguna noticia de mi marido? dijo que estaría de vuelta antes de las cinco. –Amelia miro el reloj de pared de su oficina, eran solo las tres y media, tendría tiempo suficiente para poner un poco de orden.

–No, ninguna–respondió su secretaria cerrando la puerta tras ella.

–Gracias Ana. –Amelia quedó sola entre aquel caos, pero feliz. Su vida había dado un gran giro y esta vez a su favor. Cuando dejo la Rinconada, se dedicó de lleno al trabajo, hasta el límite de terminar los pedidos con tres semanas de antelación. Paso los meses, comiendo, durmiendo y trabajando. Ignorando los mensajes, correos electrónicos y llamadas de Paula y Ricardo.

Por alguna razón, al que no le cerró la puerta fue a Carlos. Quien incondicionalmente la escuchaba por horas al teléfono, cuando necesitaba hablar. Con Paula seria, como dar un paso hacia adelante mirando hacia el futuro y dos pasos hacían atrás en el pasado y de momento, eso no era lo que necesitaba y, con Ricardo casi tres cuartos de lo mismo.

Necesitaba tiempo para pensar y organizar su vida. Vendió su apartamento y se mudó a media hora en coche desde la fábrica. Salvatore, tenía razón cuando le decía que; el placer y el trabajo no podían vivir bajo el mismo techo.

Encontró un dúplex con un generoso jardín y allí se instaló. Supo que estaba embarazada al mes siguiente, ella era puntual en sus periodos. El embarazo le daba la energía de seguir, o quizás la vida que crecía dentro de ella le daba la fuerza. La esperanza de que siempre había un futuro por explorar.

Que la vida no se acababa en un fracaso. Que un tropezón no era una caída, sino un paso firme a poner en el próximo escalón. Un día, sin saber cómo, los mensajes dejaron de entrar y las notificaciones de correos también y en ese momento. Se sintió respetada. Necesitaba ese cambio y lo haría a toda costa.

Su única confidente fue Ana, quien como una tumba supo ser discreta. En su quinto mes de embarazo, se decidió por un largo fin de semana en Bradford en la costa de Avon; turismo rural, pubs, restaurantes y monumentos históricos por visitar. Sabía que tendría que sentarse un día y pensar sensatamente que paso tomar.

El tiempo acompañó, lo que la hizo disfrutar de largos paseo, almuerzos, cenas en diferentes restaurantes y dormir largas siestas. El domingo al mediodía, ya había tomado una decisión y seria la definitiva.

Lo llamaría cuando estuviera de vuelta en casa esa noche. Sabía que Ricardo estaría en Bristol, para vender el apartamento que comprara años atrás con Mila y del que nunca disfrutaron.

Según le había contado él en la Rinconada. Pasaría la última semana de agosto y la primera de septiembre con Helena antes de ponerlo a la venta.

                                                                          ***

Eran casi las seis de la tarde cuando el teléfono de Ricardo sonó, se quedó mirándolo fijamente, era imposible, se dijo. Le estaba llamando. Había esperado ese momento por meses, y ahora el número de ella se refleja en la pantalla.

–Ricardo, ¿nos vamos? –La voz de Lucia, lo volvió a la realidad.

–Si claro. –dijo él. –Perdona el teléfono estaba sonando.

–¿Una de esas llamadas basuras? –preguntó ella.

–No lo sé, –respondió el– Pero creo conocer el número.

–Bueno, sea quien sea tendrá que esperar. Vámonos si no quieres que pierda el vuelo. –Ricardo sonrió. Su prima, fue la mejor compañía que pudiera tener en esas semanas. Eran de la misma edad y tenían las experiencias en cómo sobrevivir a relaciones fiascos.

–¿Qué piensas hacer en Venecia y sola? Allí no conoces a nadie

–Quien sabe, quizás conozca algún guía, con ganas de recorrer la ciudad conmigo y, un poco más.

–Pues para eso no tienes que ir tan lejos. –Contesto él.

–Ya, muy gracioso primito. –Lucia lo abrazó fuertemente. –¿De verdad no quieres que me quede un par de días?

–Sería muy egoísta de mi parte retenerte aquí. –insistió Ricardo, con una idea en mente.

–Bueno, si te sirve de consuelo he disfrutado bastante. Hacía casi un año que no veía a Helena y el compartir con ella estas semanas ha sido genial.

–Sabes que puedes visitarnos cuando quieras, –dijo el, atrayéndola con un abrazo de despedida. –Pásalo bien y mandas fotos. –Mira, que suerte aquí está tu taxi.

                                                                             ***

Por alguna razón Amelia tuvo el impulso de ir hasta el piso de Ricardo directamente. Lo había llamado por teléfono, pero no había tenido suerte, se arriesgaría a pasar y quizás lo encontraba allí. Siguiendo la dirección de la tarjeta, Amelia se adentró en un barrio, donde jardines y arboladas separan la calle en dos vías, los edificios eran de cuatro plantas, tendría que estar cerca.

La voz del GPS le confirmaba que a cien metros a la derecha llegaría a su destino. Conducía despacio para no pasarse el número. Un taxi paso por su lado, para detenerse a unos cincuenta metros delante de ella. Amelia seguía buscando los números. Tendría que estar cerca, se dijo.




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