La casa sin espejos

CAPÍTULO 5: Un nombre imposible

Nora esperó hasta que la casa quedó en silencio.

No fue difícil reconocer el momento.

Casa Varela nunca estaba realmente callada.

Siempre había una tabla crujiendo.

Un reloj intentando moverse.

Una tubería.

El viento entre los marcos.

Pero cerca de medianoche algo cambiaba.

Los sonidos cotidianos se apagaban.

Como si la casa dejara de fingir que era una casa.

Nora abrió la puerta.

El corredor estaba vacío.

Llevaba el teléfono, la llave, la libreta y una linterna pequeña.

No quería encender luces.

Bajó despacio.

Cada paso sonó dos veces.

Tac.

Tac.

La segunda repetición era más débil.

Y siempre un poco más tarde.

Nora intentó no pensar en ello.

Llegó a la biblioteca.

La puerta estaba cerrada.

No con llave.

Entró.

El olor a papel viejo la tranquilizó durante unos segundos.

Cerró detrás de ella.

Encendió la linterna.

Los estantes privados estaban al fondo.

Una cadena fina atravesaba dos pequeñas argollas.

Había un candado.

—Por supuesto.

Nora examinó el mecanismo.

Moderno.

La llave de hierro no servía.

Miró alrededor.

Podía regresar.

Esperar.

Preguntar al día siguiente.

Y recibir otra mentira.

No.

Buscó una alternativa.

El mueble contiguo llegaba casi hasta la zona cerrada. Si subía a la escalera móvil, quizá podría alcanzar el estante superior desde un lateral.

—Esto es una idea terrible.

Lo dijo en voz baja.

Luego movió la escalera.

Subió.

Primer peldaño.

Segundo.

Tercero.

Desde arriba podía ver detrás de la cadena.

Los documentos estaban ordenados en cajas.

Algunas tenían fechas.

1870–1889.

1890–1923.

La que buscaba.

Nora estiró el brazo.

Faltaban veinte centímetros.

Subió un peldaño más.

La escalera crujió.

—No te caigas.

Nora casi gritó.

Se volvió.

Adrián estaba junto a la puerta.

—¿Qué haces aquí?

—Evitar que te rompas el cuello.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Aparecer.

—Es mi casa.

—Peor.

Nora volvió a estirarse.

—Baja.

—No.

—Nora.

—¿Vas a delatarme?

Adrián la observó.

—Depende.

—¿De qué?

—De qué estás buscando.

Ella dudó.

No quería contarle lo de la ventana.

Tampoco la ficha.

—Un registro.

—¿Cuál?

—1890 a 1923.

Adrián se quedó inmóvil.

—Baja.

—Otra vez esa palabra.

—Ahora.

—No.

La escalera se movió.

Nora perdió el equilibrio.

Adrián cruzó la sala en una fracción de segundo.

No corrió.

Simplemente estaba lejos y luego no.

La sujetó por la cintura antes de que cayera.

Nora soltó un pequeño grito.

Durante un instante quedaron inmóviles.

Ella todavía sobre dos peldaños.

Él debajo.

Demasiado cerca.

Nora sintió sus manos a través de la tela del jersey.

Frías.

Firmes.

Adrián levantó la mirada.

—Te dije que bajaras.

—Podrías haber explicado por qué.

—Podrías haber obedecido una vez.

—No me conoces.

—Empiezo a notarlo.

Nora bajó.

Él retiró las manos inmediatamente.

Ese gesto fue tan deliberado que Nora lo notó más que el contacto.

Se apartó.

—Gracias.

—De nada.

—¿Cómo te moviste así?

Adrián miró hacia otro lado.

—Rápido.

—Eso no era rápido.

—Ventajas laborales.

Nora casi sonrió.

—Horrible chiste.

—Estoy practicando.

Se acercó a la zona cerrada.

—¿Por qué ese registro?

Nora cruzó los brazos.

—Primero dime por qué te preocupa.

Adrián suspiró.

—Porque esa época es cuando empezó todo.

—¿La maldición?

—Parte de ella.

—Entonces quiero verlo más todavía.

—Eso imaginaba.

Nora señaló el candado.

—¿Tienes llave?

—Sí.

—¿Me la darás?

—No.

—¿Lo abrirás tú?

Adrián la miró.

—Probablemente voy a arrepentirme.

Sacó una pequeña llave plateada del bolsillo.

Abrió el candado.

Nora no ocultó la sorpresa.

—¿Eso significa que ya confías en mí?

—No.

—Bonito.

—Significa que prefiero estar presente cuando ignores las reglas.

Retiró la cadena.

Nora tomó la caja.

1890–1923.

La llevó a la mesa.

Dentro había documentos.

Recibos.

Cartas.

Registros de empleados.

Inventarios.

Pequeños cuadernos.

Nora empezó a revisar.

Adrián se quedó de pie.

—¿Qué esperas encontrar?

—No lo sé.

—Gran plan.

—Gracias.

Pasó varias hojas.

Nombres.

Fechas.

Cocineras.

Jardineros.

Conductores.

Institutrices.

Mayordomos.

Muchos empleados duraban años.

Otros, semanas.

Nora encontró una columna titulada Observaciones.

Algunas entradas estaban vacías.

Otras tenían palabras cortas.

Renuncia.

Enfermedad.

Traslado.

Fallecimiento.

Luego varias entradas empezaban a repetirse.

No apto.

No compatible.

Sin vínculo.

Nora frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Adrián se inclinó.

Su expresión se endureció.

—Nunca lo había visto.

—¿Seguro?

—Sí.

Nora pasó otra página.

1904.

Un nombre estaba tachado.

Debajo:

Compatible.

Nora miró a Adrián.

—¿Compatible con qué?

—No sé.

—¿Sangre?

Él no respondió.

—Adrián.

—Podría ser.

—¿Seleccionaban empleados por la sangre?

—Mi familia hizo cosas peores.




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