Helena fue la primera en moverse.
No hacia Nora.
Hacia la escalera.
—Esteban.
La voz sonó baja, pero urgente.
El hombre apareció desde el corredor lateral casi de inmediato, como si hubiera estado esperando.
—Señora.
Helena señaló hacia arriba.
Esteban siguió la dirección de su mano.
Su rostro cambió.
No fue sorpresa.
Fue reconocimiento.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Ahora.
—¿La ha visto alguien más?
Helena miró a Nora.
—Sí.
Nora apretó la mochila contra el pecho.
—Estoy aquí, pueden hablar delante de mí.
Nadie respondió.
La puerta negra permanecía entreabierta al final del corredor superior.
Era estrecha, sin molduras, completamente distinta de las demás.
Y Nora habría jurado que esa mañana no estaba allí.
Ni la noche anterior.
Ni cuando había seguido a Esteban hasta su habitación.
La oscuridad detrás de ella parecía demasiado compacta.
No ausencia de luz.
Algo más.
Una profundidad sin forma.
La voz no volvió a hablar.
Aun así, Nora sentía que alguien escuchaba.
—¿Qué llave? —repitió Helena.
Nora miró a Adrián.
Él había recuperado parte del color, pero seguía apoyado en el respaldo de una silla.
Estaba débil por haber salido bajo la luz.
Y la observaba como si quisiera decirle algo sin palabras.
No lo hizo.
Nora tampoco.
—No sé de qué habla esa voz.
Helena entrecerró los ojos.
—Mientes.
—Parece una tradición familiar reconocer mentiras.
—¿Tienes una llave?
—Tengo las llaves de mi maleta.
—Nora.
Su nombre sonó como advertencia.
Ella sostuvo la mirada de Helena.
—Si quieren que confíe en ustedes, empiecen por contarme qué demonios está pasando.
—No es el momento.
—Pues qué casualidad. Nunca lo es.
La puerta de arriba crujió.
Todos levantaron la vista.
Se abrió unos centímetros más.
Esteban dio un paso hacia la escalera.
—No.
Adrián habló por primera vez.
—No subas.
Esteban se detuvo.
Nora miró de uno a otro.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
—¿Qué pasa si alguien se acerca?
Helena contestó.
—No lo sabemos.
Nora soltó una risa incrédula.
—¿En serio?
—Esa puerta no se abre desde hace diecisiete años.
El número golpeó a Nora con una precisión extraña.
Diecisiete.
Su edad.
—¿Diecisiete?
Helena pareció arrepentirse de haberlo dicho.
—¿Por qué exactamente diecisiete?
—Coincidencia.
—No creo que aquí tengan muchas.
Adrián apartó la mirada.
Nora lo vio.
—Tú sabes algo.
—Sé fragmentos.
—Entonces dame uno.
—Nora.
—Uno.
Él miró la puerta.
—La última vez que apareció, alguien desapareció.
El aire pareció quedarse quieto.
Nora pensó inmediatamente en Lucía.
—¿La ayudante?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces ¿quién?
Adrián calló.
Nora se volvió hacia Helena.
—¿Quién desapareció?
—No importa.
—Claro que importa.
—No para lo que debemos hacer ahora.
—¿Y qué debemos hacer?
Helena miró el reloj que acababa de ponerse en marcha.
Las agujas seguían avanzando.
—Esperar.
Nora frunció el ceño.
—¿Esperar qué?
—A que vuelva a cerrar.
La puerta volvió a crujir.
Más abierta.
Nora sintió un escalofrío.
—No parece tener intención.
Helena no contestó.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Nadie subió.
Nadie se marchó.
La escena era absurda: cinco personas reunidas en el vestíbulo, observando una puerta lejana como si pudiera saltar sobre ellos.
Esteban había traído una silla para Adrián.
Irene apareció al poco rato.
No preguntó qué pasaba.
Solo miró hacia arriba.
—Otra vez —dijo.
Helena la fulminó con la mirada.
—No.
Irene sonrió sin humor.
—Entonces estoy viendo una puerta imaginaria.
—Calla.
—¿Qué significa «otra vez»? —preguntó Nora.
Irene la miró.
—Que no eres la primera en despertarla.
—¿Despertar qué?
—La casa.
Helena cerró los ojos.
—He dicho que calles.
—¿Para qué? Ya sabe lo que somos.
—Eso no significa que tenga que saberlo todo.
—No sabe nada.
Nora señaló a Irene.
—Por una vez estoy de acuerdo con ella.
Irene pareció divertida.
—Va mejorando.
Adrián se levantó.
—No la provoques.
—No necesita mi ayuda.
Nora ignoró a ambos.
—Quiero saber por qué la puerta apareció cuando llegué.
Helena respondió:
—No sabemos si fue por ti.
Irene soltó una risa.
—Madre.
—Basta.
—La llama por su nombre.
Helena se volvió hacia su hija.
—Basta.
La palabra resonó con una dureza que Nora no le había oído antes.
Irene dejó de sonreír.
—Como quieras.
Se apoyó en la pared.
Nora apretó los dientes.
—Entonces sí es por mí.
Nadie contestó.
La respuesta estaba en el silencio.
Nora miró hacia la puerta.
Su nombre seguía pareciendo suspendido en el aire.
—¿Qué hay detrás?
Adrián habló.
—No lo sabemos.
—Empiezo a cansarme de esa frase.
—No es una excusa.
—¿Nunca entraron?
—No cuando aparece así.
—¿Cómo que «así»?
Adrián miró a Helena.
Ella no lo detuvo.
—Hay puertas normales en la casa. Esa no pertenece a ningún plano.
Nora lo observó.
—¿Me estás diciendo que aparece y desaparece?
—Sí.
—¿Y esperan que acepte eso después de «somos vampiros»?
—No espero nada.
—Bien.
Se hizo un silencio.
Nora levantó la mochila.
—Entonces voy a verla de cerca.
Helena se interpuso.
—No.
—No voy a entrar.
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Editado: 30.09.2026