La casa sin espejos

CAPÍTULO 3: El lugar vacío

A las siete y media de la mañana, Nora ya había decidido tres cosas.

La primera: no iba a contarle a nadie lo de la llave.

La segunda: tampoco iba a hablar del sueño.

La tercera: no pensaba marcharse.

Esta última decisión era la más difícil de justificar.

Podía llamar a su madre.

Podía hacer la maleta.

Podía bajar hasta la carretera y esperar un autobús.

Eso habría sido lo sensato.

Pero Nora conocía demasiado bien la diferencia entre miedo y derrota.

El miedo era útil.

Te mantenía alerta.

La derrota era permitir que otros decidieran cuánto podías soportar.

Además, estaba el dinero.

Y algo más.

La nota.

La llave.

El retrato.

La reacción de Irene.

Adrián preguntando por sus sueños.

Nora odiaba las respuestas incompletas más que odiaba sentirse asustada.

Guardó la llave en el bolsillo interior de la mochila.

La nota quedó doblada dentro de una libreta.

Luego bajó.

La casa parecía completamente distinta de día.

No menos oscura.

Solo más honesta respecto a ello.

La luz gris entraba por pequeñas zonas donde las cortinas no cerraban del todo. Revelaba partículas de polvo flotando en el aire y hacía visibles las grietas de algunos marcos.

Nora llegó al comedor.

Solo Esteban estaba allí.

Ponía una taza sobre la mesa.

—Buenos días.

—¿Siempre se levanta tan temprano?

—Son las siete y cuarenta.

—Exacto.

Nora se sentó.

—¿Dónde están los demás?

—La señora Varela desayunará más tarde.

—¿Y Adrián?

Esteban la miró.

—También.

—¿Irene?

—También.

—¿Gabriel?

—También.

Nora cogió una tostada.

—Empiezo a entender por qué te encargas tú de todo.

Esteban sirvió café.

—No de todo.

—Solo de responder sin responder.

—Es una habilidad adquirida.

Nora sonrió.

Él casi correspondió.

Por primera vez, Esteban le pareció menos parte del mobiliario.

—¿Hace cuánto trabajas aquí?

—Treinta y dos años.

Nora dejó la tostada.

—Eso es mucho.

—Depende de dónde.

—Aquí suena a cadena perpetua.

Esteban levantó los ojos.

—No bromee con eso.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado.

Nora se quedó quieta.

—Era una forma de hablar.

Esteban volvió a servirse café.

—En esta casa conviene elegir bien las formas de hablar.

—¿Por qué?

—Porque algunas permanecen.

Nora lo observó.

—¿Las palabras?

—Entre otras cosas.

Esteban se dio la vuelta.

Nora miró su espalda.

—¿Quién trabajaba antes que yo?

El hombre dejó la cafetera.

No se giró.

—¿Quién le ha dicho que alguien trabajaba antes?

—Nadie.

—Entonces no entiendo la pregunta.

—La entendiste perfectamente.

Esteban tardó unos segundos en responder.

—Ha habido muchos empleados a lo largo de los años.

—¿Una chica joven?

Silencio.

Nora insistió.

—¿Más o menos de mi edad?

Los hombros de Esteban se tensaron.

—Coma.

—Eso no es una respuesta.

—Se enfriará.

—Esteban.

El hombre giró por fin.

Su expresión era seria.

No fría.

No hostil.

Preocupada.

—Hay preguntas que no necesita hacer.

—Y respuestas que parece que nadie quiere dar.

—Precisamente.

Nora dejó la taza.

—¿Cómo se llamaba?

Algo pasó por la mirada de Esteban.

Él sabía perfectamente de quién hablaba.

—No existe ninguna razón para que se interese por empleados anteriores.

—Entonces dígame el nombre y dejará de ser interesante.

Esteban apartó los ojos.

Nora comprendió que no se lo diría.

—Está bien.

Se levantó.

—¿Dónde empiezo?

El alivio del hombre fue demasiado visible.

—Biblioteca.

—Perfecto.

—La señora Varela quiere que revise los libros de la sección norte. Debe anotar los que tengan daños, humedad o páginas sueltas.

—Eso sí sé hacerlo.

—Lo imaginaba.

Nora tomó su libreta.

—¿Por mi solicitud?

Esteban se quedó quieto.

—¿Qué solicitud?

—Dije que quería estudiar restauración y conservación.

—Ah.

La pausa fue mínima.

Pero Nora la vio.

—¿No lo sabías?

—La señora Varela no comparte conmigo todas las conversaciones.

—Entonces ¿por qué lo imaginabas?

Esteban miró hacia la puerta.

—Porque esta casa suele encontrar a las personas adecuadas para lo que necesita.

Nora sintió un escalofrío.

—Las casas no encuentran personas.

—Claro que no.

Esteban pasó a su lado.

—Sígame.

La biblioteca ocupaba casi toda la parte norte de la planta baja.

Nora se enamoró de ella inmediatamente.

A pesar de todo.

O quizá precisamente por todo.

Había estanterías hasta el techo, una escalera móvil de madera, dos grandes mesas de lectura y sillones de cuero gastado.

Los libros no parecían decorativos.

Muchos estaban usados.

Algunos tenían lomos deformados.

Otros mostraban reparaciones antiguas.

Nora recorrió lentamente la sala.

—Esto es increíble.

Esteban dejó sobre la mesa una caja con guantes de algodón, etiquetas y fichas.

—No toque los ejemplares de la vitrina.

—No lo haré.

—Tampoco los estantes del fondo.

Nora miró.

—¿Por qué?

—Documentos familiares.

—Privados.

—Exacto.

—Otra regla.

—Una indicación laboral.

—¿Hay diferencia?

Esteban ya caminaba hacia la salida.

—Aquí, mucha.

Nora lo dejó ir.

Cuando la puerta se cerró, sonrió.

Por primera vez desde su llegada estaba sola en una habitación que entendía.

Libros.

Papel.

Encuadernaciones.

Daños.

Nada de voces misteriosas.

Nada de personas que reaccionaban ante una gota de sangre como si hubiera explotado una bomba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.