La casa sin espejos

CAPÍTULO 1: La oferta

La primera vez que Nora Valdoria vio la Casa Varela, pensó que alguien había olvidado abrirla.

No una puerta.

La casa entera.

Las ventanas permanecían cerradas detrás de cortinas oscuras a pesar de que todavía faltaban dos horas para el anochecer. Las contraventanas de la planta superior estaban entornadas, y las ramas de los cipreses se inclinaban sobre el tejado como si trataran de escuchar algo dentro.

Nora bajó del autobús con una mochila, una maleta pequeña y la dirección escrita en un papel que ya había consultado seis veces.

Camino de los Sauces, kilómetro 8.

Casa Varela.

El autobús continuó por la carretera secundaria levantando una nube de polvo. Durante unos segundos, Nora siguió mirando sus luces traseras.

Luego desaparecieron tras una curva.

El silencio ocupó su lugar.

—Perfecto —murmuró.

El conductor le había preguntado dos veces si estaba segura de querer bajarse allí.

La segunda vez ni siquiera había sonreído.

Nora miró el teléfono.

Sin cobertura.

Más perfecto todavía.

La propiedad quedaba detrás de una verja negra que parecía demasiado alta para una casa familiar. En uno de los pilares había una placa de hierro.

VARELA.

Nada más.

No había timbre visible.

Nora dejó la maleta sobre la grava y se acercó.

Había aceptado el trabajo tres días antes.

Tres días.

Pensándolo con calma, aquello ya debería haberle parecido extraño.

La oferta había aparecido en el tablón de anuncios de la biblioteca municipal: ayudante doméstica interna durante seis semanas, alojamiento incluido, jornada parcial, salario casi el doble de lo que pagaban en los cafés del pueblo.

No exigían experiencia.

Solo discreción.

Nora había llamado antes de permitirse pensar demasiado.

Al otro lado contestó una mujer.

Una voz tranquila, precisa.

—¿Edad?

—Diecisiete.

Silencio.

Nora había esperado que eso terminara la conversación.

—¿Estudia?

—Terminé secundaria. Quiero empezar la universidad el próximo año.

—¿En qué área?

—Restauración y conservación.

Otro silencio.

—¿Vive con su familia?

La pregunta le había molestado.

—Con mi madre.

—¿Su padre?

—No forma parte de mi vida.

Aquella vez el silencio duró más.

Nora había estado a punto de colgar.

Entonces la mujer dijo:

—Preséntese el lunes a las cuatro. Si ambas partes están conformes, puede quedarse esa misma noche.

—¿No quiere entrevistarme antes?

—Esto es una entrevista.

Después le había dado la dirección.

Ahora, frente a la verja, Nora empezaba a sospechar que tal vez ella había sido la única participante que no lo sabía.

Encontró finalmente un pequeño pulsador oculto entre hojas de hiedra.

Lo apretó.

Nada.

Esperó.

Volvió a pulsarlo.

Un chasquido metálico sonó dentro de la propiedad.

La verja comenzó a abrirse.

—Muy acogedor.

Empujó la maleta por el camino.

Había calculado mentalmente lo que podía ganar durante aquellas seis semanas al menos veinte veces desde que aceptó el empleo.

Una parte iría a los gastos de la casa.

Otra a la matrícula.

Si conseguía además algún trabajo en invierno, quizá podría dejar de escuchar la frase que su madre repetía cada vez que hablaban de la universidad.

Ya veremos.

Nora odiaba esas dos palabras.

Ya veremos significaba que el dinero decidiría.

Ya veremos significaba que alguien con más poder elegiría por ella.

Ya veremos significaba esperar.

Y Nora llevaba diecisiete años esperando.

Así que la Casa Varela podía tener verjas demasiado altas, cipreses desagradables y una propietaria que convertía una llamada telefónica en una entrevista secreta.

Mientras pagaran lo prometido, sobreviviría.

Había sobrevivido a cosas menos elegantes.

El camino ascendía ligeramente hasta la mansión.

De cerca, la casa era todavía más grande.

La fachada de piedra gris estaba atravesada por vetas oscuras de humedad. Había tres plantas, dos torres bajas en los extremos y una cubierta de pizarra que debía de tener más años que varias familias juntas.

Sin embargo, no estaba abandonada.

Los setos estaban perfectamente cortados.

No había hojas secas en los escalones.

Dos macetas de piedra flanqueaban la puerta principal.

Dentro crecían hortensias blancas.

Nora se inclinó un poco hacia ellas.

Varias flores estaban marchitas.

No secas.

Marchitas.

Como si hubieran sido cortadas muchos días atrás y alguien se hubiera molestado en colocarlas allí esa misma mañana.

La puerta se abrió antes de que Nora pudiera llamar.

Un hombre muy delgado, de unos sesenta años, apareció al otro lado.

Vestía camisa blanca, chaleco gris y pantalón oscuro.

—Señorita Valdoria.

No fue una pregunta.

—Nora está bien.

El hombre miró su maleta.

Después la miró a ella.

—Soy Esteban.

Esperó.

Nora tardó un segundo en comprender que no habría apellido.

—Encantada.

Esteban tomó la maleta.

—Puedo llevarla yo.

—Lo sé.

—Entonces...

—La señora Varela espera.

Y entró con la maleta.

Nora apretó los labios.

—Muy bien.

Cruzó el umbral.

El aire era más frío dentro.

No mucho.

Lo suficiente.

El vestíbulo era amplio y alto, cubierto de madera oscura desde el suelo hasta media pared. Una lámpara de lágrimas de cristal colgaba del techo, aunque estaba apagada.

Había una mesa.

Un jarrón.

Un reloj de pie.

Tres retratos.

Y algo que Nora tardó varios segundos en identificar precisamente porque faltaba.

No había espejo.

Aquello no era raro por sí mismo.

Lo raro era que parecía haber habido uno.

Sobre una consola del vestíbulo quedaban dos pequeñas marcas rectangulares en el papel pintado. Más arriba, el color de la pared formaba una silueta limpia, vertical.




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