La casa sin espejos

CAPÍTULO 2: Cinco reglas

La manija giró hasta el final.

Nora no esperó a comprobar qué había detrás de la puerta.

Retrocedió tan deprisa que chocó con la pared opuesta.

El papel crujió entre sus dedos.

La puerta del ala oeste permaneció cerrada.

La manija volvió lentamente a su posición.

Nora escuchó.

Nada.

Ni pasos.

Ni respiración.

Ni aquella voz.

Su corazón golpeaba demasiado fuerte.

—Muy gracioso —dijo.

La frase quedó suspendida en el corredor.

No obtuvo respuesta.

Se obligó a acercarse otra vez.

Un paso.

Después otro.

La puerta era de madera oscura, más antigua que las demás. La pequeña placa de latón reflejaba apenas la luz amarillenta de una lámpara de pared.

ALA OESTE.

Nora volvió a mirar la nota.

Si quieres salir de esta casa, no dejes que sepan lo que sueñas.

La letra era inclinada, estrecha, casi elegante.

No reconocía la caligrafía.

Claro que tampoco conocía la de nadie en aquella casa.

Podía ser Adrián.

Podía ser Esteban.

Podía ser Helena.

Incluso podía ser una broma preparada antes de su llegada.

Aquella última opción era la única razonable.

Y, precisamente por eso, Nora decidió aferrarse a ella.

Alargó la mano hacia la manija.

—No lo haría.

La voz sonó detrás de ella.

Nora se volvió de golpe.

Adrián estaba a cinco metros, junto al comienzo de la escalera.

No había oído sus pasos.

—¿Tienes alguna afición que no implique aparecer sin hacer ruido?

Él no respondió.

Miró su mano.

Después la puerta.

—Aléjate.

—¿Por qué?

—Porque esa es una de las reglas.

—Tu madre dijo que no entrara. No dijo que no pudiera tocar la puerta.

—No necesita especificar todo lo que podría matarte.

Nora soltó una risa incrédula.

—Muy convincente.

Adrián avanzó.

—Dame eso.

Miraba la nota.

Nora la cerró dentro del puño.

—¿Esto?

—Sí.

—¿Es tuyo?

—No.

—Entonces no.

Una tensión casi imperceptible endureció la mandíbula de Adrián.

—Nora.

—Me encanta que todos en esta casa sepan mi nombre y actúen como si eso les diera derecho a darme órdenes.

—Dámelo.

—No.

—No sabes quién lo escribió.

—Ese es exactamente el motivo por el que quiero conservarlo.

Adrián se detuvo.

Durante un momento ninguno habló.

Nora esperaba enfado.

Una amenaza.

Algo que justificara las advertencias que él mismo le había hecho.

Pero Adrián solo bajó la mirada.

—Guárdalo si quieres.

—Gracias por concederme permiso sobre un papel que ya era mío.

—No es tuyo.

Nora frunció el ceño.

—Acabas de decir que no sabes de quién es.

—He dicho que no lo escribí.

La precisión de la respuesta le resultó desagradable.

—¿Sabes quién fue?

Adrián miró la puerta del ala oeste.

—Ve a cenar.

—Eso no es una respuesta.

—Aquí suele serlo.

Pasó junto a ella.

Nora olió algo frío.

No colonia.

No jabón.

Era una mezcla extraña de lluvia y madera húmeda.

Adrián se detuvo ante la puerta.

No la tocó.

—¿Has oído algo?

Nora dudó.

La advertencia de la nota seguía atrapada en su mano.

No dejes que sepan lo que sueñas.

Aquello no tenía nada que ver con una voz detrás de una puerta.

Aun así mintió.

—No.

Adrián la miró.

Demasiado tiempo.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque esta parte de la casa lleva cerrada años.

Nora miró la manija.

—Pues alguien debería avisar a quien vive dentro.

Adrián no sonrió.

—No vive nadie.

—Claro.

—Nora.

—¿Qué?

Su expresión cambió.

No mucho.

Solo lo suficiente para que ella dejara de bromear.

—Si vuelves a escuchar tu nombre detrás de una puerta cerrada, no contestes.

El aire pareció enfriarse.

Nora lo observó.

—¿Cómo sabes qué he oído?

Adrián permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció darse cuenta de que había dicho demasiado.

—Dijiste que no habías oído nada.

—Y tú acabas de decirme qué hacer si escucho mi nombre.

Los ojos de Adrián se oscurecieron.

—Baja al comedor.

—No hasta que me respondas.

—Entonces llegarás tarde.

—Puedo vivir con eso.

—Yo no estaría tan seguro.

Se alejó.

Nora lo siguió.

—¿Eso ha sido una amenaza?

—Un consejo.

—Tus consejos tienen un problema.

Adrián empezó a bajar la escalera.

—¿Cuál?

—Suenan exactamente como amenazas.

Esta vez la sonrisa apareció apenas en su perfil.

—Quizá sea porque aquí cuesta distinguirlas.

El comedor era demasiado grande para cinco personas.

Una mesa larga ocupaba casi todo el centro de la habitación. Encima había dos candelabros de plata, platos blancos, cubiertos perfectamente alineados y copas de cristal.

Siete sitios preparados.

Nora se detuvo.

Había contado bien.

Siete.

Helena estaba sentada en un extremo.

A su derecha, un hombre de cabello gris que Nora supuso que era su marido.

A la izquierda, una joven de unos veintidós años.

Adrián ocupaba un asiento más alejado.

Esteban estaba de pie junto a una puerta lateral.

Quedaban tres sitios vacíos.

—Nora —dijo Helena—. Siéntese aquí.

El lugar indicado estaba frente a Adrián.

Nora dejó la mochila pequeña que llevaba junto a la pared.

La nota seguía dentro del bolsillo de su pantalón.

El hombre de cabello gris se levantó.

Era alto.

Más alto que Adrián.

Vestía una camisa blanca y una chaqueta oscura, como si acabara de salir de una reunión y no estuviera sentado en una casa perdida entre árboles.

—Gabriel Varela.

Extendió la mano.




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